Ago 142013
 

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Tendría que  cambiar el sonido del despertador del móvil por algo menos escandaloso, porque el kikirikí del gallo no  tenía nada de  glamuroso  para  amanecer  junto al pivón de turno, tras una noche loca de pasión.  Sin abrir los ojos, estiró el brazo buscando  “el cuerpo” al que le echó cuatro polvos,y un revolcón en el yacusi  para calentar motores: -nada…- se dijo abriendo los párpados poquito a poco,  como persianas viejas apuntito de romperse..¡Y rompío! La luz de la mañana le entró por los ojos clavándose en  su cerebro, como alfileres en un acerico. Nadie;no había nadie al otro lado de la cama con dosel que compró en Chian Mai, en aquel viaje a Tailandia…Se incorporó despacio,y cerró las cortinas dirigiendose al cuarto de baño. Tenía la boca pastosa ,y el estómago como un barquito velero en mitad de un temporal: ¡Hostias! Que dolor de cabeza tengo – murmuró entre dientes, para no jugar a los bolos con la maltrecha cabeza. Una sed terrible hizo que se sintiera como un bacalao en mitad del desierto del Gobi, así que se enganchó al grifo del lavabo, igual que un recién nacido a la teta de su madre: – paracetamol…donde está la maldita caja de paracetamol…- dijo con la misma voz queda, que empleaba para camelarse a toda tia buena que se pusiera en el punto de mira de su bragueta. Del mueble del lavabo sacó una vieja caja de metal,en donde aún podía leerse en la tapa”rosquillas de mamá”.En su interior,lubricantes,condones y paracetamoles, guardaban un orden perfecto frente a los psicotropos.Dos…tres. cuatro paracetamoles pasarón de golpe por su garganta a palo seco. Volvió al dormitorio y dejó la caja de metal sobre la cama deshecha. Tenía un insoportable dolor de cabeza pero eso no le impidió ver las bragas de satén rosa del pivón, asomando por debajo de la almohada. Jugueteó con ellas unos segundo y lugo las dejó  sobre la caja. Un olor  familiar, “La Fille de Berlín” , se quedó flotando en el aire.Se dijo que la vida estaba hecha de pequeñas casualidades,y esta era una de ellas,porque ¿podía haber algo más casual? que encontrarse  el aroma de su madre en las bragas de una desconocida…:-Estoy perdiendo facultades; mira que  no reconocer ese olor – mascuyó entre dientes, abriendo la puerta de la habitación.  A pesar de su maltrecha cabeza,la ropa, y los tacones de aguja esparcidos  por el pasillo, le hicieron recordar los juegos malabares en el yacusi;tal vez estuviera allí… ¡No! – Exclamó olvidandose de todos sus males y apresurando el paso…
-¡No! ¡Otra vez no! – gritó con desesperación metiendose en el agua. El cuerpo desnudo de carne rosada,flotaba boca a bajo igual que un garbanzo a remojo,escurriendose como una anguila. La sacó como pudo diciendose que tal vez no fuera demasiado tarde, al tiempo que le apartaba la rubia melena de la cara; una cara deforme,de labios vacios y ojos de pez…: ¡Otra vez no! -Volvió a gritar- ¡Otra vez nooooooo!!!!

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En la caja de” rosquillas de mamá” no había nada en su sitio,pero eso podía esperar. Estaba contento.Nunca se había sentido tan bien:  – el dolor de cabeza ha desaparecido y esta noche tengo  una nueva cita con otro pivón – Se dijo poniendose unas gotas de “La Fille de Berlín”, al tiempo que  abría el armario,en donde una fila de muñecas hinchables esperaban su elección. Con la indecisión reflejada en la cara tiró de una cualquiera, porque siempre le pasaba igual a la hora de llevarse a la cama alguna mujer de carne rosada y labios gruesos, de las que nunca acertaba su perfume,ya que siempre le olían a plástico…
Dic 072012
 

 

 

Ya queda poco para llegar al final del camino; el manuscrito está casi acabado,pero como ocupa todo mi tiempo y no quiero que olvideis el camino de vuelta a “la Isla de las Orquídeas” por falta de historias nuevas,aquí os iré dejando algun bocadito de nata como es este precioso cuento de Handersen ¡Que lo disfruteis!

Érase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla… una moneda de oro.
La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda.
“Ya sé me compraré caramelos… uy no que me dolerán los dientes. Pues me comprare pasteles… uy no que me dolerá la barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.”
La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casita.
Al día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de su casa. En eso que aparece un gallo y le dice:
“Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”.
Y la ratita le respondió: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?”
Y el gallo le dice: “quiquiriquí”. “Ay no, contigo no me casaré que no me gusta el ruido que haces”.
Se fue el gallo y apareció un perro. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?”. “Guau, guau”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me asusta”.
Se fue el perro y apareció un cerdo. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué ruido haces?”. “Oink, oink”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es muy ordinario”.
El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: “Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches?”. Y el gatito con voz suave y dulce le dice: “Miau, miau”. “Ay sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.”
Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce voz. Los dos juntos fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Christian Andersen