Feb 122014
 

 

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Rebuscando entre las carpetas de las tropecientasmil fotos que guardo en mi viejo “ordenata”,acabo de encontrar esta, de cuando una era joven y resultona. Es un carboncillo de una fotografía tomada en la cubierta del barco que nos llevaba de Canarias a Cadiz,para disfrutar de unas vacaciones. Hacía un dia precioso,y una con el pelo al viento,y ajena a los tropezones que te da la vida,era simple y llanamente feliz con sus dos retoños,el tercero aún estaba “durmiendo en el costal de su padre”. Llevaba un vestido negro con volantes de colores,del que me quedé prendada al verlo en un escaparte, de una calle cualquiera, de “la bella Tenerife”,que no dudé en ponérmelo nada más subir al barco,aún sabiendo que con dos retoños, de uno y cinco años,iba a durar impoluto,lo que tarda en colarse el agua en una cesta,pero no me importaba;nada me importaba excepto la luz de los últimos rayos de sol reflejados en sus ojos.
La tarde caía;un retoño jugaba tirado en el suelo con olor a brea y a sal marinera,y el otro hipaba desconsolado porque un dientecillo de leche se afanaba en romper su encia.
– Deja que te haga una foto…
-¿Para la posteridad?
– Para ahora mismo;para siempre.
Y…desde hace años,y ahora en “la posteridad”,preside el salón de nuestro hogar,un carboncillo que una vez salio de sus manos. Unas manos de trazo firme, y tan llenas de amor,que a una la hicieron bella entre las bellas,sin serlo.
Y rebuscando entre las carpetas de las tropecientasmil fotos,que guardo en mi viejo “ordenata”,encontré este rayo de luz de sus ojos que aquí dejo para vosotros.