Feb 062015
 

25reunión con los abuelos

……….Tenía frío. Tenía frío en el cuerpo y en el alma. Y se sentía tan sola… tan envejecida de pronto… Hacía frío en el exterior. Un frío glacial acompañado de un viento seco que cortaba los labios y amorataba las manos. Hacía frío en el interior del corazón. «Y eso sí era un problema», pensó, porque no había braseros suficientes ni mantas, ni abrigo que pudieran ni tan siquiera mitigar ese vacío que sintió al mirar esos ojos cerrados, esos labios sellados para siempre, esas manos inertes, que tanto acarició. No había nada en el mundo que aplacara su dolor porque él la había dejado sin preguntarle al menos si quería irse con él. Eso sí, antes de hacerlo, una chispa de vida asomó a sus ojos, iluminando su cara y colgando en los labios un: “Me encuentro mejor ¿Te canto un fandanguillo Sara?”. Y luego se fue sin más, dejándola con ese vuelco al corazón imaginando que nada de lo vivido en esos días fue real. Tropezó con un carro de ropa sucia, y a punto estuvo de caer si los brazos fuertes de Antoniet no hubieran estado allí para evitarlo. Avanzaba por los pasillos con su sobrino bajo la luz mortecina de las bombillas que de tramo en tramo iluminaban como podían las frías losas del suelo y las sombras apostadas en cada esquina, a donde la luz no acababa de llegar. En algún reloj dieron las once, haciendo que apresuraran el paso hasta dar con la puerta de la habitación parándose en seco sin poder moverse, con el abrigo de su marido entre los brazos. Algo le hizo que acercara el pedazo de paño a su cara, enrojecida por tanta lágrima derramada, y aspirar con fuerza, como queriendo guardar parte de su esencia en lo más profundo… profundo… profundo… de su corazón.
— Tía… —dijo con suavidad—, tenemos que darnos prisa si queremos llevarnos al tío de aquí…
Ella asintió con la cabeza y, sacando valor de donde no tenía, comenzaron a vestir esos huesos forrados de piel, que tantas veces le habían plantado cara a la muerte.
Un celador entró en la habitación empujando una silla de ruedas, cuando aún estaban en el absurdo de arropar el cuerpo, casi frío, de Salvador entre el paño del abrigo para llevárselo a casa:
— Una familia decente debe velar a sus muertos en el hogar. Así se ha hecho siempre y así se hará —le dijo a ese cuerpo entre dientes.
— No hay tiempo —y tomando en volandas el cadáver lo sentó en la silla.
Salieron los tres al triste pasillo en donde la tétrica luz de las bombillas marcaba de sombras lo que asomaba de aquel rostro sepultado bajo el sombrero de fieltro.
Un par de billetes para el celador y un taxi esperando en la puerta, pusieron el punto pero no el final, del paso del único hombre que había amado en su vida, porque siempre lo llevaría en el pensamiento y en el corazón.

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Más luces de ciudad titilando en la noche, como todas las luces de cualquier ciudad por las que había pasado en sus viajes. Todas parecían ser iguales, menos estas que a él se le antojaban más sombrías y vacías, quizá porque sabía que en cuanto pusieran el pie en tierra, todas serían lágrimas. A su lado, una “Escopetilla” entusiasmada con el fin de trayecto y una Tatín nerviosa ante todo lo nuevo que se les avecinaba, hacían que no encontrara el momento para darle tan funesta noticia. Ya en el muelle, y fijadas las estachas a los norayes, comprendió que tenía que decírselo antes de poner un pie en tierra. Entre la gente localizó a Pepín y Antoniet. No había nadie más de la familia. Con una Gelinda, arrebozada en un abrigo marrón dos tallas mayores que su persona en los brazos, le dijo bajito:
— Tu padre ha muerto —ella volvió la cara hacia el muelle atestado de cosas y gente, y luego clavó los ojos en los suyos. No habló. No se movió. Ni tan siquiera un temblor al comprender lo que pasaba. Solo unas lágrimas salvando el obstáculo de los párpados para luego resbalar por las mejillas encendidas por el frío y la pena de no haber cruzado con él ni una palabra, ni una caricia, ni un beso… ni un solo abrazo.
No quiso ir a verlo al depósito. Eligió quedarse en la casa de sus tíos, en donde nadie pudiera interrumpir sus pensamientos con un “cuánto lo siento”; no había nadie con ella: los hombres en el cementerio y las mujeres en la iglesia, menos ella, aunque quizá a él le hubiera gustado que lo hiciera. Pero no quiso ir porque le faltaba valor para verle, exánime en una caja de madera. No quería que la última imagen de su padre, esa que la acompañaría durante toda la vida, fuera la de un cuerpo consumido, inexpresivo y frío; la de un extraño. Porque ese no era él.
Sentada en aquella pequeña habitación junto a la mesa camilla y con las piernas buscando el calor del brasero bajo el faldón, su mente vagaba entre los recuerdos de su padre. Sonrió entre lágrimas resbalando por las mejillas y el agüilla de los mocos, que se escapaba de su nariz, al recordar aquella vez que se enfadó tanto… Aquella vez que se subió a la Harley de Ángel sin pensar en las consecuencias. Las ruedas rodaron por ese paseo bordeado de mangos hasta la playa, en esa tarde de verano. Él solo llevaba con él, el olor a petróleo de las máquinas de la carpintería, y el aliento a Lucky navegando en la saliva de su boca. Ella, en cambio, había cargado con la sombrilla japonesa que su padre le regaló cuando cumplió dieciocho años. Se encaprichó de ella una mañana que se acercó hasta Naufal, para comprar unos carretes de hilo que su madre le había encargado. Allí estaba ocupando buena parte del escaparate. La tela azul pintada con motivos de Pájaros del Paraíso y mariposas multicolor, hicieron que la deseara sin más: fue una suerte encontrarla justo en el mes de mi cumpleaños, sonrió al recordarlo, una suerte…murmuró borrando con la mano una lágrima que resbalaba por su mejilla.
Sorbió el café con leche poquito a poco, pensando que había sido acertada la idea de traer con ellos ese saquito de café en grano de Guinea, pues tal y como estaban las cosas solo cabía la malta en los hogares. Oyó el balbuceo de Gelinda justo cuando el reloj del comedor de la casa de sus tíos daba las cinco. Se levantó y, tomando a la pequeña en brazos, se acercó a la cocina para hacerle el biberón. Las lágrimas corrían por sus mejillas como las gotas de un grifo mal cerrado, mientras desleía la leche en el agua, al recordar aquella tarde. Si Ángel no la hubiese abrazado tanto… Si no la hubiera besado… seguramente el maldito pasador de la camisa no se habría soltado. Se retrasaron buscándolo; eso fue todo y en cambio su padre pensó lo peor, y le montó un número con torta y todo, aunque la torta fue lo de menos, lo que realmente le dolió fue la desconfianza depositada en ella: “Perdóname, pero… ¡ni se te ocurra subirte en la Harley!”, le dijo “Masa gasolina”, abrazándola con toda esa fuerza interior de padre, al que ya nunca más podría besar.
Las farolas despertaban al anochecer de la ciudad en el momento en que se subió al tranvía junto a Antoniet. Se sentaron en silencio en el duro asiento de madera enrejada cuyo frío contacto atravesó el abrigo de paño. A través del cristal de la ventana veía a la gente pasar con prisa. Y es que hacía frío para andar por la calle. Cansado, cerró los ojos deseando encontrarse en mitad del campamento en el instante en que decidiera abrirlos. Cómo añoraba Guinea. Dos días habían pasado desde su llegada a la Península, y ya estaba queriendo regresar. Tenía el brazo apoyado en el cristal de la ventanilla cuando sus ojos se fijaron en la banda ancha de color negro que llevaba cosida en la manga a la altura del antebrazo. Era la seña de identidad de un familiar fallecido. A él nunca le gustó esa marca porque no entendía el por qué de mostrar el dolor de una familia a gente que no tenían nada que ver con sus vidas. Como “la Escopetilla”, que parecía un alma en pena con ese velo cubriéndole la cara y esa ropa negra como el ala de un cuervo. Si el luto se lleva en el corazón, y por mucho que uno se disfrace no lo iba a sentir más. Pero los cánones del momento eran los que eran y no estaban en Guinea, sino en una España de posguerra, hambrienta y macilenta, en la que había que aparentar además ser. ¡Cómo soñaba con regresar a esa tierra lejana en donde el paisaje y sus gentes reconfortaban el corazón aunque uno no quisiera!
Se bajaron en la calle de La Reina, justo cuando empezaba llover y aceleraron el paso con el cuello de los abrigos levantados. Ninguno de los dos llevaba paraguas, así que tuvieron que guarecerse bajo la cornisa de un escaparate en donde unos paquetes de clavos y otras herramientas compartían el lugar con un cuadro del general Franco vestido de gala. Y él no pudo menos que pensar que cuántos de esos cuadros colgados en algunos establecimientos, estarían allí por la propia voluntad del dueño y cuántos por congraciarse con el Régimen. Entraron en un pequeño café escaso de parroquianos situado junto al comercio en donde las bombillas de los apliques colgados de las paredes iluminaban, con racanería, los espejos del local, proyectando en el cristal la imagen de los clientes. Un limpiabotas de mono azul y colilla amodorrada entre los labios sacaba lustre a un zapato negro, cuyo dueño leía la prensa comentando en voz alta la tarde de oreja y rabo de Antoñete en la plaza de las Ventas. Era una prensa amordazada que solo emitía una información acrisolada por el régimen, aliñada de toros y fútbol. Se sentaron en una mesa junto a una ventana en cuyo cristal la lluvia resbalaba como “Pedro por su casa”.
— ¿Qué va a ser? —pregunta un camarero flaco y metido de espalda a fuerza de tantos años de inclinarse ante el personal para servir lo pedido. En su cara, un ridículo bigotito se columpia de su labio superior en un intento frustrado de darse un aire de seductor de la pantalla; y en sus manos, los instrumentos de trabajo: una bandeja redonda de metal gastada del trasiego y un trapo de algodón de un blanco roto, de tanto friega y frota mesa a mesa y día tras día.
— Una palometa*…
— Para mí un carajillo* —aclaró “Ojos de Gato”.
Hablaron poco y sin ganas porque el cansancio que deja el estrés de la desolación adormece las palabras. La lluvia había dejado de correr por los cristales cuando salieron; no así en la escupidera de la entrada en la que un gargajo resbalaba junto a las gotas de agua estrelladas sobre el dorado latón del recipiente, en donde un hombre había hecho diana a la par que se cruzaban en la puerta. Un apunte de sonrisa se asomó a los labios de “Ojos de Gato” pensando en que: «si los cerdos que campaban alegremente por los alrededores del Hospital de Bata hubiesen estado allí, la escupidera estaría de más». Y con este pensamiento se alejó del local oyendo, sin escuchar, la voz de Antoniet que charlaba sobre algo de su oficio de tornero.
Entraron en el portal del hogar prestado iluminado por una bombilla pelada, que apenas alcanzaba para aclarar la visión de los dos primeros escalones, en donde un gato les dio un susto de muerte al sentir cómo invadían la paz de su rincón. Un olor a coles hervidas flotaba en el aire y en el rellano del primero se enlazaban las noticias de Radio Nacional con un tango de Gardel. En el segundo, una Tatín con lápices de colores y una Gelinda llorando desesperada por un incisivo que rasgaba la tierna encía de la pequeña, paliaron en parte aquel horrible día en el que acababa de enterrar a un buen amigo; al abuelo de sus hijas.
Sobre la mesa, igual que el ombligo del mundo, un plato de embutido y un porrón de vino de garrafón, ocupaban el centro de un mantel a cuadros azules y verdes que junto a tres pataquetas y una humeante sopera componían la cena de esa noche en el hogar prestado. Se sentaron, sin Sara, a una mesa triste con un enorme hueco difícil de llenar, porque Sara volvería de su mundo de recuerdos, al siguiente día o al otro a ocupar su lugar, pero su amigo ya no volvería más.
Era la hora de la cena y la nena lloraba y lloraba. Ni el dedo de su madre masajeando las encías, ni el frío hielo picado y envuelto, en un pedazo de gasa, ni la gota de licor sobre la maltrecha carne, recomendada por esa tía Teresa, pequeña y enjuta, de moño estirado y gafas de concha gruesa y redondas, surtían efecto. . Casi agradecieron el berrinche de Gelinda que apartaba con firmeza el biberón de Pelargón que “la Escopetilla” le daba. Y lloraba y pataleaba desconcertando a todos, haciendo que la tristeza fuera menos tristeza, por el afán de calmar su dolor ante el apremio de ese diente de leche que quería salir.

Con el primer diente de leche de la pequeña y el final de las vacaciones, llegó el momento de partir hacia el destino nuevo. En Valencia dejaban a parte de la familia y al viejo Camaró, dormitando en el jardín de piedra hasta el día del Juicio. Con ellos se llevaban a una Sara cansada y algo doblada, no por el peso de los años que no eran tantos, sino por el peso de ese camino en solitario que le tocaba emprender. Una “Escopetilla” enlutada y un par de nenas era todo lo que había inventariado el corazón. Y así se fue sin huevo de pato, no porque allí faltaran patos, sino porque no era costumbre como lo era en esa otra tierra cuyo recuerdo le mordía el corazón, a emprender el camino de una nueva vida en un puesto que ya no deseaba. Recordó aquello de que: “A quien prueba la Guinea se le mete el veneno de volver”. Y pensó que era tan cierto como que había Dios. Pero ese Dios se empeñó en enviarlo a Almería, una pequeña ciudad a orillas del Mediterráneo en donde el sol nunca parecía tener prisa por irse a dormir. Y allí, en la calle Chile, número siete, de un barrio de casas bajas a la que llamaban “Ciudad jardín”, tal vez porque a ninguna le faltaba su trocito de tierra para llenarla de flores, invirtieron en una casita pequeña de paredes blancas y jardín coqueto, que les costó sesenta mil pesetas. Un desembolso que no todo el mundo, en los tiempos de posguerra que corría se podía permitir, pero que para ellos no era un problema por esos años de campaña en aquellas tierras. Con la compra de la casa, la ilusión volvió a formar parte de la familia. Ahora se encontraban en un hogar totalmente suyo, junto a Sara, las niñas y Vicenta, la chacha, una joven desgarbada y tan sosa que “Ojos de Gato” pensó que Dios se olvidó de darle esa pizca de sal con la que debería ganarse al corto mundo que la rodeaba. Y así pasaban los días. Él con su trabajo en el cuartel y ella aturullando a la buena de Vicenta, a la que le faltaba sangre para acelerar la faena. Desesperada la una y exasperada la otra, acostumbrada como estaba a tantos de servicio, el entendimiento entre ambas no acababa de llegar. Solo Sara, con esa serenidad que la caracterizaba, sabía cómo manejar a la muchacha sin atolondrarla más.
Era de noche en la Casa Cuartel, como en todas las casas de ese lado del mundo. En la mesa familiar solo estaban, la chiquilla sentada en una trona de madera que Anacleta, la mujer del cabo Gómez, le prestó tras el uso continuado de los siete hijos conque Dios, y el semental de su marido le premiaron, y una sobrasada gorda y lustrosa en el centro del mantel mirándose en silencio, la una porque no sabía hablar y la otra porque era un simple embutido de piel brillante que decía cómeme, pero nada más. Estiraba y estiraba sus brazos de nena hasta que desesperada rompió a llorar con un llanto amargo que nadie entendía. Cada uno a su manera intentaba calmarla, pero no había manera. Ni papilla, ni sonajero, ni osito de peluche…La niña seguía en su empeño de martirizar los tímpanos de toda la familia, hasta que a su padre se le ocurrió que tal vez colgándole la sobrasada, acabara con el llanto.
—¡Pero cómo le vas a colgar la sobrasada al cuello!
—¡Que no “zeñó”! Que”ce pué ahogá”…—dice Vicenta abriendo unos ojos como platos, y a punto de derramar la sopera.
Pero él, agarrando la sobrasada por el cordel se la ata alrededor del cuello, por encima del babero. Y Gelinda le dedica la mejor de sus sonrisas palmoteando de felicidad ¡Por fin! alguien había comprendido su necesidad de tener esa hermosa sobrasada, de piel roja y brillante como una bola de navidad, colgada de su cuello. ¡Por fin! Alguien la comprendía. Y ese alguien solo podía ser su padre.

 

Palometa*: agua con anís.

Carajillo*: café con coñac.

 

May 142014
 

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Mi padre “Ojos de Gato”tenía una Harley Davidson.Amaba las motos. Hoy  Doyo uno de mis hijos y su madre, que soy yo, llevamos ese gusanillo en la sangre. La moto me da la vida,y todo lo que conlleva. Sensación de LIBERTAD…ganas de comerme el mundo…alegria de vivir…Sin fecha,ni hora,ni momento programado !!!!LA MOTO ES PARA VIVIRLA!!!!!