Ago 302011
 

 

Atravesando la garganta dela montaña,el rio transcurre sobre un lecho de marmol...

 

 

 

 

 

 

No recuerdo los nombres de estas divinidades, pero lo que si recuerdo es lo que me impactaron...tal vez por el silencio que reinaba en aquel recóndito lugar en el corazón de la montaña.....

 

 

Bellisimo monasterio en Taroko ¡si tuviera que perderme, seguramente lo haría

 

Túneles cruzando las montañas...

 

Nuestra guía "Josefina"

No hay palabras... Las comentais vosotros...

 

El camino fue arduo, pero mereció la pena...

 

Aquí empezó todo. Eramos los únicos "osos panda"

 

Dos vuelos domesticos y luego Huelin, en donde nuestra guía “josefina”, que como Domingo tampoco es su nombre real, y habla fatal el español, nos espera. Se que es poco probable que sepa quien fue “Josefin Beker” , pero el nombre le va muy bien por su parecido con la cantante de color que en su momento, revolucionó al mundo con su espectáculo de “la faldilla de plátanos”: cantaba mientras se despojaba de la fruta poco a poco, hasta acabar el espectáculo, quedándose como su madre la trajo al mundo. Josephine Baker ¡Que gran mujer! Con todos aquellos niños que tenia adoptados… que gran mujer.Y Josefina, sin la faldilla de plátanos, y ni falta que le hacía, pues la enorme gorra que llevaba ya era un puro espectáculo, nos condujo junto a tres guiris más: chinos y japo, a la inconmensurable garganta de Taroko, a través de una carretera de altas montaña y escarpados valles que cruza la isla de E. a W. y que fue forjada con la sangre, el sudor y las lágrimas de los chinos, “japos” y taiwaneses que durante años y más años, ahora no recuerdo exactamente lo que duró, fueron abriéndola en la mismísima roca. Subimos y bajamos un montón de escaleras con los peldaños esculpidos a golpe de mazo, tan altos que no diré que me quedaba a horcajadas en cada uno porque resultaría exagerado… ¡pero casi! Contemplamos maravillados las tonalidades que despedía el agua del caudaloso río que la atravesaba sobre un lecho de mármol, y escuchando el rumor que emitía al pasar, deje vagar mi imaginación pensando que bisbiseaba con las buenas almas de los seres que allí se quedaron en el empeño. Paso a paso, traspiés, y sentada corta en una, y otra roca, fuimos recorriendo los túneles que la mano del hombre había perforado, y en ellos admiramos unas bellísimas y enormes tallas de divinidades cuyos nombres, como comprenderéis,me fue imposible memorizar. Y trascurrido el día, la pequeña ciudad de Hualin nos arropó la noche guiándonos hasta las sabanas de una mullida cama del hotel Marshal, que nos acogió hasta la mañana siguiente. Y en esa mañana, comenzamos una nueva aventura en mitad de un bufete asiático en el que los grandes ausentes fueron el café con leche y las tostadas. Porque toda una ventura era saber de que alimentos de la naturaleza se había servido el chef, para presentar la ingente cantidad de platillos allí expuestos: mi consorte aún le dio al arroz; yo me fui en ayunas, camino del aeropuerto en donde nos esperaban nuevas peripecias y un nuevo guía.Cambiamos a Josefina y su enorme gorra, por “Mama mía”,un hombre vestido de negro, que le dió por llamarme “mama mía” y así lo bauticé yo, por cierto que en el tiempo en que estuvo con nosotros nunca cambió de color a excepción de una gorra blanca echada hacia tras, la cual le daba un aire de golfillo callejero. Con sus inseparables Rayban de cristales ahumados y el chicle masca que te masca entre los dientes, nos sonrió disculpándose en un inglés bastante bueno , y debía de ser cierto porque a este no le pillaba ni una, al contrario que a nuestra amiga Josefina. “Mamma mía” no sabía ni papa de español, y en cuanto a sus rasgos, eran muy diferentes a los de la mayoría de los taiwaneses, al mirarlo te venia a la cabeza los aborígenes de Oceanía¡en fin! que de esta forma continuamos nuestra andadura con el, y el nuevo conductor del microbús: un “mini yo”de “Mamma mía”…