Dic 272015
 

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Con la blusa blanca y la falda azul, “la Escopetilla” parecía una colegiala. Había estado discutiendo toda la mañana con Sara por la forma de vestir: “que si a Ángel le gustaba que fuera así… que si recógete el pelo en una cola… que si patatín, que si patatán”… «Bueno, cuando el camión desaparezca por el Cuerpo de Guardia, me quito esta ñoñería», piensa con resignación, mientras acaricia la coronilla de un pequeño tití escuálido y despeluchado, que la miraba con ternura desde unos enormes y redondos ojos color caramelo; cuyo mecánico movimiento recordaba el abrir y cerrar de ojos de una muñeca. El mono se lo había regalado Ángel. A la madre la mataron unos cazadores para comer la apreciada carne del animal y ahora le tocaba cuidarlo a ella:
— Como no hay tiendas donde comprarte un regalo, te traigo el tití… —y ella pensó que maldita la gracia que la hacía cuidar de ese pequeñajo, que lo único que sabía hacer era despiojarse y mirarla con ojos de borrego tierno… El pobre mono, que aún no tenía nombre, de un salto se acomodó en su regazo, como si supiera lo que estaba pensando y quisiera congraciarse con su ama. Lo miró con resignación y luego alzó la vista hacia el Cuerpo de Guardia, por donde en ese momento entraba el Chevrolet en dirección a los garajes. Al pasar cerca del “árbol que da sombra”, escuchó el sonido de la bocina por tres veces, era la contraseña para hacerle saber que la veía. “Ojos de Gato” había sacado el brazo por la ventanilla y pudo alcanzar a ver los dedos de su mano agitándose en el aire. Ella le devolvió el saludo con una sonrisa y el tití bajo el brazo.
— Niña, ven a desayunar, que ya está todo en la mesa
— Ya voy mamá, espera que ate al mono a la hierba luisa… estate quieto enano, que ya me tienes muy harta…
La besó en la mejilla; era un beso casto, porque no estaban solos. La encontró preciosa; como siempre, aunque hoy estaba más bonita que nunca, con esa falda azul y la blusa blanca… Y luego estaba el pelo, ese sedoso pelo castaño recogido en una cola… realmente preciosa.
— Mira lo que te traigo —le dijo, entregándole un cesto de bambú, en el que una pequeña cría de chimpancé hembra se agitaba inquieta buscando seguramente la leche de la madre—. Mataron a la madre –dijo cogiendo al animal. “la Escopetilla “sonrió, no podía menos, pues lo que él no sabía era que los bichos no eran santo de su devoción.
— Busquemos un nombre para ella —le dijo quitándosela de las manos–. Ya sé, la llamaremos Carola, es un bonito nombre.
— Como tú digas, “Escopetilla”, pero dame un beso… ella se lo dio en la punta de la nariz.
Los días pasaban deprisa, con sus viajes de ida y venida; con el “ya estoy aquí, amor” a golpe de claxon del viejo camión cuando cruzaba la explanada en dirección a los garajes; pasaban deprisa, disfrutando con los amigos durante un rato en el bar del Hotel Guria; paseando por la arena de las bellísimas playas, jalonadas de palmeras, cocoteros y magníficos egombe—egombes, con los salacots en sus cabezas y los pies descalzos. Sin importarles las niguas, ni los cangrejos rojos de poderosas pinzas, que al atardecer salían de sus madrigueras por los agujeros que horadaban la playa, encaminándose a la orilla con esa forma extraña de caminar que tiene los cangrejos: para atrás, para un lado, para el otro, moviendo las patas por la arena, con la soltura de los dedos de un pianista sobre el teclado y bailando los ojos como diminutos periscopios oteando la superficie. El tiempo pasaba deprisa viendo el ir y venir de los pescadores en sus pequeños cayucos, que manejaban con destreza aún con la marejada. El tiempo ya no contaba cuando tomaban el rumbo hacia el río Ekuko y caminaban bajo la frondosidad de los árboles que bordeaban el camino en donde palomas verdes y blancas se asentaban en las ramas o emprendían el vuelo tras el nido, el sustento y el arrullo del celo. Y cuando el sol empezaba a ocultarse comenzaba la cuenta atrás, queriendo ganar al tiempo: había que llegar al campamento antes del anochecer…