Ago 182011
 

Este es mi amigo Hussaín, y su señora.

El mejor frutero del mundo, un hombre encantador que valora, al igual que yo, a la familia por encima de todo.

– No se cae una sola hoja de los árboles sin que Dios quiera…

– No; no se caen…

– Y el que crea lo contrario se equivoca…

– Si, se equivoca…

– Hasta mañana si Dios quiere…

– Hasta mañana Hussaín…

 

 

 

La sonrisa de Abdalí…

– ¿Todo bien señora Linda? ¿la familia bien?

– Todo bien, gracias. Anda ponme un melón…

– Eso, Hussaín… Yo otra cosa…

– Bueno pues tú otra cosa…

Aún no me he enterado el porqué me dice siempre eso… pero bueno es algo divertido a lo que ya estamos acostumbrados

 

– Maleikúm Salam, hija! – y los pares de ojos de las cabezas pensantes, en el avituallamiento cotidiano, se vuelven hacia mi persona escudriñándome sin piedad. Yo pongo mi sonrisa de conejo, esa que me saca de apuros cuando siento el escaneo marujeril, y sigo como si nada…

– Maleikumsalam, Hussain…-Una bolsa de plástico verde, llenita de pomelos, pasa como si volara peligrosamente a pocos centímetros de mi cara y pienso que: Allah es grande, porque ha vuelto mi rostro hacía un brazo regordete de mujer, con una axila macerada en desodorante y sudor de solera…- Yo solo quiero una lechuga, dos pepinos y un kilo de fresas… Hussain asiente con la cabeza a la vez que coge de su portalápices particular: la oreja, un diminuto, sucio y gastado lapicero y un trozo de papel más sucio aún, si cabe, que su original Montblanc.

–Cuatro… sinco… ciesiocho…. Suma, resta, divide y multiplica de un tirón, ajeno al bullicio del mercado y a los estridentes trinos de un canario que vive en el puesto de al lado, sin saber que existe el día con su sol y con su luna, pero a él no le importa porque tiene a su tubo de neón, que se enciende y se apaga, según funcione el “Halili”.

– ¡Rubioooooooo! La mujer de la axila macerada apretuja su voluminoso pectoral contra una hermosa caja de aromáticas y dulces fresas de Marruecos y pienso que cuando aparte sus carnes de la mercancía, la deliciosa fruta habrá pasado, por arte de “birlibirloque”, a ser algo amorfo, baboso y con un toque de eau de sudor de solera y me doy cuenta de que ya no me apetecen… uuummm… mejor un trozo de las almibaradas sandias marroquíes.

– ¡Rubioooooo!- Un hombre joven, de sonrisa amable y ojillos vivarachos, que estaba lidiando una sandia de unos veintitantos kilos, vuelve la vista hacia ella y le dedica una sonrisa archiestudiada a fuerza de años de torear día tras día con esa fauna marujeril, “cinta de oro”. Me quedo mirando el pelo castaño oscuro de mi amigo Abdali-lá y sigo sin comprender ese empeño en llamarle rubio; ese volver la cabeza de Abdali-lá, cuando escucha: ¡rubiooooooo!- Vamo a vé. Dejame el lapi y la libreta que te apunto lo que nesesito, y no me vaya a tardá como ayé, que no tuvimo que comé loxocos sin papa.
– Yo solo quiero una lechuga, dos pepinos y un trozo de sandía Huassain…- extiendo tímidamente el indice en dirección a la sandia, que partía Abdali-lá.
– No, niña, tú hoy llevar plátanos, tomates muy güenos ¡te juro! Y melón ¡uuummm! ¡Caramelo!
– Vale, vale, ana-manáharaf…
Y cruzo la calle sorteando los coches, que se pasan por el arco de triunfo el paso de cebra llenito llenito de viandantes…

Mañana será otro día…