Ene 302015
 

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Sara no era una mujer guapa;más bien feucha, pero tenía unos ojos tan azules como una mañana de primavera con  pajarillos saltando de rama en rama, y abejorros libando de flor en flor.Abnegada y dulce , era el prototipo de mujer que todo hombre soñaba para que fuera la madre de sus hijos…
Se quedó sin padres cuando apenas contaba dos años,no se sabe si porque se los llevó “la gripe española”, o fallecieron de un “cólico miserere”;dicho popular que venía a decir”ni puñetera idea de que la ha palmao”.Y así fue a parar al hogar de su tio Pascualet,que no sabía por qué el Señor le envíaba una boca más para alimentar si ya le había bendecido con ocho,`pero como el hombre era bueno sin más,recibió a Sara con otro plato en la mesa, y un cucharón menos para el resto de la familia.La nena creció entre mocos colgando,emplastos para el resfriado y sopas de ajo que comía con ganas a la par que sus preciosos ojos azules miraban el pequeño mundo que le rodeaba,con el deseo de ver más allá de esas casas de piedra levantadas por los moros,y ese castillo que dominaba la olla en la que su aldea dormitaba ajena a los trasiegos del mundo.
Y así fue creciendo Sara..y una tarde de abril,como todas las tardes,la chiquilla bordaba sentada en corro con el resto de las muchachas por casar,en la plaza junto a la pequeña iglesia de San Bernardo, entre canciones y miradas furtivas a un joven carabinero hijo de Oliva,un pueblo no muy lejos de su aldea, al que iba poco y cuando lo hacía era una verdadera fiesta.Salvador,que así se llamaba el joven de bigotillo fino, y delgado como una longaniza de pascua,buscaba a Don Servando,el cura, que a golpe de borriquillo oficiaba la Santa Misa en todas las aldeas del lugar. Hasta ocho misas llegaba a oficiar el buen hombre los domingos,y con tanta consagracion del Cuerpo y Sangre del Señor,regresaba algo achispado a su parroquia de origen, a lomos de su fiel borrico “Lecherillo”, nombre que le puso su antiguo dueño el lechero que repartía la leche de las cántaras, que el animal transportaba por esos caminos de Dios.
El Señor cura no estaba – le dijeron las muchachas – que no daban pie con bola ante la buena planta del joven forastero vestido de militar.- El Señor cura se ha ido a oficiar la Santa Misa a la aldea de al lado -repitieron al ver que no contestaba,y es que los ojos azules de Sara lo tenían tan hechizado que olvidó el motivo por el que estaba allí,que no era otro que entregarle una carta del obispado…
Y en el reloj de la torre de la pequeña iglesia daban las doce,y un desfile de sillas de anea, bordados en bastidores y muchachitas en flor,comenzaron a pasar junto al muchacho entre risas,cuchicheos y arreboles del color de la amapola. Luego la una, y al toque de las cuatro campanadas vió venir por la calle empedrada que llevaba a la plaza, al señor cura a lomos de Lecherillo….
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-Señor cura que yo la quiero…
– Mira hijo que es muy joven;no me la vayas a desgraciar…
– Don Servando,que esos ojos azules como el mar que moja la playa de Gandia me tienen enamorado hasta las trancas…
– ¡Que forma es esa de pedir el consentimiento de la Santa Madre Iglesia! -le reprende sin dejar de mojar la última porra en el chocolate,que Marieta,la mujer del señor alcalde,había hecho con amor.
– Señor cura que soy un hombre de bien.
– Eso he oido…y tambien de mal de amores porque tienes a las mozas de las aldeas con los ojillos de vaca lechera enamorá- contesta riendo.
– Yo que quiere que le haga…
-¿La quieres de verdad? – ahora su cara es seria. le observa por encima de las gafas de concha gruesa arqueando las cejas hasta lo imposible.
-La quiero padre…
-Pero si nunca has hablado con ella…
-¡En que quedamos! Si le hablo me dirá usted que quiero llevarla al granero,y si no le hablo,argumenta que ¿como voy a estar enamorado si no se es de lunas y estrellas,o si es de sol y mañanas de abril…
– Anda,anda,vete y vuelve mañana a eso de las once, para que hables con ella.
– Gracias Don Servando aquí estaré.
-Adios…¿No se te olvida algo?
-¿?¿?¿?¿¿
– Su nombre ,hijo;su nombre…-le dice con mirada socarrona.- Se llama Sara.Sara Camaró.
Y se fue.
Y la encontró.
No necesitaron hablar.
Solo se miraron a los ojos.
Sus manos se rozaron;
sus labios no debian…
Se amaron para siempre.
Y él se fue más allá de las estrellas;
Lo hizo pronto,
como si tuviera prisa por encontrar un escalón,
con vistas a ese mar que eran sus ojos tan azules…
Y él se fue,
y ella se quedó sin saber si el norte era el sur,
si la noche el dia,
si la había amado hasta el final…
Si allí donde estuviera aún recordaba sus ojos azules…
Y no era una mujer guapa,
pero tenía unos ojos tan azules como una mañana de primavera con pajarillos…
Sara…Sara…
Un beso.
Tu nieta.