May 252016
 

Ojos de Gato 001

  La semana que pasó en la isla, no fue suficiente para saborear el encanto de sus gentes y la belleza de sus paisajes. Se había enamorado de la pequeña ciudad de calles rectas y cuidadas, salpicadas de casas de un bello estilo colonial con galerías cubiertas y jardines entorno a cada una de ellas… Era consciente de que tendría que transcurrir un tiempo hasta llegar a la asimilación total de todo cuanto quedaba grabado en su retina, como las diferentes etnias que habitaban el barrio conocido como Campo Yaundé: Hausas, Calabares, Ibos, Pamues, Corisqueños, Annobonenses… Y otras muchas cuyos nombres escapaban a su memoria. Pero de lo que sí se había percatado, era de que esas dos razas: una blanca y la otra negra, intentaban convivir en un pequeño territorio de África. La primera con el corazón lleno de esperanza de un mundo mejor que el que hasta ahora había tenido. La segunda, con la esperanza de que esos hombres blancos venidos de lejos no acabaran con las costumbres y tradiciones de sus ancestros.

 Uno de los rincones que más le impactó, fue el mercado. Tan lleno de vida; con sus gentes vestidas de mil colores y hablando mil galimatías que él sabía que nunca llegaría a entender… Deambulando entre el gentío, su compañero Zarzosa, le hablaba de las diferentes etnias que llenaban el lugar. Hombres y mujeres vendiendo, comprando o valiéndose del trueque para conseguir lo que necesitaban. Por todas partes pululaban pequeños puestos con sus mercaderías expuestas al comprador: pulseras de pelo de elefante, con un diminuto elefante de marfil como colgante; pulseras de piel de cebú, decoradas con cuentas de vivos colores o bordadas con hilo; telas de colores a las que llamaban “popós” y con las que cubrían su cuerpo las mujeres, a modo de clothes. Aquí y allá. Salpicando el mercado, como hermosas flores de primavera, unas mujeres grandes y gordas conocidas, según le dijeron, como “las mamás”, tal vez porque sus figuras evocaban a las amas de cría, lucían los clothes y adornaban sus cabezas con grandes pedazos de tela, con la gracia y el estilo de la más noble dama veneciana. Permanecían sentadas en el suelo de tierra, al lado de unos toscos cuencos de madera rebosantes de humeantes y aromáticos cacahuetes tostados, que hacían la boca agua. Las mamás esperaban al comprador, en actitud perezosa, espantando las desagradables moscas que se posaban en su brillante y grasienta piel, a golpe de un curioso matamoscas confeccionado con pelos de elefante: ¡plas!, ¡plas!, ¡plas,plas!, restallaba el latiguillo aplastando los insectos contra la carne… ¡plas!, ¡plas!, restallaba, una y otra vez…