Ene 152016
 

plus ultra
……… El barco se alejaba del muelle bajo un cielo de fuegos artificiales y la tradicional copa de champán, en las manos de los pasajeros que celebraban la mitad del camino recorrido. Era una noche perfecta, con el suave mecer de las olas; con su olor a mar, con su gente en cubierta riendo, charlando de cosas triviales; con el telegrama de “la Escopetilla” en la mano… Con una sonrisa le dijo adiós a la isla de Tenerife y, con los ojos puestos en el papel, le dijo hola a la que ya era su mujer. Desde su rincón levantó la copa con un solo deseo: que en el camino de la vida que Dios le tuviera marcado estuviera junto a él “la Escopetilla”. Después apuró el champán en dos tragos y lanzó el cristal al mar.

          Hacía varios días que habían dejado atrás las Canarias, cuando una mañana despertó con una sensación extraña; el cansino runruneo de los motores se había esfumado y en su lugar el sonido intermitente de una sirena invadía el aire. Buscó en la litera de abajo a Eusebio, pero esta estaba vacía. Bajó de la suya despacio, poniendo cuidado en no perder el equilibrio a causa del fuerte vaivén del barco, y atisbó por el ojo de buey el inestable horizonte enturbiado por la lluvia que pegaba con fuerza en el cristal. Se vistió trastabillando de un lado a otro, poniendo buen cuidado en no caerse conforme metía una pierna y luego la otra en las perneras del pantalón; con la sahariana a medio abrochar subió a la cubierta de estribor, en donde una mañana gris y lluviosa le dio los buenos días, junto a una fuerte marejada que bamboleaba el barco como si fuera un coco vacío. Frente a él, un destructor de bandera inglesa permanecía a poca distancia, impidiendo el avance, mientras un par de lanchas con marineros y un oficial armados se dirigían al barco. A babor, en donde el capitán y la tripulación permanecían a la expectativa, se repetía la misma escena. Todos los allí presentes sabían que en cuanto subieran por las escalas de cuerda, exigirían al capitán el navicert y una vez revisado el barco de cabo a rabo, con suerte los dejarían continuar en paz. «No caerá esa breva; seguro que nos desvían a alguno de los puertos donde tienen una base de control», musita “Ojos de Gato”, localizando a Eusebio entre la gente, que seguía, como todos, la maniobra de los británicos. Uno de los oficiales ordenó a dos marineros tomar posiciones a estribor y a babor del buque; otros tantos ocuparon también la sala de máquinas. Al resto de la tripulación los hicieron pasar junto con el pasaje al salón.
— Documentación… —el oficial que se dirige a “Ojos de Gato”, de piel rosada y con cara de póquer, clava los ojos de un gris acerado en la esmaltada estrella añil con iniciales doradas, de la Guardia Colonial, que lleva en la sahariana.
— La tengo en el camarote…
— ¿Alguien más tiene la documentación en el camarote? —dice en un pasable español con marcado acento galés.
Todos los allí reunidos abandonaron el salón…
Entró en el momento en que el oficial, de piel rosada y cara de póquer, se encontraba en mitad de un minucioso interrogatorio al escritor Agustín de Foxá (conde de Foxá), que había luchado durante la Guerra Mundial por Alemania en la División Azul y eso, tras la victoria de los aliados, no le beneficiaba en nada… Tras unos minutos de preguntas a las que el escritor respondía con voz segura y mirada firme, fue cuando la vio entrar escoltada por dos marineros. Se detuvo un momento en la puerta recorriendo la sala con la mirada, y a “Ojos de Gato” le pareció que ya sabía el final de su encuentro con el hombre de piel rosada. Avanzó con altivez y, al pasar junto a él, el aire se perfumo de lilas; lilas como las que llevaba estampadas, el pañuelo de gasa blanca que ceñía su melena cobriza en una lazada.
— Guten morgen fräulein… —no acabó la pregunta en espera de que dijera su nombre—. Bitte pass… —insistió. Pero ella le entregó el pasaporte expresándose en un perfecto inglés. Dijo llamarse Odina Larsen y ser de nacionalidad sueca.
— Sabe muy bien que está mintiendo fräulein… —afirmó haciendo hincapié en “fräulein”. Y, acercando el documento que tenía entre las manos a una de las ventanas buscando algo más de luz, añadió—: …Margrete Mueller, nacida en Munich el veintiuno de abril de 1911. Durante las últimas semanas del asedio a Belín, trabajó como traductora para Adolf Hitler, en el búnker de la Cancillería del III Reich y que, por expreso deseo del Fürher, abandonó el búnker unos días antes, llevando con usted documentos de suma importancia… —dicho esto clavó sus ojos acerados en los de la mujer, que permanecía imperturbable frente a las acusaciones—. Vendrá con nosotros —dijo haciendo una seña a dos marineros y abandonando la sala.
Escoltados por los destructores, cambiaron de rumbo…
— ¿Por qué damos la vuelta? –preguntan unos y otros.
— Nos llevan a Freetown… —responde un camarero.
— ¿A Sierra Leona? –dice el funcionario de correos, ensartando en el tenedor una rodaja de salchichón.
—Allí llevan a nuestros barcos para registrarlos…—dice pasando un pequeño cepillo sobre las migas de pan caídas sobre el mantel.
El barco fondeó en una dársena del puerto. Los retuvieron durante tres días impidiendo bajar a nadie a tierra y en este tiempo, precintaron la telegrafía por Morse; registraron bodegas y camarotes y al final los dejaron seguir su rumbo con un pasajero menos: ¿Odina Larsen? ¿Margreter Mueller? Nunca llegó a saberlo.
En el puente de mando, allí en el cuaderno de bitácora, de seguro que alguien habría apuntado todo lo sucedido en esos inacabables tres días…