Ago 202011
 

Y un barco como este le devolvería a España tras año y mediode campaña en donde naceria su rimera hija Sara -“Tatín” -para los que tanto la han querido

 

Este no es un cielo cerrado de nubes. Es un cielo abierto a uno de los bellisimos amaneceres de esa tierra.

Foto cedida por “Bitito”

Bajo un cielo cerrado de nubes de una de las primeras mañanas de abril, los besos y abrazos se confundían con la arena blanca y fina de la playa, que a esa hora del día recordaba a un cajón de arena para gatos, con el ir y venir de los pies descalzos de los negros, y los calzados de los europeos. A la ropa blanca de algodón coronada por una buena cantidad de salacots, se le sumaba el color caqui de los uniformes, y el negro lustrado de los torsos desnudos de los estibadores. Los pescadores, de frente arrugada por el aire marino, y brazos nervudos, a fuerza de arrastrar hasta la orilla sus cayucos con el fruto de ese mar agradecido por ver aflojado en algo el peso de sus entrañas, completaban la paleta de colores con el efecto perlado del sudor resbalando por la tierra tostada de sus pieles. En el fondo de los cayucos, los atunes, colorados, besugos y barracudas, abrían y cerraban las agallas de un rojo oscuro, brillante y vivo en un intento agónico y desesperado, por succionar el mínimo del oxigeno que necesitaban para vivir. Y a pocos metros de esa estampa, en el interior de la sencilla casa de madera y nipa en donde la agencia Fortuny había instalado la oficina, en una incomoda silla de madera, descansaba la escopetilla preñada desde hacia cinco meses.
– ¡Vamos, ahora nos toca a nosotros!
Ojos de Gato la tomó de la mano y ella, que había engordado más de lo razonablemente razonable para estar de cinco meses, se levantó con la ligereza de un hipopótamo hembra tras chapuzarse en el rió, y caminando como un pingüino con el huevo entre las patas, y la otra mano sujetando el salacot algo grande para su cabeza, sortearon la maraña de gente hasta llegar a la orilla en donde cuatro vigorosos negros esperaban junto a la silla con andas para transportar, seguramente, a la pasajera más bonita que ese día embarcaba camino de España hasta la gabarra que la llevaría al Dómine. Besos y abrazos de todos enredando, eso si, el último abrazo entre los bolsillos del alma; allí estaría hasta cuando regresaran al cabo de seis meses con el miembro más pequeño de la familia. ¿Un niño? ¿Una niña? Eso se lo dejaban a Dios, junto con el abrazo de vuelta.