Nov 242015
 

       lelo300

         Allí, el capitán Palló esperaba encontrar a los suyos…

       Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y, dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha, esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos.

       — Desde la casa, esta zona no es visible —comentó, mientras sacaba su pistola de la cartuchera, comprobando el cargador— La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo, con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad… Los gruesos muros de piedra aparecían cubiertos de hiedra y ahí, donde esta no había llegado, la pátina del tiempo se había adueñado sirviéndose de un fino manto de musgo, dotando a la piedra de una tonalidad más oscura. El gran portón de madera recia que presidía la fachada principal aparecía cerrado a cal y canto, en contraste con las ventanas, que presentaban los cristales desnudos con las contraventanas abiertas de par en par, lo que hacía que  hacía que la casa diera la sensación de ser frágil y muy vulnerable, ante los saqueadores que tanto abundaban desde que empezó la guerra. Un vetusto roble de ramas desnudas nos dio la bienvenida a la entrada de un jardín en donde, clavado en el suelo, un indicador de madera tenía grabado a fuego: “Rodalía”. El capitán me explicó que era el nombre con el que su bisabuelo había bautizado la casa. Caminamos, teniendo bajo nuestros pies una tupida alfombra de hojas, que indicaba el sueño en que estaban sumidas las plantas, esperando la llegada de la primavera. Había dejado de llover y el Sol pugnaba por salir de entre las nubes, proyectándose, de vez en cuando, en las hojas caídas. Era entonces cuando el paisaje quedaba envuelto en una cálida luz, dándole al lugar un mágico toque; como de cuento de hadas. De pronto, creías percibir en el crujir de una rama o en el vuelo de un hoja, la silueta de alguno de los habitantes del jardín: gnomos corriendo a refugiarse debajo del viejo roble; duendes a lomos de caballitos del diablo o hadas que, al agitar la varita, lo ponían todo perdido de un polvo dorado… La construyó mi bisabuelo. Hasta ahora, cuatro generaciones de Pallós la han habitado y espero que siga así durante mucho tiempo —dijo con la mirada perdida en la casa, que en otro tiempo debió estar llena de vida, pero que a mí me trasmitía una tremenda sensación de tristeza y soledad…

       En el exterior no había un alma, y todo parecía estar en su sitio. Trepamos por un árbol hasta el balcón, con la intención de romper un cristal, pero ya se nos habían adelantado. Aquello era un caos: muebles destrozados y objetos personales por el suelo como si Atila hubiera pasado por allí.
En la biblioteca nos recibió un agonizante Chester, con los muelles asomando de entre los tajos propinados en su piel… Las oquedades de la librería, en otro momento vivas, parecían nichos vacíos en espera de ser ocupados por los restos de las vidas, que llenaban los libros esparcidos por el suelo de la estancia…
— Es de mi niña Bea —dijo, mientras se agachaba a recoger una pequeña muñeca de trapo, sucia y pelona, a la que habían mordisqueado la nariz, hasta dejarla sin ella. Se la quedó mirando un momento, guardándola luego en el interior de la guerrera. Conforme avanzábamos, oímos unas voces que llegaban del final del pasillo—. Viene de la cocina — comentó.
— ¡Hijos de puta! ¡¿Qué habéis hecho con mi familia?! El cañón de la pistola del capitán se hundía peligrosamente en la mejilla de uno de los individuos que allí se encontraban. A la vez que los desarmaba, yo apuntaba a los otros dos ordenándoles que levantaran las manos en alto. Nuestra irrupción en la cocina les había cogido por sorpresa y estaban muy asustados. Por nuestra parte, no podíamos dar crédito a lo que estábamos viendo: eran tres muchachos muy jóvenes, vestidos de falangistas, apenas tendrían veinte años. Uno de ellos me resultaba vagamente familiar… Tenía la cara llena de granos… ¡Claro, era el muchacho que el día del alzamiento se acercó para enseñarme la camisa azul bordada por su novia! El que siempre se iba ajustando el correaje, con aire de “gallo peleón”…
Tras jurar una y mil veces que no sabían nada de la familia del capitán, este, cada vez más encolerizado, les dijo:
— ¡¿No os habéis enterado de que estamos en estado de guerra?! ¡Y que el pillaje se castiga con la pena de muerte!

       Durante un rato estuvo interrogándoles, en un vano intento de que le contaran qué había sido de los suyos. Repetían siempre la misma historia, reconociendo que ellos eran los causantes del destrozo, pero que cuando entraron en la casa no había nadie…
Subimos al coche, con los tres muchachos sentados detrás, y el capitán a mi lado apuntándoles con su pistola, mientras me decía que había que regresar a lrún para denunciar lo ocurrido en la Comandancia Militar. Nadie habló durante el viaje. Por el retrovisor, alcanzaba a ver al muchacho de los granos que, con la mirada baja, permanecía, al igual que los otros, en silencio… Quizá su pensamiento estuviera en la muchacha, que le bordó la camisa o tal vez en su familia, ¿quién sabe? Lo más probable era que el miedo a lo que se le avecinaba, tuviera bloqueada su mente…
— Ángel, no les quites el ojo de encima —dijo el capitán al llegar a la Comandancia. Cuando nos quedamos solos, uno de los chicos me entregó una libreta. Me dijo que desde que se alistó había escrito en ella día tras día, sus vivencias; que por favor, se la llevase a sus padres, que vivían en Sangüesa; los tres eran de allí— mientras los escuchaba, yo sentía una infinita pena por ellos y por mí. En mi interior, se libraba una dura batalla entre mi fidelidad a todo lo que juré obedecer y mis sentimientos, que me gritaban que los dejara marchar… Me quedé sin comprobar cuál habría sido mi resolución ante esa tesitura, porque apareció el capitán. Al parecer, al final de la avenida de Irún se encontraba un destacamento de soldados que serían los que se encargarían de fusilarlos. Intercedí por ellos varias veces, apelando a su compasión; pero me mandó callar. Entonces, la providencia vino en nuestra ayuda. Por la avenida, la gente corría. Venían de la parte francesa, por el puente internacional, hacia España. De nuevo empezó a llover, esta vez con fuerza, acompañada de ráfagas de viento. La gente se arrebujaba en sus prendas de abrigo, en un intento de guarecerse del agua que caía; las varillas de los paraguas se doblaban, ante la fuerza del viento, dejándolos inservibles: periódicos, maletas, bolsos, plásticos… todo era válido para protegerse. Por casualidad, observé a dos mujeres con dos niños de la mano, que cruzaban la calzada. El corazón me dio un vuelco: era María Teresa y la familia del capitán. Él no se percató de su presencia, tal vez por las gafas de sol que llevaba a pesar de la lluvia que caía. Paré el coche, cerca de donde estaban y le dije: “Ahí tiene a su familia”. Miró incrédulo hacia donde le indicaba y la tensión acumulada, durante el tiempo que duró la búsqueda, hizo aflorar las lágrimas a sus ojos. Se abrazaron y besaron, mientras los tres infelices y yo, contemplábamos la escena. Hablaban mirando hacia nosotros; suponía que él les estaba contando lo sucedido… Fue entonces cuando María Teresa me vio y echó a andar hacia el coche: vislumbré su sonrisa y el brillo de sus ojos y pensé, que aunque el mundo se parara y el cielo se hundiera en ese preciso instante, seguiría allí sentado esperando a que llegara hasta mí. Todo lo demás ya no importaba. Antes de que pudiéramos cruzar palabra, el capitán se acercó diciendo:
— Dad gracias a Dios, porque he encontrado a los míos y por la intercesión de mi mujer para que os deje en libertad; sé que debería seguir hasta el final, pues habéis incurrido en una falta muy grave, aún así os dejo marchar. Habéis manchado todo lo que representa el uniforme que lleváis, ¡iros antes de que me arrepienta! —salieron del coche y, sin volver la vista atrás, se alejaron de nosotros. Nunca más me los crucé en el camino…
— ¿Qué haces aquí? ¿No estabas en Estella? —no contestó a mis preguntas, solo me besó, me besó y me besó y yo pensé que no tenía prisa por saber las respuestas; solo quería abrazarla.
— ¿Alguien me puede explicar algo? —preguntó el capitán, mirándonos perplejo— ¿De qué conoces a mi cuñada?
Le contamos nuestro encuentro aquella mañana de julio y nuestros proyectos para cuando acabara la guerra… Allí, en mitad de la calle, lloviendo a mares y con el torrente de gente que corría tropezando con nosotros intentando regresar a sus casas, parecíamos cuatro lunáticos; cuatro lunáticos maravillosos, que durante unos momentos hablaban del amor, de proyectos e ilusiones, sin importarles el resto del mundo…
Regresamos a Estella con un final feliz. Los terribles días que vivimos desde que salimos del pueblo, me parecían lejanos; una pesadilla de la que había despertado. Pero, algo me decía en mi interior que volvería a vivir antes de acabar la contienda, otro capítulo amargo, que cambiaría mi vida…

………— Bésame. ¿Me quieres? ¿Cuánto me quieres? —sin darme tiempo a contestar, me tapaba la boca con sus besos; esos besos calientes y húmedos, como solo ella sabía dar… Hicimos el amor una y otra vez, queriendo recuperar el tiempo perdido; como si fuera la última vez; como si al llegar la mañana, nuestra historia desaparecería de la faz de la tierra. Era una sensación que me ahogaba…— ¿En qué piensas? —dijo saltando de la cama. La luz de la luna que entraba por la ventana bañaba su cuerpo, dándole un toque de porcelana a su piel. Encendió dos cigarrillos y me puso uno en los labios, mientras me apartaba el pelo de la frente. Siguió hablando sin darme tiempo a responder…— Cuando acabe la guerra, quiero dejar mi trabajo en el hospital; casarme contigo y tener muchos, muchos niños, en una casa con jardín, en donde el amarillo de los rosales trepadores se mezclará con el azul de las Jacarandas… y el aroma del incienso y el jazmín lo impregnará todo… —mientras hablaba, le besé los ojos y a mis labios vino el sabor salado de las lágrimas; comprendí que estaba llorando… Porque como yo, tenía el presentimiento de que ese sueño no se haría realidad… Y así fue. Volvimos a vernos dos veces más. El tiempo que pasamos juntos, fueron momentos sin sueños, sin planes para el futuro, solo nosotros en esa cama de muelles oxidados; en una pensión cualquiera de un pequeño pueblo perdido de Dios…
Los “Ratas rusos” subían a gran altura, para luego caer en picado, como una bandada de águilas reales al visualizar su presa. Eran implacables; muy buenos en este tipo de ataques. Con los motores parados, caían en silencio sobre el objetivo, en un vuelo bajo, jugando con el elemento sorpresa y lo machacaban…
Una noche, al final de la primavera, el hospital de campaña en donde ella se encontraba, fue el blanco elegido por estos aviones. Las águilas reales se dieron como siempre un buen festín, pero esta vez el menú era algo especial: en un abrir y cerrar de ojos, me arrancaron el corazón y se lo comieron… así, sin más… Así, sin más, salió de mi vida María Teresa, dejándome solo con su recuerdo y el alma llena de ella…
La guerra continuó y las batallas se sucedieron una tras otra: El frente de Toledo, Teruel… la batalla del Ebro… Y así llegó el final de tres horribles años, en los que todos, absolutamente todos, tuvimos algo que perder… Tampoco nos fue mejor al finalizar la guerra, porque entonces llegó la etapa de odios y revanchismos; de purgaciones con paredones incluidos, en los que a mí me tocaba muy de cerca. Más de una vez fui el conductor del autobús que llevaba ese cargamento de pobres infelices a la muerte, sin poder hacer nada por evitarlo…. Pasó el tiempo y unos años después, el azar me informó de unas plazas de instructores de la Guardia Colonial en Guinea Española. Pedí destino, con la esperanza de que se cumpliera lo que tantas veces había oído: que el tiempo y la distancia cicatrizaban todas las heridas. Me preocupaba pensar si no sería yo la excepción que confirmara la regla…

Nov 232015
 

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       — Ángel, coge un coche que nos vamos a Fuenterrabía. He perdido el contacto con mi mujer y estoy preocupado… ¡Vámonos! —dijo el capitán Palló.
Salimos del cuartel y nos subimos al primer coche oficial que vimos sin conductor, sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso podría tener, en medio de un día gris y lluvioso. Inmersos en nuestros pensamientos, emprendimos el viaje. El silencio hubiera sido total, de no ser por el acompasado vaivén del limpiaparabrisas al barrer las gotas que se estrellaban contra el cristal. Y así viajamos varios kilómetros. En ese tiempo, no sé lo que pasaría por su mente, pero a la mía vino el abrazo que me dio, el día en que regresó al cuartel tras el arresto del capitán Corchera. Un abrazo fuerte, lleno de calor; un abrazo de padre, porque eso era lo que había sido para mí, desde el primer momento en que llegué a Estella… El tronar de la artillería me situó de nuevo en la oscura realidad; conforme nos acercábamos al puente de Endarzala, sobre el río Bidasoa, pudimos ver la columna de Beorlegui, que se encontraba detenida porque la artillería de la guardia de asalto, junto con los carabineros desde el monte San Marcial, había volado el puente. Los soldados de la columna trabajaban sin descanso para intentar poner en funcionamiento dicho puente, mientras las balas silbaban sobre nuestras cabezas y los cañonazos acortaban distancia. La carretera trascurría a lo largo del río, teniendo a nuestra derecha Francia y, a nuestra izquierda, el monte San Marcial desde donde el ejército republicano defendía con arrojo su emplazamiento, que era el fuerte San Marcos, muy cerca de lrún. El oficial que mandaba la columna, capitán Barroso, nos preguntó que a dónde nos dirigíamos y mi capitán le explicó todo lo referente a su familia…
— Su familia tendrá que esperar, no sé cuándo podremos salir de esta encerrona; no sé si se han dado cuenta de que somos blanco fácil para el enemigo… — de pronto se calló, miró al cielo buscando algo. Y entonces los oímos ¡Eran aviones! ¡Aviones bimotores franceses!— ¡Todos fuera de los vehículos! ¡Dispersaos! ¡No os quedéis en la carretera!—Gritaba el capitán, yendo de un lado a otro.

       Corrimos a protegernos entre los árboles, mientras que la artillería del enemigo seguía tronando. El capitán Palló fue el primero en darse cuenta de que los aviones solo nos observaban, era una escuadrilla de reconocimiento que vigilaban la línea fronteriza francesa— ¡Si los gabachos hubieran querido acabar con nosotros, hace rato que lo habrían hecho! —Dijo a gritos, intentando hacerse oír por encima del estruendo.

       Tres días estuvimos en ese infierno agazapados entre los árboles y avanzando poco a poco por la ladera del monte, en el intento de hacernos con ese reducto. Los hombres caían como moscas en ambos bandos. El aire estaba impregnado de olor a pólvora, a sangre y al hedor de intestinos reventados por la metralla. Los lamentos de los heridos horadaban mis tímpanos hasta clavarse en mi cerebro, pero lo peor de todo eran sus ojos. Esos ojos, cuya mirada de angustia reflejaban un infinito miedo a la muerte, te pedían ayuda y tú, apartando la vista, les mentías diciéndoles que todo iba a ir bien, mientras en tu interior maldecías tu impotencia ante el sufrimiento de toda esa gente… Recuerdo un muchacho que me pedía un pitillo; extendía su brazo en un intento de coger el cigarrillo, le faltaba la mano hasta la muñeca, pero él no se había dado cuenta; ni si quiera parecía sentir dolor— Acércate más, que no lo alcanzo —Decía, mientras los jirones de carne que le colgaban del brazo bailaban con cada movimiento que hacía—. Espera, que te lo pongo en la boca —contesté, mientras encendía uno nuevo con la colilla ensalivada que llevaba entre los labios—. Oye amigo… —y pasaba el muñón por mi guerrera, tiñéndola de rojo—…soy pintor; bueno, en realidad pinto paredes, pero me gusta la pintura… —La fina y pesada lluvia que caía sobre nosotros, había apagado el pitillo. Quiso seguir hablando, pero un golpe de tos le hizo vomitar sangre, así que se lo quité—. Déjame tu dirección, porque… —Le costaba respirar y fruncía los labios intentando atrapar pequeñas bocanadas de aire, igual que un pez fuera del agua, pegando los últimos coletazos en un vano intento de zafarse del anzuelo que le había tendido la muerte— …cuando todo esto acabe, te pintaré… Me duele la pierna derecha… Tengo frío… ¡Ayúdame!… —pensé que todo había acabado, pero siguió hablando—. ¡Ah!… Levantadme —Miré hacia donde debería estar su pierna y no la encontré, la metralla la había arrancado casi de cuajo. En mitad del muslo, infinidad de trozos de esquirlas óseas aparecían incrustadas en los sanguinolentos trozos de carne… Ante aquella visión, un sudor frío invadió todo mi cuerpo, No pude evitar las arcadas y vomité, vomité y vomité toda la bilis que mi vesícula pudo generar. Me encontraba tan mareado que pensé que me iba a desmayar junto aquel pobre infeliz, pero no fue así; intentando ignorar a mí estomago, volví a mirar… La tierra en donde debería haber descansado la extremidad, aparecía empapada de sangre, dándole un aspecto como de tierra mojada, tierra recién regada; regada con la sangre de ese muchacho que tenía entre mis brazos, de él y de muchos como él. Mientras lo volvía a depositar en el barro pensaba: «Tu sangre será tu sudario, amigo mío. Espero que tengas claro por qué o por quién has muerto. Y que, estés donde estés, puedas seguir pintando, aunque solo sean paredes… amén», dije a modo de oración… Los gritos de los soldados llamando a los sanitarios acabaron con mi monólogo. Me arrastré sobre el fango buscando protección topando con algo blando y viscoso, e instintivamente giré sobre mi espalda, apartándolo de mi camino; no tenía ningún interés por saber de qué se trataba, mi único pensamiento era encontrar algún lugar donde parapetarme. El resplandor producido por la artillería iluminó la zona y pude ver, no muy lejos de donde estaba, uno de tantos socavones producidos por los obuses al impactar contra el suelo. Me dejé caer por él, yendo a dar con mis huesos en un improvisado colchón de cuerpos sin vida de los que intentaba librarme sin conseguirlo, porque en aquel agujero, la lluvia había formado un charco de lodo, del que se hacía difícil salir… «Parece que estoy en una atracción de feria» y a continuación me encontré soltando una sonora carcajada, «me estoy volviendo loco, si no salgo pronto de aquí no me hago responsable de mi cordura…No reconocía mi voz, me sonaba extraña, como si perteneciera a otra persona; tal vez a algún despojo humano, como el que tenía bajo mi cuerpo. Volví a ponerme en pie intentando no perder por enésima vez el equilibrio. A cada paso que daba sentía que se me erizaba el vello… La risa histérica dejó paso a las lágrimas; lágrimas que brotaban a borbotones, sin poder evitarlo… A pesar de las gruesas botas, notaba la carne y los huesos de esos pobres seres bajo mis pies… Cuando por fin logré salir, eché a corre sin mirar atrás. No hacía nada por protegerme, sabía que en esos momentos era carne de cañón para el enemigo, pero no me importaba, solo quería huir de aquel infierno. En mi carrera por el campo de batalla, escuchaba las voces de hombres que pedían ayuda: unos para ser salvados y otros para que acabaras rápido con su sufrimiento… “Compañero, haz algo por mí: pégame el tiro de gracia y terminemos de una vez… Yo lo haría por ti…”, ¡Camillero! ¡Aquí, sanitario!. Me había unido a las voces que reclamaban con desesperación una tabla de salvación para esos pobres seres… No podía hacer otra cosa. Eso y pedirle a Dios que acabara rápido con el sufrimiento de cada uno de ellos.
Al cabo de tres días de horror, el monte San Marcial fue tomado por nuestras fuerzas y así nos pusimos en marcha de nuevo hacia lrún. Abatidos, sucios y cansados, hasta que unos compañeros que iban delante comenzaron a cantar una marcha alemana… “Yo tenía un camarada, entre todos el mejor”… En poco tiempo, nuestras gargantas fueron solo una… “Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos”… Lo hacíamos con fuerza; confiando en que nuestras voces llegaran al cielo a modo de oración. Estaba convencido de que en los corazones de casi todos había un rincón para los caídos de ambos bandos, porque muchos de nosotros teníamos en el lado contrario familia y amigos, combatiendo por sus principios. Al redoble del tambor, al redoble del tambor… gloria, gloria, gloria, victoria”… ¿Por sus principios… por los nuestros? ¿Por nuestra sangre… por la de ellos? Seguramente al Cielo no le importaba de qué lado era la sangre derramada, ni de quién era la razón y de quién la sinrazón. Seguramente, el Cielo pasaba de todo eso y solo le preocupaban los inocentes, que se habían visto envueltos en esa locura. Al menos yo, si fuera Cielo, es por lo que me preocuparía…
Muy cerca de Irún se hallaba Fuenterrabía. Allí se encontraba la casa de la familia del capitán Palló y allí esperaba encontrar a los suyos. Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos…