Ago 202014
 

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¡Hola a tod@s l@s que me soportaís!

Zascandileando,desordeando,ordenando,recordando memorizando,y no se cuantos “andos” más,a la par que entablaba una lucha a muerte con mis lentillas,encontré un pequeño libro,al que adoro y que creía perdido por su tamaño en algún cajón,de tanta mudanza como una ha hecho a lo largo de su larga vida.Es una versión reducida  y modernizada del Quijote, por Andrés Amorós,y editado por “Paradores de Turismo”. Quiero ir compartiendolo con vosotr@s poco a poco. Estoy segura de que tanto a los que habeís disfrutado con esta incalificable novela,como a los que aún no la habeís descubierto,os va a encantar.

Abrazos repartidos!!!

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no hace mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza y escudo antiguos, rocín flaco y galgo corredor. Una olla con más vaca que carnero, carne picada casi todas las noches, huevos con tocino los sábados, lentejas los viernes, algún palomino por añadidura los domingos, consumían la mayor parte de su hacienda. El resto de ella lo componían algún traje de paño fino, medias de terciopelo para los días de fiesta, con su calzado a juego. y los días de entre semana vestía con un paño pardo de lo más fino.
Tenía en su casa a un ama que pasaba de los cuarenta años y a una sobrina que no llegaba a los veinte, además de un mozo para todo, que lo mismo ensillaba el rocín que tomaba las tijera; de podar.
Andaba nuestro hidalgo cerca de los cincuenta años,era de constitución recia, seco de carne, delgado, gran madrugadar y amigo de la caza.
Dicen que se llamaba Quijada o Quesada, aunque en esto no se ponen de acuerdo los autores que sobre él han escrito; quizá se apellidaba Quejana, pero esto importa poco a nuestro relato, que en ningún momento se saldrá ni una pizca de la verdad.
Resulta que este hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que era la mayoría del año- se dedicaba a leer libros de caballería con tanta afición y tanto gusto que se olvidó casi del todo de la caza y hasta de administrar su hacienda. Llegó tanto su pasión que vendió algunas tierras para comprar esos libros. Reunió, así pués,todos lo que pudo.
De todos ellos, los que más le apasionaban eran los que escribió el famoso Feliciano de Silva, con frases tan intrincadas como éstas, que a él le parecían de perlas: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mI razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra hermosura”.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, al empeñarse en entender su sentido, algo que no hubiera conseguido ni el propio Aristóteles, si hubiera resucitado.
En resolución, él se enfrascó tanto en la lectura de estos libros, que se le pasaban las noches leyendo, de claro en claro, y los días, de turbio en turbio, Así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de modo que vino a perder el juicio. Se le llenó la fantasía de todo lo que leía: hechizos, peleas, batallas, desafíos, heridas, amores, tormentas, disparates imposibles … Todo ello se le asentó en la imaginación de tal modo que, para él, no había historia más verdadera en el mundo. Decía, por ejemplo, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no podía competir con el Caballero de la Ardiente Espada, que de un solo tajo había partido por la mitad a dos fieros y descomunales gigantes.
Rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que ha tenido ningún loco: le parecio conveniente y necesario, para el aumento de su honra y el servicio de su patria, hacerse caballero andante, irse por todo el mundo con sus armas y su caballo buscando aventuras, como él había leído que hacían esos caballeros, remediando injusticias y afrontando peligros que le habían de dar nombre y fama.
Se imaginaba el pobre que, gracias al valor de su brazo, le habían de coronar, por lo menos, emperador de Trapisonda. Con estos agradables pensamientos, se apresuro a llevar a la práctica lo que deseaba. Lo primero que hizo fue coger unas amas que habían sido de sus bisabuelos, llenas de moho, pues hacía siglos que estaban olvidadas en un rincón. Las limpió y las preparó lo mejor que pudo y, al comprobar que el casco sólo le cubría la parte superior de la cabeza, lo completó con cartones, como si fuera una armadura completa. Para probar si era fuerte y podía resistir una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes: bastó con el primero para deshacer, en un momento, lo que él había hecho en una semana. Para evitar este riesgo, lo hizo de nuevo, poniéndole dos barras de hierro por dentro, de manera que quedó muy satisfecho de su fortaleza y, sin hacer más pruebas, decidió que tenía ya una magnífiva armadura.Fue luego a ver a su rocÍn y, aunque tenía más tachas y defectos que el caballo de Gonela que era sólo de piel  y huesos, a él le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro Magno ni el Babieca del Cid Campeador podían igualarse con él.
Cuatro días se le pasaron imaginando qué nombre le pondría. Según se decía a sí mismo, no era lógico que el aballo de un caballero tan famoso y tan bueno comoo él, no tuviese un nombre conocido. Intentaba encontrar uno que aclarase lo que había sido antes de pertenecer a un caballero andante y también a lo que había llegado, pues era razonable que, habiendo cambiado de estado su amo, mudase él también de nombre y adoptase uno famoso, como convenía a la nueva orden de caballería en la que ya profesaba. Así,después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y volvió a hacer en su memoria y en su imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante,nombre,a su parecer,alto,sonoro y significativo,pues indicaba lo que había sido,un rocín, antes de lo que ahora era: el primero de todos los rocines del
mundo.
Puesto nombre, y tan a gusto, a su caballo, quiso ponérselo también a sí mismo. Este pensamiento le ocupó otros ocho días. Al final, decidió llamarse don Quijote. Pero acordándose de que el valeroso Amadís no se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, para hacerla famosa, y se llamó Amadís de Gaula, así quiso él, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha,con lo que, a su parecer, indicaba muy claramente su linaje y su patria, a la vez que la honraba, al tomar de ella el sobrenombre.
Una vez limpias sus amas, arreglada su armadura,puesto nombre a su rocín y confinnándose a sí mismo como caballero andante, decidió que no le faltaba más que buscar a una dama de la que enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto o cuerpo sin alma.
Decíase él así:
-Si yo, por mi desgracia, o por mi buena su encuentro por ahí con algún gigante, como les suele pasar a los caballeros andantes, y 10 derribo de un golpe, o le parto por mitad del cuerpo, o, en ñn, lo venzo y le rindo, ¿no estaría bien tener a quien enviarle, como obsequio, para que entre y se hinque de rodillas delante de mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido: “Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en pelea individual el nunca suficientemente altbado caballero don Quijote de la Mancha, el cual mandó que me presentase ante vuestra merced, para que vuestra grandeza diSponga de mí libremente”?
¡Oh, cómo disfrutó nuestro buen caballero cuando concluyó este discurso, y más aún cuando encontró a quién dar el título de su dama! Parece ser que en un lugar cercano al suyo vivía una moza labradora de muy buen ver, de la que él estuvo ernrrorado agún tiempo, aunque según parece, ella jamás lo supo, pues él no le dio ninguna muestra de su amor.
Se llamaba esta moza Aldonza Lorenzo y a ésta le pareció bien darle el título de señora de sus pensamientos. Al buscarle un nombre que armonizase bien con el suyo, y que puntase al de princesa y gran señora. vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural de ese pueblo: un nombre, a su parecer, melodioso, exquisito y significativo, como todos los demás que a él, y a sus cosas había puesto el caballero..