Nov 172015
 

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     Cada día se hacía más difícil vivir en la ciudad. El fuego de la artillería, el rugir de los motores de los aviones a su paso por el cielo de Teruel y las sirenas alertando a la población de un nuevo bombardeo, se había convertido en algo cotidiano para sus habitantes. La ciudad parecía un fantasma, mostrando el sudario de casas derruidas. Solo el frío viento, con sus ráfagas cortantes como cuchillas y su agorero ulular como compañero, se atrevía a pasear por callejones, calles y plazas… De vez en cuando se veía a alguien que caminaba por la calle con el cuerpo perdido en el abrigo y la falta de puchero caliente reflejado en la cara.
Con el paso acelerado Sara, con los niños de la mano, atravesaba la plaza “Del Torico” en dirección a la calle de la Tristeza, así la había bautizado la noche en que llegaron, donde no sabía el ambiente que se iba a encontrar pues había notado que últimamente la dueña le miraba mal… y no era por dinero, porque desde el primer día no había dejado de pagar el alquiler ni un solo mes, así que intuía que era algo más serio…
Las sirenas empezaron a sonar, advirtiendo de la visita de los aviones cargados con sus regalos de cortesía: unas hermosas bombas que dejarían caer desde el cielo, confiando en que nadie se quedara sin catarlas… Agarrando con fuerza las muñecas de sus hijos, echó a correr limitada por las cortas piernas de los niños. Ahora los aviones estaban por encima de sus cabezas y aún les quedaba por recorrer la mitad del camino hasta llegar a los soportales del otro lado. Se encontraban junto al monumento que daba nombre a la plaza: una columna que soportaba, en su capitel, a un pequeño toro. Luego todo pasó muy rápido: el llanto de los niños… el latido de su corazón desbocado por el miedo en los oídos… el atronador ruido de las bombas al estallar… La metralla silbaba sin parar y no fue capaz de seguir adelante. Con un brusco empujón los hizo caer al suelo, echándose encima a modo de escudo; era lo único que podía hacer por ellos… Los cañones tronaban y los edificios aparecían envueltos en llamas. Escuchó un proyectil que venía enfilado hacia ella así que cerró los ojos y preparó su alma para el encuentro final apretando su cuerpo contra sus hijos hasta casi asfixiarlos, en un desesperado intento de protección, aunque no sabía si eso sería suficiente cuando la metralla impactara en el blanco. Un segundo, dos, tres… Sara levantó la cabeza, el proyectil milagrosamente solo había rozado la columna, y pegó un tirón de los chiquillos, corriendo los últimos metros que le quedaban para alcanzar los soportales. Una vez allí, se pararon para tomar aliento. Los niños, entre llantos, le suplicaban que parara de correr y ella los abrazaba diciéndoles que era imposible si no querían morir… Entonces Sarita, tomando de la mano a su hermano, dijo:
—Vamos mamá, tenemos que llegar hasta un refugio…
Y Sara, asomándose al balcón de sus ojos de niña, llegó a tiempo para ver cómo su alma de nena se escondía en lo más profundo de su ser, empujada por una prematura madurez de mujer.
Con la esperanza de no escuchar más que el silencio, apenas respiraban… El peligro había pasado hasta la próxima incursión.
Con manos temblorosas y ese nudo en la garganta que desde hacía tiempo no le abandonaba, limpió como pudo la sangre de las magulladas rodillas de su hijo con el borde del pañuelo mojado en saliva.
La plaza comenzó a revivir lentamente. La gente que había estado resguardada en los refugios, salía a la calle para volver a sus casas. Alguien le preguntó si estaban bien y si podía hacer algo por ellos… Ella negó con la cabeza y le dedicó una triste sonrisa. Ese alguien dijo:
— Aunque triste, es una sonrisa… — y tras acariciar la mejilla de la niña, le dijo adiós.