Jun 102015
 

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He pasado por “la calle de la vida”, como yo llamo al Paseo del Revellín, ese trozo de Ceuta en donde la vida pasa y pasa tan acelerada como un corazón subiendo el Monte Hacho. Y me he parado a mirar el escaparate de una librería. No sé el motivo pero a mi memoria ha venido aquellas noches de maravillosa complicidad infantil, en la que los niños que vivíamos en el campamento de la Guardia Colonial nos deslizábamos de la cama y en pijama corríamos a la casa del capitán, en donde los hijos más pequeños nos esperaban también preparados para dormir. Y es que eran unas noche mágicas, cuando los padres de todos nosotros acudían a las cenas que por un motivo o por otro se daban en el Club de Tenis. Nos dejaban, eso si, al cuidado del “boy”, un guardia joven cuyo cometido eran las faenas del hogar, con el convencimiento de que los niños dormían plácidamente y podían quedarse hasta altas horas de la madrugada. Pero lo que ellos no sabían era que la prole de los instructores del campamento teníamos la “hora D”, que era ni más ni menos el momento de los ronquidos de nuestro cuidador. Había que acercarse a la cocina por un pasillo exterior con el techo de cinc, en donde en la época de lluvia el agua caía estrepitosamente sobre la chapa, haciendo un ruido tan envolvente que a mí me entraban ganas de regresar a la cama; siempre me atrajo la lluvia y mucho más las tormentas. Y llegabas a ese cuarto, en donde el “boy”, dormía como un angelito, un poco grandote, o al menos me lo parecía a mí, tal vez porque una a la edad de siete u ocho años, era bastante tapón, no os hagáis ilusiones que una sigue siendo un retaco, pero como nunca me ha preocupado la estatura, siempre digo que “un tapón de “Moët Chandon”. Y tras estos derroteros vuelvo a mi recuerdo infantil, en el momento en que desde la puerta veía como el cuidador estaba en el séptimo cielo, sentado en aquel banco de madera con la cabeza apoyada en la pared, con la sola compañía de las brasas que permanecían vivas en aquella cocina de hierro. Yo lo observaba un momento, como siempre y como siempre con el mismo pensamiento que no era otro que el saber como podía quedarse tan frito en aquel banco tan duro y con aquella postura tan incómoda. Pero un día llegué a la conclusión de que el motivo de dormir tan plácidamente en esa situación, se debía al ruido de la lluvia al estrellarse en el techo de zinc y a ese olor dulzón que invadía la cocina y que cuando le preguntaba por la colonia que usaba, él me miraba con sonrisa burlona y me decía que ”la colonia no se fumaba”… Así era el “boy” que velaba mis sueños y supongo, que el de algún que otro niño de los instructores del campamento. Siempre acudíamos todos, con lluvia o sin ella, con impermeable y botas de agua o con “bambas”,  pero siempre respondiamos a la llamada de una noche en vela alrededor de la lumbre de la cocina del capitán, en donde un par de” boys” sentados también en esos bancos de dura madera, a los que parecía que alguien les había dado una buena capa de brillante barniz,  por lo bruñidos que estaban del uso, comenzaban a practicar una de las cosas que más le gustaba al hombre negro de aquella tierra añorada, ”hacer historia” o como lo llamamos nosotros, contar cuentos. Y eran unos cuentacuentos admirables; sabían atraer la atención de todos los que nos encontrabamos en torno a esa cocina de hierro, a la que había que remover los rescoldos de tanto en tanto para mantener “la cocina viva”. Con maestría, conducia el cuentacuentos nuestra imaginación por un mundo en donde los protagonistas eran siempre los animales que habitaban el mismo pedazo de tierra que habitábamos nosotros. Todos ellos encerraban una moraleja, que daba cuerda a nuestra lógica infantil y teníamos mucha pues por lo general dábamos con la enseñanza del relato. Las horas pasaban con ellos en los bancos y nosotros en el duro suelo sobre los cojines de los sofás del salón del capitán. De cuando en cuando la visita a la nevera era obligada para beber un vaso de agua filtrada o pellizcar un trozo de bizcocho, con tal estilo que parecía no haber sido tocado desde que se guardó bajo llave porque la nevera, como la de todos, al menos en el ámbito en que yo me movía, tenían llaves que las madres guardaban celosamente, en este caso el escondrijo era cantado para todos nosotros porque Fabiola y Junín, los dos pequeños de la casa, sabían muy bien donde se guardaba: en un zapato de fiesta de la madre. Pasaban las horas sin sentir, hasta que como en el cuento de Cenicienta el reloj de la torre del mercado daba sus campanadas, pero no las doce de la bella princesa; el reloj hacía sonar las cuatro campanadas de la madrugada y el “hacer historia” se tenía que acabar, así que salíamos todos corriendo atravesando la gran explanada de aquel campamento para meternos en la cama antes de que nuestros padres llegaran, o que Pantaleón, por aquel entonces era nuestro ”boy”, y todos los otros “Pantaleones” se percataran de nuestra ausencia; cosa que no había ocurrido nunca.
He pasado por “la calle de la vida”…Y me he parado a mirar el escaparate de una librería… Hoy me he resistido al impulso de sentarme en un banco de madera barnizada, de esa calle de la vida y rodearme de niños y “hacer historia”; pero no ha podido ser porque no había ni techo de zinc, ni lluvia, ni complicidad infantil…