Abr 042016
 

el trastero

Una mañana de mayo, al filo de las siete campanadas del reloj de la iglesia, Enriqueta corria de un lado a otro de la pequeña cocina del hogar preparando el desayuno de los suyos, al tiempo que los llamaba asomándose al pasillo: “Todos los dias la misma rutina”pensó, mientras escuchaba  una maldición de los labios de Antonio su marido, señal inequívoca de que se había cortado al afeitarse. El chup,chup de la cafetera esparció el aroma del café por toda la casa, aunque no se necesitaba mucho para inundarla porque era pequeña. Miró distraida por la ventana que daba a la calle sin dejar de envolver los bocadillos de las dos razones de su más que estresada vida, que no eran otras que sus hijos de ocho y diez años, Enrique y Braulio. Entraron los tres a la vez,casi atropellándose porque el tiempo se les echaba encima. Se acercó a su marido y mientras apremiaba a los niños para que desayunaran, le arregó el nudo de la corbata por que a pesar de llevar un porrón de años trabajando en la planta de caballeros de unos grandes almacenes,seguía sin tener ni idea. Con un beso rápido envuelto en un “hasta luego”, desapareció por la puerta dejándola con una casa revuelta, dos hijos a los que tenía que llevar al colegio y ocho horas de curro en la cocina de El Grano de Café, el bareto situado en la glorieta de La Golondrina Azul… Agarrando el bolso del perchero se restregó los ojos para ahuyentar alguna legaña dormida que pudiera quedar en esos ojos color avellana  que una vez tanto enamoraron al padre de sus hijos; al hombre que tiempo atrás sabía como transportarla al séptimo cielo…
El Corsa de color rojo desvaído,seguía aparcado al otro lado calle,es lo que tenía ser dueña de un coche por el que han pasado unas cuantas manos;nadie se lo quiere llevar: “¡Que suerte la suya!”- murmuró sonriendo a la vez que escaneaba a sus hijos en busca de algún olvido importante. Con un suspiro arrancó el Corsa,rezando para pillar los cuatros semáforos que los separaba del colegio, en verde. Miró de reojo el reloj de pulsera por no ver la hora real.Cada mañana sucedia lo mismo. Como cuando era niña y se tapaba los ojos, entreabriendo los dedos de la mano, para “medio ver” la peli de miedo, solo que ahora,lejos de la niñez,la pelicula de su vida era repetitiva,cansina y agobiante…

………………………….

En El Grano de Café de la glorieta de la Golondrina Azul, el personal se agolpaba en la barra. Todos querían café y tostadas al mismo tiempo. Todos tenían prisa.
En El Grano de Café de La Golondrina Azul, una mujer; Enriqueta se calzaba los zuecos de descanso, se ataba el delantal, y con un gesto de coqueteria recogia bajo aquel horrible gorro de trabajo su preciosa melena castaña, para empezar la batalla, un dia más entre fogones.
Y en El Grano de Café de La Glorieta de La Golondrina Azul…

 

 

Jun 092015
 

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A ciencia cierta no se sabía cuando levantarón aquellas paredes de piedra, de la mejor cantera del lugar, de ventanas pesadas  y geranios en flor al paso de la primavera. “El Grano de Café” formaba parte de la glorieta de La Golondrina Azul al menos desde que Doña Carlota tenía uso de razón y de eso ya hacía  ochenta y tantos años largos. Toda una vida vivida a ritmo de samba y llorada cuando tocaba, al son de tequila y ron. Pasarón los hombres por sus dias  dejando huella unos, y otros no. Pero el que le marcó, no precisamente por amor, fue el padre de sus hijos, un toro de miura teniendo lo que hay que tener para complicarle la vida y faltandole luego para sacar a la prole adelante.
Recordaba su sonrisa seductora y esa manera de decirle al oido que la quería. Y luego estaban  esas manos que, en los ratos de amor, tensaba su cuerpo como las cuerdas de una guitarra. Todo esto lo pensaba con la vista fija en la pequeña terraza de El Grano de Café que a esa hora de la mañana, de un dia desapacible del mes de octubre, no tenía a nadie en la pequeña terraza a la que acudían los incondicionales del local. Tan solo las hojas de un periódico revoloteando a capricho del viento, y un gato flaco y despeluchado de tanto batallar, por el amor de cualquier gata en celo que se encontrara por el camino. Se apartó de la ventana y colocandose la bufanda y el abrigo, salió al aire frío del otoño acompañada de un bastón al que aún no había enseñado a caminar, porque nunca se apoyó en él para dar un solo paso, o al menos eso decía la gente del lugar. Cruzó la glorieta seguida de su bastón y sin importarle un comino que al conductor del furgón, que tuvo que frenar en seco para no acabar con sus dias, casi le diera un infarto, al pobre hombre le salvó el sintrom que tomaba desde que le dió aquel achuchón que casi se lo lleva al otro barrio, pero claro eso Doña Carlota no lo sabía. Ni siquiera se enteró del frenazo , porque los sonotones que llevaba andaban algo gastados de pilas.
En el local hacía calor no solo por la calefacción, sino también por las almas que lo llenaban. Saludó con un buenos dias al aire y luego a Don Federico, el señor de los prados bajos y ganadero por derecho de braguetazo, que no recogió,   tan ensimismado estaba con la máquina tragaperras, con la que dia tras dia jugaba hasta la una menos cuarto, ni un minuto más, ni uno menos.
De una barrida localizó un asiento vacio en una de las mesas de madera recia, en donde Doña Remedios contaba por enesima vez el arroz con conejo que ese dia haría para comer, cosa improbable, pensó Doña Carlota mirando su reloj, que marcaba las doce y media. Harta ya del mismo circulo vicioso de conversación, por el incipiente alzheimer que absurdamente nadie de los suyos parecía notar, se levantó con la misma soltura que el muelle de unas tijeras de podar volando por los aires, porque ella era una gran conversadora. Le gustaba hablar con la gente, y a la gente le gustaba escuchar lo que ella tenía que decir, que era mucho, por ser mucho lo vivido a lo largo de sus dias, así que buscó otro rincón más ameno en el que el “arroz con conejo ” no fuera el tema central…
Y el tiempo pasa en El Grano de Café.
Y el reloj de muñeca de Doña Carlota marca las dos.
No queda nadie con quien hablar de su pasado y de ese corsé,
que juega con su columna al tente en pie.
De la morfina para el dolor…
De sus amores,
y de esa guerra en azul y rojo, que ella vivió…
Y en el reloj de Doña Carlota…
Y cruza la plaza Doña Carlota con su bastón, arrebujada en su chaquetón.
Mañana será otro dia, como el pasado y el anterior.
Y en El grano de café, Doña Carlota vive su vida…
Doña Carlota