Ene 232016
 

       18papalelo y los monguitos

       Una taza de café de la tierra que el boy ha dejado para él, le espera sobre la mesa del comedor. A su lado, junto a la quinina, un azucarero y una caja de galletas que no prueba. «Solo el café y la quinina», es lo que piensa y es lo que toma; su estómago no admite más cuando le toca atravesar los manglares…
Rompe un nuevo día con el sol despuntando en el horizonte. Un gallo canta, después otro y otro le responde, porque todos quieren ser los amos del gallinero. De fondo, la loca algarabía de las gaviotas no consigue apagar la resonancia que, desde un egombe—egombe, emite un tucán. Arranca la moto, no sin antes asegurarse de que la Star se encuentra en la funda y el pesado salacot en su cabeza. En el horizonte, un par de barcos que se acercan a la costa; fondeados otros tantos, esperando llenar las bodegas con la buena y resistente madera de okume o la caoba dura y la samanguila, con el duro corazón del árbol del ébano… del palo rojo, del palisandro y del aves… La Harley rueda rompiendo la mañana, con esa cantinela suave de motor. Piensa en todo lo que ha corrido a lomos de las Harley a lo largo de su vida. «Mi vieja y fiel compañera», murmura frenando en seco ante el tronco comido de termitas que cruza el sendero. Se acuerda de la madre tierra y de los padres de todas las termitas, mientras empuja la moto por donde puede, hasta volver al camino, ya sin tronco. Y el poblado de Idolo se queda atrás junto al río Comgüe; se pierde entre el polvo y la vegetación. Después de catorce kilómetros más, Akalayong aparece delimitando el camino de tierra. A su llegada, monguitos de vientres hinchados por las insalubres aguas del Congúe, se acercan con los pies descalzos. Los ojos oscuros, redondos y grandes le observan con los mocos colgando; las moscas pesadas e impertinentes también se acercan a recibirle, junto con los habitantes y el jefe del poblado. Unas cuantas gallinas de bosque y tres cabras tan viejas como la madre de Matusalén, cierran el séquito. El jefe sabe; todos saben que la moto se queda en el lugar más relevante del poblado hasta su regreso: la casa de la palabra. En la orilla, un cayuco y dos negros con remos y pértigas, para según se presente el trayecto. Se alejaron del poblado perdiéndose entre los manglares: él con un huevo de pato en una mano y el molesto cosquilleo en su espalda, ocasionado por un manojo de hierba luisa, con el que el negro que tenía tras él le atizaba continuamente para espantar a las tse tsé y otros insectos. Y así era siempre: se adentraban por entre los manglares, navegando sobre aguas oscuras y quietas, envueltos en un turbador silencio. Solo el continuo latiguillo de la hierba luisa, roto a veces por el grito de algún animal o el inconfundible sonido del hacha de algún nativo devastando la selva. Sobre sus cabezas, un cielo forjado por las altas copas de los árboles formaba, junto a una maraña de gruesas lianas, un techo cerrado a la luz, sumiendo al paisaje en las sombras. Un aire opresivo y pesado hacía irrespirable cada tramo de manglar. Gotas de sudor recorrían la piel de los hombres sin pararse a pensar si aquella que recorrían era blanca o negra; si estaba protegida del sol o solo vestía su desnudez. Y al fin pisaron la tierra en donde la tse—tsé era la reina. Un Jeep le esperaba para inspeccionar los bosques de la demarcación de loro*, y tras dejar el cayuco a salvo de las aguas oscuras y quietas, se alejaron de los manglares recorriendo esa parte de la selva ecuatorial, sin que el río los perdiera de vista. Él y ellos viajaban en la misma dirección, hacia el puesto militar en el sorprendente estuario de Muni, por donde remolcadores y lanchas, a lo largo de veinticinco kilómetros, surcaban las aguas de los ríos que allí confluían; aguas profundas y caudalosas, aguas que hacían del Muni un puerto natural. En la ladera del monte el terreno pintado de verde cinabrio se veía espolvoreado por los blancos edificios de los comerciantes, que atraídos por la fiebre de la madera, habían instalado en Cogo (loro), sus factorías. Arriba, en lo más alto, un reducido destacamento de la Guardia Colonial se erigía vigilante junto al hospital y la casa de las misioneras. Pasaron por la principal y única calle del pueblo, en la que el ajetreo era mucho, entre los comerciantes madereros que acudían con sus trozas esperando a que las lanchas las arrastraran hasta los buques fondeados en sus aguas. Comerciantes del Utamboni, del Combué, y de otros muchos afluentes confluían en ese pequeño mundo, cuya vida era el río y la madera. Y ya en lo alto, la figura de un hombre rechoncho y cabezón le daba la bienvenida agitando el salacot. Era el instructor Martínez, un personaje controvertido por sus terribles cambios de humor que hacían pensar que no estaba muy bien de la cabeza. Eso era lo que se decía, aunque con él nunca había tenido problemas.
Tras la comida y una charla amable con Martínez, siguió el itinerario marcado; quería acabar pronto y regresar cuanto antes a Río Benito, que ahora le parecía el paraíso si lo comparaba con esa población.
Como siempre que ponía el pie en el poblado de Akalayong, la expresión de su cara cambiaba por completo. Ahora pasaría un buen periodo de tiempo antes de regresar a los manglares, siempre y cuando no hubiera ningún contratiempo. Y como siempre, el pequeño poblado parecía vestirse de fiesta por el feliz regreso del Masa blanco y los dos hombres de su comunidad, que con él habían partido hacia la tierra de la mosca, que llamaba a los espíritus de la noche para que arrebataran el sueño a cualquiera que se interpusiera en el camino. Danzaron, rieron y le ofrecieron leche de cabra vieja en un coco vacío, tan usado y reseco como las ubres de la cabra a la que habían ordeñado.
— No. La leche para los monguitos –dice rehusando el coco ahora decorado por una moscarda, cuyas alas al sol se veían pintarrajeadas de verde botella y violeta. Y extendiendo la mano le indica el huevo de pato que una mujer a su lado lleva con reverencia en una escudilla de barro.
— ¿Tú quieres solo huevo? —le pregunta a la vez que chasquea los dedos a la mujer, que mantiene la escudilla con la misma delicadeza que una geisha mantendría la tetera del mismísimo emperador del Japón.
— Yo quiero solo el huevo –le contesta.
Se despidió del pequeño poblado, con la mano en alto, la sonrisa en los labios y una patada al pedal, que hizo rugir el motor de la Harley. Una nube de polvo es todo lo que quedó de su paso por Akalayong; bueno, eso y el estómago de algún pequeño un poco menos vacío, gracias a la leche de la vieja cabra.
Era noche cerrada cuando llegó al campamento. La luna brillaba en lo alto y en el mar titilaban las luces de los barcos, anclados lejos de la corona de arena. El susurro del viento hilado entre las palmas de los cocoteros y el runrún de las olas muriendo en la playa, le recordaron que ya estaba donde debía estar. En la pared, junto a la puerta cerrada del hogar, una lámpara de bosque alumbraba el camino de regreso con una llama del color de los caquis madurados al sol. Y en derredor, como si ella fuera el mismo sol, unos cuantos insectos, revoloteaban con la vana esperanza de perderse en su interior. Ya en el interior, atravesó a oscuras el comedor hasta llegar a la habitación en donde un rayo de luna se había colado, sin que nadie lo invitara, por un pequeño hueco de una lámina rota de la mallorquina. Acomodando la vista a la suave luz, se desvistió como pudo tanteando cada mueble de la habitación. Junto a la cama cubierta por el mosquitero, Tatín dormía ajena al mundo en su cuna de palo rosa, protegida por su pequeño mosquitero de tul…

Ene 152016
 

plus ultra
……… El barco se alejaba del muelle bajo un cielo de fuegos artificiales y la tradicional copa de champán, en las manos de los pasajeros que celebraban la mitad del camino recorrido. Era una noche perfecta, con el suave mecer de las olas; con su olor a mar, con su gente en cubierta riendo, charlando de cosas triviales; con el telegrama de “la Escopetilla” en la mano… Con una sonrisa le dijo adiós a la isla de Tenerife y, con los ojos puestos en el papel, le dijo hola a la que ya era su mujer. Desde su rincón levantó la copa con un solo deseo: que en el camino de la vida que Dios le tuviera marcado estuviera junto a él “la Escopetilla”. Después apuró el champán en dos tragos y lanzó el cristal al mar.

          Hacía varios días que habían dejado atrás las Canarias, cuando una mañana despertó con una sensación extraña; el cansino runruneo de los motores se había esfumado y en su lugar el sonido intermitente de una sirena invadía el aire. Buscó en la litera de abajo a Eusebio, pero esta estaba vacía. Bajó de la suya despacio, poniendo cuidado en no perder el equilibrio a causa del fuerte vaivén del barco, y atisbó por el ojo de buey el inestable horizonte enturbiado por la lluvia que pegaba con fuerza en el cristal. Se vistió trastabillando de un lado a otro, poniendo buen cuidado en no caerse conforme metía una pierna y luego la otra en las perneras del pantalón; con la sahariana a medio abrochar subió a la cubierta de estribor, en donde una mañana gris y lluviosa le dio los buenos días, junto a una fuerte marejada que bamboleaba el barco como si fuera un coco vacío. Frente a él, un destructor de bandera inglesa permanecía a poca distancia, impidiendo el avance, mientras un par de lanchas con marineros y un oficial armados se dirigían al barco. A babor, en donde el capitán y la tripulación permanecían a la expectativa, se repetía la misma escena. Todos los allí presentes sabían que en cuanto subieran por las escalas de cuerda, exigirían al capitán el navicert y una vez revisado el barco de cabo a rabo, con suerte los dejarían continuar en paz. «No caerá esa breva; seguro que nos desvían a alguno de los puertos donde tienen una base de control», musita “Ojos de Gato”, localizando a Eusebio entre la gente, que seguía, como todos, la maniobra de los británicos. Uno de los oficiales ordenó a dos marineros tomar posiciones a estribor y a babor del buque; otros tantos ocuparon también la sala de máquinas. Al resto de la tripulación los hicieron pasar junto con el pasaje al salón.
— Documentación… —el oficial que se dirige a “Ojos de Gato”, de piel rosada y con cara de póquer, clava los ojos de un gris acerado en la esmaltada estrella añil con iniciales doradas, de la Guardia Colonial, que lleva en la sahariana.
— La tengo en el camarote…
— ¿Alguien más tiene la documentación en el camarote? —dice en un pasable español con marcado acento galés.
Todos los allí reunidos abandonaron el salón…
Entró en el momento en que el oficial, de piel rosada y cara de póquer, se encontraba en mitad de un minucioso interrogatorio al escritor Agustín de Foxá (conde de Foxá), que había luchado durante la Guerra Mundial por Alemania en la División Azul y eso, tras la victoria de los aliados, no le beneficiaba en nada… Tras unos minutos de preguntas a las que el escritor respondía con voz segura y mirada firme, fue cuando la vio entrar escoltada por dos marineros. Se detuvo un momento en la puerta recorriendo la sala con la mirada, y a “Ojos de Gato” le pareció que ya sabía el final de su encuentro con el hombre de piel rosada. Avanzó con altivez y, al pasar junto a él, el aire se perfumo de lilas; lilas como las que llevaba estampadas, el pañuelo de gasa blanca que ceñía su melena cobriza en una lazada.
— Guten morgen fräulein… —no acabó la pregunta en espera de que dijera su nombre—. Bitte pass… —insistió. Pero ella le entregó el pasaporte expresándose en un perfecto inglés. Dijo llamarse Odina Larsen y ser de nacionalidad sueca.
— Sabe muy bien que está mintiendo fräulein… —afirmó haciendo hincapié en “fräulein”. Y, acercando el documento que tenía entre las manos a una de las ventanas buscando algo más de luz, añadió—: …Margrete Mueller, nacida en Munich el veintiuno de abril de 1911. Durante las últimas semanas del asedio a Belín, trabajó como traductora para Adolf Hitler, en el búnker de la Cancillería del III Reich y que, por expreso deseo del Fürher, abandonó el búnker unos días antes, llevando con usted documentos de suma importancia… —dicho esto clavó sus ojos acerados en los de la mujer, que permanecía imperturbable frente a las acusaciones—. Vendrá con nosotros —dijo haciendo una seña a dos marineros y abandonando la sala.
Escoltados por los destructores, cambiaron de rumbo…
— ¿Por qué damos la vuelta? –preguntan unos y otros.
— Nos llevan a Freetown… —responde un camarero.
— ¿A Sierra Leona? –dice el funcionario de correos, ensartando en el tenedor una rodaja de salchichón.
—Allí llevan a nuestros barcos para registrarlos…—dice pasando un pequeño cepillo sobre las migas de pan caídas sobre el mantel.
El barco fondeó en una dársena del puerto. Los retuvieron durante tres días impidiendo bajar a nadie a tierra y en este tiempo, precintaron la telegrafía por Morse; registraron bodegas y camarotes y al final los dejaron seguir su rumbo con un pasajero menos: ¿Odina Larsen? ¿Margreter Mueller? Nunca llegó a saberlo.
En el puente de mando, allí en el cuaderno de bitácora, de seguro que alguien habría apuntado todo lo sucedido en esos inacabables tres días…

Jun 102015
 

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He pasado por “la calle de la vida”, como yo llamo al Paseo del Revellín, ese trozo de Ceuta en donde la vida pasa y pasa tan acelerada como un corazón subiendo el Monte Hacho. Y me he parado a mirar el escaparate de una librería. No sé el motivo pero a mi memoria ha venido aquellas noches de maravillosa complicidad infantil, en la que los niños que vivíamos en el campamento de la Guardia Colonial nos deslizábamos de la cama y en pijama corríamos a la casa del capitán, en donde los hijos más pequeños nos esperaban también preparados para dormir. Y es que eran unas noche mágicas, cuando los padres de todos nosotros acudían a las cenas que por un motivo o por otro se daban en el Club de Tenis. Nos dejaban, eso si, al cuidado del “boy”, un guardia joven cuyo cometido eran las faenas del hogar, con el convencimiento de que los niños dormían plácidamente y podían quedarse hasta altas horas de la madrugada. Pero lo que ellos no sabían era que la prole de los instructores del campamento teníamos la “hora D”, que era ni más ni menos el momento de los ronquidos de nuestro cuidador. Había que acercarse a la cocina por un pasillo exterior con el techo de cinc, en donde en la época de lluvia el agua caía estrepitosamente sobre la chapa, haciendo un ruido tan envolvente que a mí me entraban ganas de regresar a la cama; siempre me atrajo la lluvia y mucho más las tormentas. Y llegabas a ese cuarto, en donde el “boy”, dormía como un angelito, un poco grandote, o al menos me lo parecía a mí, tal vez porque una a la edad de siete u ocho años, era bastante tapón, no os hagáis ilusiones que una sigue siendo un retaco, pero como nunca me ha preocupado la estatura, siempre digo que “un tapón de “Moët Chandon”. Y tras estos derroteros vuelvo a mi recuerdo infantil, en el momento en que desde la puerta veía como el cuidador estaba en el séptimo cielo, sentado en aquel banco de madera con la cabeza apoyada en la pared, con la sola compañía de las brasas que permanecían vivas en aquella cocina de hierro. Yo lo observaba un momento, como siempre y como siempre con el mismo pensamiento que no era otro que el saber como podía quedarse tan frito en aquel banco tan duro y con aquella postura tan incómoda. Pero un día llegué a la conclusión de que el motivo de dormir tan plácidamente en esa situación, se debía al ruido de la lluvia al estrellarse en el techo de zinc y a ese olor dulzón que invadía la cocina y que cuando le preguntaba por la colonia que usaba, él me miraba con sonrisa burlona y me decía que ”la colonia no se fumaba”… Así era el “boy” que velaba mis sueños y supongo, que el de algún que otro niño de los instructores del campamento. Siempre acudíamos todos, con lluvia o sin ella, con impermeable y botas de agua o con “bambas”,  pero siempre respondiamos a la llamada de una noche en vela alrededor de la lumbre de la cocina del capitán, en donde un par de” boys” sentados también en esos bancos de dura madera, a los que parecía que alguien les había dado una buena capa de brillante barniz,  por lo bruñidos que estaban del uso, comenzaban a practicar una de las cosas que más le gustaba al hombre negro de aquella tierra añorada, ”hacer historia” o como lo llamamos nosotros, contar cuentos. Y eran unos cuentacuentos admirables; sabían atraer la atención de todos los que nos encontrabamos en torno a esa cocina de hierro, a la que había que remover los rescoldos de tanto en tanto para mantener “la cocina viva”. Con maestría, conducia el cuentacuentos nuestra imaginación por un mundo en donde los protagonistas eran siempre los animales que habitaban el mismo pedazo de tierra que habitábamos nosotros. Todos ellos encerraban una moraleja, que daba cuerda a nuestra lógica infantil y teníamos mucha pues por lo general dábamos con la enseñanza del relato. Las horas pasaban con ellos en los bancos y nosotros en el duro suelo sobre los cojines de los sofás del salón del capitán. De cuando en cuando la visita a la nevera era obligada para beber un vaso de agua filtrada o pellizcar un trozo de bizcocho, con tal estilo que parecía no haber sido tocado desde que se guardó bajo llave porque la nevera, como la de todos, al menos en el ámbito en que yo me movía, tenían llaves que las madres guardaban celosamente, en este caso el escondrijo era cantado para todos nosotros porque Fabiola y Junín, los dos pequeños de la casa, sabían muy bien donde se guardaba: en un zapato de fiesta de la madre. Pasaban las horas sin sentir, hasta que como en el cuento de Cenicienta el reloj de la torre del mercado daba sus campanadas, pero no las doce de la bella princesa; el reloj hacía sonar las cuatro campanadas de la madrugada y el “hacer historia” se tenía que acabar, así que salíamos todos corriendo atravesando la gran explanada de aquel campamento para meternos en la cama antes de que nuestros padres llegaran, o que Pantaleón, por aquel entonces era nuestro ”boy”, y todos los otros “Pantaleones” se percataran de nuestra ausencia; cosa que no había ocurrido nunca.
He pasado por “la calle de la vida”…Y me he parado a mirar el escaparate de una librería… Hoy me he resistido al impulso de sentarme en un banco de madera barnizada, de esa calle de la vida y rodearme de niños y “hacer historia”; pero no ha podido ser porque no había ni techo de zinc, ni lluvia, ni complicidad infantil…

Mar 182015
 

 

Y pasito a pasito La Sombra del Egombe Egombe va llegando hasta vosotros...

Y pasito a pasito La Sombra del Egombe Egombe va llegando hasta vosotros…

 

Y estoy encantada.Tan encantada, que casi casi hago palmas con las orejas, de ver a ese libro tan querido, ocupando un lugar entre los libros de unos grandes almacenes que tod@s conoceis. Espera ilusionado en El Corte Inglés de Murcia, a que alguien acabe implicándose en las vidas de los personajes que llenan sus páginas,  hasta el punto de reir, llorar, saborear y escuchar el repiqueteo de la lluvia cayendo sobre los tejados de cinc y la buena tierra roja embarrada,  hasta cubrir de potopoto los caminos de esa Guinea de nuestra niñez. La Cruz del Sur brillando en el firmamento… la pálida luna iluminando calles y poblados dormidos, ajenos a la vida que bulle en lo más profundo de la selva, en donde el okume, la samanguila, el palo rojo, el palisandro y tantos y tantos otros forman, junto al árbol del ébano  esa selva temida y amada a la vez por blancos y negros…
En los apiladeros del bosque se escuchan los golpes acompasados del hacha abatiendo el okume, la samanguila, el abebay… Uno, dos… tres… Luego el ir y venir de las grandes barcazas y remolcadores como la Manukanela arrastrando las trozas de la madera bella, hasta la cuenca del rio Benito y el estuario del Muni.
La estación seca y la de las lluvias.
La fuerza de los tornados arrasándolo todo.
Un calor pegajoso pegado a la piel.
El sonido del tam tam…
Un grupo de vencejos abanicando las nubes…
Los murciélagos al filo del anochecer…
El llanto de un niño rompe el silencio…
Una choza de nipa y el humo del hogar…
El deseo blanco…
El deseo negro…
La risa, los juegos de una infancia feliz…
El primer beso y los pechos de paloma…
El primer pitillo y el jugar a ser mayor…
Un bolero de Machín, adorna el aire de una noche perfumada de jazmín.
Una bandera ondeando al viento…
Unas niñas danzando al ritmo de la maringa…
Una Plaza de España, con su Guardia Colonial…
Un cine Okangón, con su aroma a cacahuete tostado…
Las orgullosas “mamás” con sus “monguitos” dormidos, envueltos en popós de mil colores…
Y el veneno en la piel de esa Guinea…
Y el amor a esos recuerdos dormidos en nuestra memoria…
Y el sueño imposible de volver a esa tierra que nos vio nacer…
A esa tierra que nos vio morir…

La Sombra del Egombe Egombe es todo eso y más. Es un poco la vida de tod@s los que allí vivimos y dejamos tanto.
El viejo Camaró, la dulce Sara,”Ojos de Gato”, la Escopetilla,Tatineta, la niña blanca Gelinda, Pantaleón… personajes entrañables de esta historia real como la vida misma, con la que sé que más de un@ os sentireis identificados.

 

Jul 302014
 

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La maniobra perfecta del atraque del barco, teniendo en cuenta el corto espigón sobresaliendo más de lo normal y que obligaba a atracar de popa desde el puente de mando. El estrépito de las cadenas del ancla al fondear; las faenas de los marineros para sujetar las cuerdas a los bolardos; la dicha en los rostros de los pasajeros, por el final feliz del trayecto; la banda de música de la Guardia Colonial que amenizaba la llegada de cada buque correo como si fuera la primera… Y la figura de “la Escopetilla” iluminando el día. ¡Ya estaba en casa! Casi podía pisar la tierra de Oz, solo que a su lado no viajaba Dorothy con sus zapatillas rojas, sino que le esperaba al final de los dominios de la bruja mala del norte, la del corazón perverso. Él era el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león juntos, y Dorothy le llevaría de la mano a través de esa tierra para encontrar un corazón menos doliente, un cerebro sin memoria y el valor necesario para olvidar el pasado. Por fin había llegado a la tierra de Oz. ¡La tierra prometida!

            Le recibió con un tímido abrazo y un beso en los labios, casi infantil, pero él la cogió en volandas y la abrazó con fuerza, sin importarle la gente ni las picantes bromas de sus compañeros.

– ¡Qué guapa estás con ese vestido estampado de flores azules! ¡Ya no nos separaremos más, señora de Fuentes! –y en los labios de ella se dibujó una sonrisa y a sus ojos de china se asomó el amor, tanto tiempo guardado para él.

– ¿Qué es lo primero que vamos a hacer?

– Irnos al Montilla, ¿no? – la mira con picardía-,  porque habrás reservado habitación, como te dije…

– Sí, digo ¡no!  Iremos a la Misión, para que el padre nos case.

– Pero ¿qué dices “Escopetilla”?, si ya estamos casados… -le aferra la mano como si se la fueran a robar.

– ¡A mí me lo tiene que decir el padre!

– Anda, sube al Jeep. ¡Luego lo devuelvo!  -y colocando las maletas en la parte de atrás, dijo adiós a sus compañeros, que con jocosidad les deseaban un buen colchón para pasar la noche, libres de chinches y otros visitantes.

Subieron “la cuesta de las fiebres”, dejando el puerto atrás. Tantas ganas tenía de darle un abrazo, que no se había despedido de nadie, aunque sabía que la isla era tan pequeña que antes de acabar la semana se cruzaría con más de uno.

– Tenemos siete días para nosotros solitos, antes de que el barco nos lleve a Bata, ¡bendita carga y descarga, que nos da ese tiempo sin las miradas y bromas de la gente que conocemos…! -le pellizca el cachete mientras cambia la marcha a primera.

– No sé si lo soportaré, me moriré de vergüenza… -la cabeza mirando al frente; las mejillas del color de las amapolas…

Al final de la cuesta, vislumbró el Palacio Episcopal, era un edificio sobrio pero bello. La Misión Católica, se encontraba a unos pocos metros justo al cruzar la plaza de España…

La luz entraba generosa por los grandes ventanales de la sala, iluminando una magnífica talla de San Antonio María Claret y las baldosas del piso, que de tanto fregarlas parecían pulidas. Una bien surtida librería, junto con tres sillones y una soberbia mesa de despacho de caoba africana, completaba el mobiliario del salón. A la espalda del claretiano, un crucifijo tallado en ébano y marfil presidía la pared junto a una foto del Generalísimo y otra, de dimensiones más reducidas, de José Antonio Primo de Rivera.

– Pero hija…

El misionero claretiano la miraba benevolente por encima de las gafas de carey, con los documentos del Obispado en la mano.

– Pero hija mía… -volvió a decir– si ya estáis casados. Tenéis documentos para parar un tren… anda, anda… iros con mi bendición y no olvidéis lo que dijo Dios: “creced y multiplicaos” –y con gesto paternal les tendió la mano para que besaran el anillo. La mirada del claretiano se cruzó con la de “Ojos de Gato” en un silencio de complicidad.

– Gracias padre por su paciencia…

– De nada hijo, y eso de “crecer y multiplicaos”, con mesura, hijo, con mesura, que no está el horno para bollos; que hay mucha hambre en España –dijo mirando al techo.

Dejaron los pasajes de la Biblia aparcados en la Misión para ocuparse de algo más trivial, así que, tomando de la mano a la que sería la madre de todos sus corderos, salieron a la calle. Entre las palmeras reales de la plaza se dejaba ver el reloj de la catedral, en el que faltaban diez minutos para las dos: <<La hora del aperitivo>>.

-Vamos, es la hora de tomarnos algo en el Chiringuito – dijo acelerando el paso ante una  “Escopetilla”, que había aflojado la marcha por los maullidos lastimeros salidos de un macizo de hortensias.

Cruzó la calle en busca de una “Cruz Blanca, bien fría”. <<O por lo menos fría, no iba a ser tan puntilloso>>, pensó sonriendo en el momento que traspasaban la puerta del Chiringuito. Lo había frecuentado alguna vez con Zarzosa y otros compañeros en su primer viaje a Guinea. Se acordaba de sus atardeceres, sentado en la terraza contemplando cómo se perdía el sol más allá de la bahía, y ahora quería verlos de nuevo junto a la mujer de su vida.

– ¿Qué vas a tomar cariñín? -le roza la punta de la nariz con el índice.

– Un refresco y unas aceitunas… -contesta, agarrándole el dedo al vuelo.

Él bromea con eso de que está muy flaca y que no va a tener donde agarrarse, mientras se mira el anillo que lleva en el anular. Ella extiende la mano junto a la suya y le dice que no volverán a mirarse así, los dos juntos, las alianzas hasta las bodas de plata y luego hasta las de oro, para ver cómo el paso del tiempo ha dejado su huella en ellas; apreciarán el desgaste del oro y el deslucido brillo que entonces tendrán, y será algo bueno, pues querrá decir que aún siguen juntos. Y mientras bebe, la mira por encima del vaso de cerveza y sabe, “casi” con certeza, porque el “casi” se lo deja a Dios, que volverán a extender las manos una junto a otra, en esa cuanto menos singular cita…