Ene 192015
 

 

tatineta

                 Bajo un cielo cerrado de nubes de una de las primeras mañanas de abril, los besos y abrazos se confundían con la arena blanca y fina de la playa, que a esa hora del día recordaba a un cajón de arena para gatos, con el ir y venir de los pies descalzos de los negros y los calzados de los europeos. A la ropa blanca de algodón coronada por una buena cantidad de salacots, se le sumaba el color caqui de los uniformes y el negro lustrado de los torsos desnudos de los estibadores. Los pescadores, de frente arrugada por el aire marino y brazos nervudos, a fuerza de arrastrar hasta la orilla sus cayucos con el fruto de ese mar agradecido por ver aflojado en algo el peso de sus entrañas, completaban la paleta de colores con el efecto perlado del sudor resbalando por la tierra tostada de sus pieles. En el fondo de los cayucos: los atunes, colorados, besugos y barracudas, abrían y cerraban las agallas de un rojo oscuro, brillante y vivo en un intento agónico y desesperado por succionar el mínimo del oxígeno que necesitaban para vivir. Y a pocos metros de esa estampa, en el interior de la sencilla casa de madera y nipa, en donde la agencia Fortuny había instalado la oficina, en una incómoda silla de madera, descansaba “la Escopetilla” preñada desde hacía cinco meses.
— ¡Vamos, ahora nos toca a nosotros!
“Ojos de Gato” la tomó de la mano y ella, que había engordado más de lo razonablemente razonable para estar de cinco meses, se levantó con la ligereza de un hipopótamo hembra tras chapuzarse en el río y, caminando como un pingüino con el huevo entre las patas y la otra mano sujetando el salacot algo grande para su cabeza, sortearon la maraña de gente hasta llegar a la orilla, en donde cuatro vigorosos negros esperaban junto a la silla con andas para transportar, seguramente, a la pasajera más bonita que ese día embarcaba camino de España hasta la gabarra que la llevaría al Dómine. Besos y abrazos de todos enredando, eso sí, el último abrazo entre los bolsillos del alma; allí estaría hasta cuando regresaran al cabo de seis meses con el miembro más pequeño de la familia. ¿Un niño? ¿Una niña? Eso se lo dejaban a Dios, junto con el abrazo de vuelta.
Tras veintiocho días de singladura, el barco atracó en el puerto de Valencia, en una noche fría de primavera en la que “la Escopetilla”, abrazada a “Ojos de Gato” buscaba a los suyos entre la gente.
— ¡Hola prima! –un guapo chico alto, moreno y de espléndida sonrisa la abrazó.
— ¡Primo, cuánto tiempo sin verte!…
Hablaba tiritando de frío a pesar del abrigo de paño que habían comprado en Las Palmas, porque la dichosa barriga sobresalía de la prenda impidiendo abotonarla del todo. Sin soltar al muchacho de la mano, se volvió hacia “Ojos de Gato”, que parapeta-do tras el cuello de la gabardina contemplaba la feliz escena del reencuentro. Era feliz, porque ella lo era también, pero se sintió extraño… fuera de lugar. Se acordó de los suyos; de su madre a la que jamás volvería a abrazar: «¡Caín! ¡Eres de la piel del diablo! ¡Apaga la vela y a dormir! Ángel, ¿tú crees que la sangre es el alma?…».
— Mira Ángel, mi primo Antoniet…
Los ojos brillando como dos lucerillos chicos; las mejillas arreboladas por el frío y, en su interior, dos corazones latiendo al unísono… Notó que los dedos los tenía helados cuando rozaron los suyos. Sonrió al muchacho a la par que le devolvía el fuerte apretón de manos. Otro hombre joven, con aie de coquistador, se acercó tomando a “la Escopetilla” en volandas y dio un par de vueltas con ella, como si fuera una cría pequeña. Luego, dejándola en tierra, le dio un abrazo con la sonrisa en los labios. Se llamaba Emilio y era rubio y alto como el otro. Familia y más familia. Una mujer diminuta, con cuatro pelos lacios recogidos en un moño estirado y enlutada, como no, resultó ser la tía Teresa, la madre de los dos muchachos; hermana de Salvador, que desde unos cristales redondos de fuertes dioptrías le observaba curiosa. Y así uno tras otro desfiló el cuadro familiar de “la Escopetilla”.
Anochecía cuando el tren llegó a final de trayecto. El aire impregnado de olor a na-ranjos en flor y de sal marina, bañaba cada rincón, cada esquina, cada zaguán de Gand-ía y también la estación, en donde al poner un pie en el suelo rieron felices a la par que respiraban hondo, llenando su olfato de esencia de mar y azahar. Salió de la terminal con “la Escopetilla” de una mano y la maleta en la otra, con la esperanza de encontrar algún taxi que les llevara a la plaza del pueblo de donde salía el autobús para Oliva, y luego ya verían cómo lo harían para llegar hasta Forna. Seguramente se las tendrían que ingeniar con el carro del buhonero o con alguna tartana que pudiera alquilar…
Y fue el carro del buhonero el que les llevó por los caminos polvorientos a la pequeña aldea que una vez fue mora y después cristiana. El paisaje de una belleza austera, tenía su encanto con aquel castillo en lo alto de la montaña recortando su silueta en el cielo. Abajo, a sus pies, las casas de piedra mora, barrida por un viento helado que se colaba entre almendros, naranjos y algarrobos, llevando y trayendo fragancias del campo que “la Escopetilla” no captaba por estar ocupada en frenar el castañeo de sus dientes y en resguardar inútilmente la incómoda barriga dentro del abrigo que no se dejaba abotonar. Y en la última curva, una cruz de hierro forjado protegía la entrada del villorrio, como lo haría un sagrado corazón clavado en la puerta de cualquier hogar. Un fuerte olor a excremento de cuadrúpedo les llegó a la nariz, recordándoles que hasta allí no llegaban ni guaguas ni pick—up. Y de este modo tan bucólico y pastoril sintieron en sus corazones la primera punzada de añoranza de aquella forma amable de vivir, que nada tenía que ver con la cruda realidad. Y así pasaron unos días en el trocito de tierra de los ancestros de su madre Sara, entre vino de la bota, agua de la fuente, rebanadas de hogaza bañadas en un aceite casero, oscuro y amargo, con alguna que otra aceituna en aliñe. Con eso, y rodeados de parientes que les miraban con asombro al saber que venían de “tierra de moros”, sin comprender cómo no los habían esclavizado, o lo que era peor, cómo no los habían pasado a cuchillo, fueron testigos del despertar de la primavera una mañana de mayo.
Sentada bajo un olivo, “la Escopetilla” dejaba correr la tierra entre los dedos de las manos; había vuelto a esos días de verano de la niñez: Replega olives gosa*, le decía el bueno del tío Bernardo, pero ella prefería sentarse bajo un árbol en las tórridas tardes en la que el calor aprieta sin compadecerse ni de niños ni de ancianos; ni de hormiga despistada que asomara las antenas fuera del hormiguero: “Replega olives gosa”, le recriminaba sin mucho énfasis el bueno del tío cada vez que vareaba una rama y los demás se afanaban en recoger las aceitunas caídas de las ramas sobre la buena tierra: “Replega olives gosa… replega olives…”. Con la mano se acarició el vientre mientras pensaba que su sitio no estaba en esa España de posguerra que ella, a Dios gracias, no había conocido; bastante tenía con los agridulces recuerdos de su infancia, como el día de la primera comunión en una bodega al amparo de las bombas…. No. Su hijo nacería en Valencia pero nada más.

                   — Así; no te muevas… —“Ojos de Gato” la tenía en el objetivo bajo el limonero. Estaba realmente bonita con el brazo apoyado en una de las ramas, el pelo suelto, y su tripa sobresaliendo por delante de la gruesa rebeca de lana. Un rayo de un sol de atardecer se había parado en su pelo y lo hacía destellar en tonos dorados. Así; no te muevas…
Pasaron los días, semanas y meses. De Forna a Godella, en donde estuvieron un tiempo en casa de unos tíos; y de allí a Valencia, a un piso alquilado en la calle de La Reina, por el viejo Camaró, el cual disfrutaba su hermana Teresa con su marido y los hijos. Era un piso grande, que daba a dos calles; de largos pasillos y laberínticas habita-ciones, unas interiores, sin ventilación, y otras con ventanas o balcones. Y fue en una de estas, en la que “la Escopetilla” se metió en la cama asustada como un conejillo de indias, ante las primeras contracciones a esperar, en su ingenuidad, no sé qué milagro del Señor para parir como la Virgen Santísima, sin dolor. Y como el milagro no llegaba y cada vez gritaba más, decidieron que ya era el momento de avisar al médico, que apareció cargando con un maletín de cuero negro tan pelado por el uso como la lampiña cabeza de su dueño. Tras horas de lamentos, gritos y esfuerzos, en vista de que la criatura no salía; bien porque la madre no colaboraba demasiado, tan ocupada estaba con su sufrimiento, o bien porque no le daba la gana al feto, decidió el sesudo médico emplear los fórceps y así traer a esa espléndida vida de posguerra, al pequeño ser humano. Y lo sacó del útero materno, empleando el aparato que tanto niño idiota dejó en su momento en el mundo al chafar, por pura presión desmedida, sus tiernos cráneos. El hombre se dispuso a meterse en faena no sin antes advertir a “Ojos de Gato”, que se lo pensara dos veces antes de que entrara a matar con los cucharones, a lo que este contestó que ya había visto parir a más de una oveja cuando era niño. Cuando el sol estaba acabando de desperezarse para empezar un nuevo día, ella pegó cuatro gritos más, junto a un buen chorro de lágrimas al más puro estilo de “Lo que el viento se llevó”, que acompañaron la salida de la blanda cabecita, que más que una cabeza de crío, parecía una albóndiga de carne picada sujeta por dos cucharas de servir. El médico, que a fuerza de bregar con “los primerizos” sabía el horror que “el que había visto parir tanta oveja” estaba experimentando en su interior, decidió tranquilizarle, como hacía con todos los padres de los niños que traía al mundo usando el susodicho utensilio.
— No se preocupe usted, que ya verá que lo que ahora parece una masa de carne prácticamente amorfa, dentro de poco será una niña preciosa —le dice volteando lo que parecía un recién nacido después de que rompiera a llorar como todo recién nacido—. Y así, tal y como el médico dijo, sucedió: resultó ser una niña bonita, a la que bautizaron en la iglesia del Rosario, con el nombre de Sara Florencia en recuerdo de las dos abuelas, nombre algo pesado para una niña tan pequeña como era. Así que, tras salir de la iglesia, “la Escopetilla” dijo que la llamarían Tatín por ser mucho más corto: Tatín la pequeña y Titán el perro. Y ella, ajena a los derroteros de su madre, dormía plácidamente en los brazos de su padre como una bella durmiente, mientras las hadas revoloteaban a su alrededor, dejando en el portal de su destino una infancia feliz, una adolescencia tranquila y para el resto de sus días: una vida de florero primero, y después, otra —la que ahora lleva—, bucólica y pastoril, entre tartas de manzana, huerta, hijos, nietos, perros y algún que otro problema que le ahoga el alma, como todos los pobres mortales.

             Y así llegó el momento de volver a esa tierra bendita que tanto echaban de menos. El final de las vacaciones había acabado y el verano también. Se habían metido en el mes de octubre y hacía frío: era hora de regresar; el destino volvía a ser Evinayong. ¡Eran felices!

 

 

www.lasombradelegombeegombe.com

La Sombra del Egombe Egombe / Amazón.es

Ago 072014
 
Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia  que nació. Es mi hermana mayor,la nña del sombrerito junto al cochecito de una servidora.Un beso tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Ayer fue su cumpleaños,y he querido dejar aquí el dia en que vino al mundo. Es mi hermana mayor,la niña del sombrerito, junto al cochecito de una servidora.Un beso Tatineta ¡Feliz cumpleaños!!!

Pasaron los días, semanas y meses. De Forna a Godella, en donde estuvieron un tiempo en casa de unos tíos; y de allí a Valencia, a un piso alquilado en la calle de La Reina, por el viejo Camaró, el cual disfrutaba su hermana Teresa con su marido y los hijos. Era un piso grande, que daba a dos calles; de largos pasillos y laberínticas habitaciones, unas interiores, sin ventilación, y otras con ventanas o balcones. Y fue en una de estas, en la que “la Escopetilla” se metió en la cama asustada como un conejillo de indias, ante las primeras contracciones a esperar, en su ingenuidad, no sé qué milagro del Señor para parir como la Virgen Santísima, sin dolor. Y como el milagro no llegaba y cada vez gritaba más, decidieron que ya era el momento de avisar al médico, que apareció cargando con un maletín de cuero negro tan pelado por el uso como la lampiña cabeza de su dueño. Tras horas de lamentos, gritos y esfuerzos, en vista de que la criatura no salía; bien porque la madre no colaboraba demasiado, tan ocupada estaba con su sufrimiento, o bien porque no le daba la gana al feto, decidió el sesudo médico emplear los fórceps y así traer a esa espléndida vida de posguerra, al pequeño ser humano. Y lo sacó del útero materno, empleando el aparato que tanto niño idiota dejó en su momento en el mundo al chafar, por pura presión desmedida, sus tiernos cráneos. El hombre se dispuso a meterse en faena no sin antes advertir a “Ojos de Gato”, que se lo pensara dos veces antes de que entrara a matar con los cucharones, a lo que este contestó que ya había visto parir a más de una oveja cuando era niño. Cuando el sol estaba acabando de desperezarse para empezar un nuevo día, ella pegó cuatro gritos más, junto a un buen chorro de lágrimas al más puro estilo de “Lo que el viento se llevó”, que acompañaron la salida de la blanda cabecita, que más que una cabeza de crío, parecía una albóndiga de carne picada sujeta por dos cucharas de servir. El médico, que a fuerza de bregar con “los primerizos” sabía el horror que “el que había visto parir tanta oveja” estaba experimentando en su interior, decidió tranquilizarle, como hacía con todos los padres de los niños que traía al mundo usando el susodicho utensilio.
– No se preocupe usted, que ya verá que lo que ahora parece una masa de carne prácticamente amorfa, dentro de poco será una niña preciosa -le dice volteando lo que parecía un recién nacido después de que rompiera a llorar como todo recién nacido-. Y así, tal y como el médico dijo, sucedió: resultó ser una niña bonita, a la que bautizaron en la iglesia del Rosario, con el nombre de Sara Florencia en recuerdo de las dos abuelas, nombre algo pesado para una niña tan pequeña como era. Así que, tras salir de la iglesia, “la Escopetilla” dijo que la llamarían Tatín por ser mucho más corto: Tatín la pequeña y Titán el perro. Y ella, ajena a los derroteros de su madre, dormía plácidamente en los brazos de su padre como una bella durmiente, mientras las hadas revoloteaban a su alrededor, dejando en el portal de su destino una infancia feliz, una adolescencia tranquila y para el resto de sus días: una vida de florero primero, y después, otra -la que ahora lleva-, bucólica y pastoril, entre tartas de manzana, huerta, hijos, nietos, perros y algún que otro problema que le ahoga el alma, como todos los pobres mortales.

Y así llegó el momento de volver a esa tierra bendita que tanto echaban de menos. El final de las vacaciones había acabado y el verano también. Se habían metido en el mes de octubre y hacía frío: era hora de regresar; el destino volvía a ser Evinayong. ¡Eran felices!