Jul 292016
 

 

95cenicero

Con la carta de mi padre Ojos de Gato desde la isla de Annobón, aquí os dejo lo último  de El Sillón de los Relatos, hasta la próxima temporada.

¡Un besote,gente guapa!

carta 04 08 1956

 

 

Ene 142015
 

 87cayuco

……… Apareció como un diminuto punto en el océano, en la primera hora de la mañana, y sin los colores del amanecer, en un mar de espejo. Cosa rara, según comentó la tripulación, porque solía estar envuelta en niebla. Acortaron la distancia hasta donde el calado les permitió. Frente a ellos, una larga playa de arena blanca bordeada de palmeras y cocoteros, sembrada de diminutas casas indígenas desparramadas como cocos maduros, al pie de una alta montaña cuyo cráter permanecía cubierto por un lago. Y arriba del todo, rayando el cielo, el Mazafín, el punto más alto de la pequeña isla. En la playa no se veía a nadie, ni en los alrededores de la Misión Claretiana ni en la Delegación de Gobierno, que al pie de la montaña parecían dos casas fantasmas. “Ojos de Gato”, acostumbrado como estaba ver bullir la vida en cada palmo de tierra de la Guinea, se encogió de hombros como queriendo sacudirse el problema de encima, a la vez que apartaba ese mechón de pelo que a lo largo de su vida nunca pudo doblegar. Arriaron un pequeño cayuco y subió con Ochoa y seis guardias para cumplir la orden del capitán: “Acérquese a tierra para contactar con el destacamento”, le había dicho… Se cuadró con un “¡A sus órdenes, mi capitán!”, subiendo al cayuco con el médico, el puñado de guardias y su Star en la acharolada cartuchera.
Se acercaban a la orilla desprotegidos y sabiendo que eran blanco fácil para el nigeriano. Los guardias estaban nerviosos y él también, por qué iba a negarlo… Pensaba en lo terrible de la situación con solo dos misioneros para calmar a la gente e intentar dominar aquel caos. En total eran cuatro blancos en la isla entre tanto preso de alto riesgo campando por ella. En el fondo habían tenido mucha suerte pues podían no haber sofocado el motín o simplemente el nigeriano cargárselos a los cuatro… Ochoa permanecía en silencio. Ninguno de los dos tenía ganas de hablar. Cuando arribaron, un pequeño y solitario faro situado en un montículo, fue el único que les dio la bienvenida. Y él pensó que tal vez Oñekuere permanecía apostado apuntando al cayuco con el mosquetón, y se sintió como un animal acorralado sin posibilidad de huir. Aguzó el oído pero solo se escuchaba el romper de las olas en la playa y los gruñidos de los cerdos que circulaban a sus anchas por el poblado. Entonces le vino a la cabeza esos otros, que también hacían lo que les daba la gana en el entorno del hospital de Bata en donde nació su pequeña Gelinda. Sonrió al pensar lo feliz que era con un trapo tirada en el suelo imitando a Honorio, mientras este fregaba de rodillas, hasta la última loseta de la casa… Se escuchó un sonido seco, y otro, y otro más, pero solo eran cocos maduros que caían al suelo: «Aún me dará alguno en la cabeza. Tendría gracia que muriera de un cocotazo…», murmuró avanzando con cautela, al amparo de las palmeras y de las pequeñas casa de nipa envueltas en el cargado olor a humo, de hogueras familiares ahora apagadas.

Por fin llegaron a la Delegación. Un edificio grande, de dos plantas, con galería corrida en la primera. En la fachada principal, dos guardias vigilaban la entrada, con el miedo en los ojos mal disimulado.
— Buenos días, Masa. Yo hablar por la emisora… Mucho peligro aquí en Annobón, mucho gente asustarse y no quiere salir de la Delegación… —dijo uno de ellos al cuadrarse.
— ¿Eres Mané? ¿Dónde están los heridos? —preguntó escuchando el barullo del in-terior.
— Sí. Dentro Masa… todo el mundo estar dentro.
Un tropel de palabras se atropellaba al otro lado de la pared, mientras una gallina de Guinea de alas recortadas aleteó hasta posarse, a duras penas, en la baranda sin impor-tarle un huevo de yema roja que ellos estuvieran allí. Sus ojos redondos, del tamaño de una lenteja, parecían escudriñar el entorno como diciendo: “a la primera de cambio salgo pitando”. Y al final de la galería, un cerdo se paseaba como si tal cosa. «Todo está en orden. Esto es Guinea», se dijo. Tras repartir a los guardias que llevaba entre el barracón, la misión y la enfermería, entraron en una estancia enmudecida y con un puñado de ojos observándolos. Le extrañó ver a un niño blanco de unos cinco años en esa isla. Junto a él, un joven misionero los miraba desde unos ojos desmesuradamente grandes a causa de las lupas que llevaba por gafas.
— Hola, soy el padre Simón, y este niño es Pablo, el hijo de Atané… El día antes de la tragedia, llegó con su madre en el Capitán Segarra. El barco viene una vez al mes para traernos suministros y algún pasajero por necesidad imperiosa, porque de no ser por necesidad, habría que estar loco o ser misionero para llegar hasta aquí, desembar-car y quedarse —aclaró con un deje de melancolía—. Aunque en este caso no lo tengo muy claro… No me había parado a pensar que alguien podría viajar hasta el fin del mundo solo por amor… —dijo señalando la puerta de enfrente—. En esa oficina hemos montado el hospital de campaña. Vayan. Yo me quedo con el niño.
— De acuerdo, pero dígame primero dónde se encuentra la emisora, tengo que comunicarme con el Ceuta.
— En el comedor, que está arriba. Espero que tenga suerte y funcione, porque la han montado hace muy poco y va de mala manera. La entrada se encuentra fuera.
Antes de que pudiera decirle nada, Ochoa ya había desaparecido tras la puerta de la oficina.
Le sorprendió la vivienda de la Delegación. Era muy amplia y los muebles de estilo colonial se mantenían en perfecto estado de conservación. Echó un vistazo rápido al comedor en donde un cuadro del Generalísimo custodiado por un par de monumentales colmillos enfilado al techo, presidía la estancia. Dos guerreros de ébano, a estatura natural, con lanzas y escudos de piel de cebra, parecían mirarle desde la pared donde estaban situados. Vio la emisora sobre una mesa en un rincón de la sala y, antes de probar suerte, cruzó los dedos y se apartó el mechón de pelo lacio que resbalaba, como siempre, por su frente.
— Desde Annobón, llamando al buque Ciudad de Ceuta… Aquí el instructor Fuen-tes…
Y “Ojos de Gato” informó, en medio de las mil y una interferencias, pero informó, y el capitán Garrido le comunicó que antes del anochecer desembarcaría en la isla con el resto de la fuerza. Y que Letona, Atané y su familia embarcarían a primera hora para Santa Isabel.
La gente no quería regresar al poblado y la parte baja del edificio seguía atestada. Como pudo, se abrió paso y entró en la oficina en donde el padre Bravo explicaba al médico los pormenores de los heridos, mientras este examinaba al practicante.
— No pasará de esta noche… —pronosticó Ochoa al descubrir la herida—. Lo sien-to mucho… La bala le ha perforado el pulmón —dijo dirigiéndose hacia la mujer que permanecía sentada junto a la cama. Era rubia y delgada, con una cara de muñeca de porcelana.
— No es justo… —murmuró dejando resbalar las lágrimas por sus mejillas—. Hacía casi año y medio que no nos veíamos… que no abrazaba a Pablo… pronto le tocaba volver a casa de vacaciones, pero yo me adelanté. Quise darle una sorpresa para luego regresar juntos los tres. Tenía la esperanza de que durante estos días le convenciera para que dejara este lugar al que no quiere venir nadie. Se lo dije… Cuando lo destinaron aquí tuvo la oportunidad de negarse pero no lo hizo. Decía que era bueno experimentar sitios duros porque luego cualquier lugar, por malo que fuera, siempre lo veríamos de manera más positiva… Le dije que no viniera. Que si no era bueno para Pablo y para mí, entonces tampoco lo era para él. Pero no me hizo caso.
Dejó de hablar y se quedó mirando el rosario que llevaba en la mano. “Ojos de Gato” la tomó entre las suyas y le dijo:
— Seguro que lo hizo porque quería algo mejor para los tres. Y aquí en Guinea se gana bastante más que en España –se preguntó si él, de no ser obligado, habría pedido ese destino–. Si te sirve de consuelo —mintió— te diré que mañana a primera hora embarcaréis para Santa Isabel —y en sus ojos vio una chispa de esperanza, y él se sintió como un canalla por haber sido el artífice de esa esperanza.
Bravo le pasó un brazo por los hombros a Alfonsina.
— Vamos… Necesitas comer algo y que Pablo te vea. Vamos fuera. El tiempo de un bocado y tomarte un café.
Y Alfonsina se enjuagó las lágrimas y dejó el rosario sobre el pecho de un marido, que luchaba a muerte con la misma muerte.