Oct 152017
 

     Y olvidó todo aquel tiempo pasado, tan cercano en el recuerdo cuando uno quiere, por verla sufrir. Se compadeció de ella. No era nada nuevo esa compasión, con tintes de sumisión, que su mente se esforzaba por negar. Ni un solo recuerdo amargo en su cerebro, ni una sola llaga abierta quedaba en su corazón. Y es que desde que la vio caer, con la misma rapidez que el sol del atardecer buscando morir en los brazos de la noche, toda ella le parecía pura bondad:
– ¡Llegarás como un cohete al cielo!- se dijo con los ojos desbordados de lágrimas como un plato sopero rebosando caldo.- ¡Llegarás como un cohete al cielo! porque llevas tanto tiempo sufriendo…
La habitación en penumbra por cortesía de unos visillos de croché, regalo de la abuela de doña Gumersinda, la maestra del colegio del pequeño pueblo a donde habían ido a parar tras finalizar una vida de trotamundos como buen funcionario de los de antes. De un lado a otro con la casa a cuestas y los hijos creciendo… Un abejorro se coló por la ventana sin miramientos dando vueltas por el cuarto hasta posarse en la almohada junto a la cabeza.
-¡Vete de aquí! -le increpa con un aspaviento de la mano.
Y el abejorro vuela hasta el jarrón con flores del campo, que hay sobre la cómoda. Son las primeras flores de primavera, que a ella tanto le gustan, arrancadas de la veredita que lleva hasta el pequeño cementerio situado sobre la colina. Es un cementerio chiquito, chiquito como de juguete; de cruces de hierro forjado oxidadas por el tiempo y nombres  apenas legibles pintados en ellas. Un leve quejido le hace volver la cabeza hacia la mujer que dirigió su vida para bien o para mal. La terrible enfermedad y el macilento color de la piel no han podido acabar con ese rictus de firmeza que la acompañó siempre, porque él nunca vio otra cosa en ella que no fuera firmeza de carácter,aunque todo el mundo dijera que era dominante, prepotente, cruel y despiadada… Su madre, sus hermanos, sus amigos le habían dicho:” no lo consientas”; hasta la gente con la que se cruzaron en el caminar de la vida murmuraban sobre ellos… El abejorro abejorreó sacándolo de sus pensamientos. Pedía paso, el muy tuno, al temprano sol de la mañana, en donde las flores de primavera, sin cortar, lo esperaban cuajadas del rocío de las primeras horas del amanecer ¿Qué le fue infiel? Él nunca presenció una infidelidad ¡Que cosas tenía la gente! ¡Que lengua más viperina! Lo más fuerte fue aquella época en la que coincidieron con Luis, su mejor amigo, en la misma ciudad de provincias. Luis ya estaba allí cuando llegaron destinados a aquel edificio de correos grande y destartalado, al que aún no habían tocado con la gracia de la reforma por falta de presupuesto. Reconocía que llamaba la atención con su pelo rubio y los ojos tan azules… Era un caballero, siempre fue un caballero con las mujeres de los demás y con la suya no iba a ser una excepción. Porque se tomaba algún café de larga sobremesa con su mejor amigo, o porque la acompañaba a casa alguna tarde al acabar las clases de inglés en la academia Barceló, la gente ya veía brujas donde no las había… El era el director y por lo tanto la mayor responsabilidad recaía sobre sus espaldas. No tenía tiempo para cafés.
¡Caracol, col, col, saca los cuernos y vete al sol! -La voces infantiles de sus nietos coreaban la misma canción de su niñez. Se levantó del sillón y miró por la ventana apartando un poco el visillo de la madre de doña Gumersinda. Allí estaban sus tres nietos recitando la canción como las cacatuas, a un asustado caracol arrancado de la pequeña huerta que con tanto mimo cuidaba. -¡Que tu padre y tu madre también los sacaron y se fueron al sol! -cantaban a voz en grito encima del infeliz, al que habían dejado sobre el banco de piedra bajo la ventana…
Se queda mirando a Luis el mediano, que en ese momento levanta la cabeza coronada por una fuerte mata de pelo rubio como una espiga de trigo salvaje y observa sus ojos azules; tan azules como las flores de la lavanda plantadas en el parterre de la entrada. Luis, el nombre con el que decidieron bautizarlo al nacer… Otro quejido le hizo volverse hacia donde se encontraba la mujer a la que había sido fiel durante toda una vida. Se apartó de la ventana y regresó junto a ella. Un rosario entrelazaba los dedos de un mano: – llegarás como un cohete al cielo… – murmuró, con la mirada puesta en una foto enmarcada en un portarretratos comprado en Mallorca, durante aquel cursillo de trabajo.Volvió a mirar la fotografía ¡Que tiempos! ¡Como lo pasaron los tres! Ella sonriente entre los dos con la cabeza ladeada… hacia la de Luis…
-llegarás como un cohete la cielo,te lo prometo… -le dijo cogiendo la almohada que descansaba junto a su querida mujer- Llegarás como un cohete al cielo… – repitió apretando sin demasiada fuerza la almohada sobre la cara de la madre de ¿sus hijos?
Y olvidó todo aquel tiempo pasado,tan cercano en el recuerdo cuando uno quiere,por verla sufrir.