Ago 072014
 
Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia  que nació. Es mi hermana mayor,la nña del sombrerito junto al cochecito de una servidora.Un beso tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia en que vino al mundo. Es mi hermana mayor,la niña del sombrerito, junto al cochecito de una servidora.Un beso Tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Pasaron los días, semanas y meses. De Forna a Godella, en donde estuvieron un tiempo en casa de unos tíos; y de allí a Valencia, a un piso alquilado en la calle de La Reina, por el viejo Camaró, el cual disfrutaba su hermana Teresa con su marido y los hijos. Era un piso grande, que daba a dos calles; de largos pasillos y laberínticas habitaciones, unas interiores, sin ventilación, y otras con ventanas o balcones. Y fue en una de estas, en la que “la Escopetilla” se metió en la cama asustada como un conejillo de indias, ante las primeras contracciones a esperar, en su ingenuidad, no sé qué milagro del Señor para parir como la Virgen Santísima, sin dolor. Y como el milagro no llegaba y cada vez gritaba más, decidieron que ya era el momento de avisar al médico, que apareció cargando con un maletín de cuero negro tan pelado por el uso como la lampiña cabeza de su dueño. Tras horas de lamentos, gritos y esfuerzos, en vista de que la criatura no salía; bien porque la madre no colaboraba demasiado, tan ocupada estaba con su sufrimiento, o bien porque no le daba la gana al feto, decidió el sesudo médico emplear los fórceps y así traer a esa espléndida vida de posguerra, al pequeño ser humano. Y lo sacó del útero materno, empleando el aparato que tanto niño idiota dejó en su momento en el mundo al chafar, por pura presión desmedida, sus tiernos cráneos. El hombre se dispuso a meterse en faena no sin antes advertir a “Ojos de Gato”, que se lo pensara dos veces antes de que entrara a matar con los cucharones, a lo que este contestó que ya había visto parir a más de una oveja cuando era niño. Cuando el sol estaba acabando de desperezarse para empezar un nuevo día, ella pegó cuatro gritos más, junto a un buen chorro de lágrimas al más puro estilo de “Lo que el viento se llevó”, que acompañaron la salida de la blanda cabecita, que más que una cabeza de crío, parecía una albóndiga de carne picada sujeta por dos cucharas de servir. El médico, que a fuerza de bregar con “los primerizos” sabía el horror que “el que había visto parir tanta oveja” estaba experimentando en su interior, decidió tranquilizarle, como hacía con todos los padres de los niños que traía al mundo usando el susodicho utensilio.
– No se preocupe usted, que ya verá que lo que ahora parece una masa de carne prácticamente amorfa, dentro de poco será una niña preciosa -le dice volteando lo que parecía un recién nacido después de que rompiera a llorar como todo recién nacido-. Y así, tal y como el médico dijo, sucedió: resultó ser una niña bonita, a la que bautizaron en la iglesia del Rosario, con el nombre de Sara Florencia en recuerdo de las dos abuelas, nombre algo pesado para una niña tan pequeña como era. Así que, tras salir de la iglesia, “la Escopetilla” dijo que la llamarían Tatín por ser mucho más corto: Tatín la pequeña y Titán el perro. Y ella, ajena a los derroteros de su madre, dormía plácidamente en los brazos de su padre como una bella durmiente, mientras las hadas revoloteaban a su alrededor, dejando en el portal de su destino una infancia feliz, una adolescencia tranquila y para el resto de sus días: una vida de florero primero, y después, otra -la que ahora lleva-, bucólica y pastoril, entre tartas de manzana, huerta, hijos, nietos, perros y algún que otro problema que le ahoga el alma, como todos los pobres mortales.

Y así llegó el momento de volver a esa tierra bendita que tanto echaban de menos. El final de las vacaciones había acabado y el verano también. Se habían metido en el mes de octubre y hacía frío: era hora de regresar; el destino volvía a ser Evinayong. ¡Eran felices!