Ene 162015
 

Playa-Bata
…………En un reloj daban las seis. En un momento la luz dejaría paso a la oscuridad de la noche, pero a la chiquillería que jugaba al escondite en el soportal de la factoría Fernández le traía sin cuidado que el sol se fuera a dormir y que la luna saliera en mitad de las estrellas.
— ¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis…!
Desde el último arco del soportal veía a su amigo Carlitos, escondido tras un bidón lleno de agua de lluvia, y a las trenzas de su amiga Carmelita bailar a la luz de la luna llena. Mientras que al fondo y cara a la pared, Octavio, el hijo mayor del señor Fernández, contaba hasta cien dando tiempo a la gente menuda para buscar un lugar donde esconderse. Una ranchera en la voz de Jorge Negrete, grabada en un disco de pizarra, llegaba hasta ellos algo cascada a fuerza de ponerlo cada vez que se hacía una verbena en la pista de tenis a la que habían vestido con farolillos y bombillas de colores azules, rojas y amarillas: <Date prisa, date prisa…>, murmuraba mordiéndose una uña más que roída. <Por favor, por favor; que me van a venir a buscar>, imploró al aire, porque sabía que Dámaso no tardaría en aparecer para llevarla a casa. Eso le fastidiaba mucho, pues siempre ocurría lo mismo cuando los mayores decidían hacer una fiesta. Tenía que ir con ellos porque no consentían en dejarla con el boy y el cocinero.
— Noventa y nueve ¡y cien!
El muchacho de nariz afilada y orejas de soplillo se vuelve buscando a su presa. Tiene diecisiete años, la cara llena de granos, y un deseo inconfesable que guarda en secreto y da rienda suelta amparado en la inocencia de los niños, que juegan ajenos a ese deseo. Se lleva la mano a la bragueta y luego se rasca la cabeza, ladeándola un poco atento a cualquier ruido que delate la posición de alguno de los pequeños. El aire, que huele a mango y a jazmín, trae hasta allí fragmentos de un bolero de Jorge Sepúlveda: “Mirando al mar soñé que estabas junto a mí…”. Gelinda, desde el ángulo oscuro en donde se encuentra, lo ve moverse entre los macizos de hortensias. “Mirando al mar yo no sé que sentí…”. Sabe que su amiga Carmelita está escondida entre las grandes flores azules y que Octavio no tardará en encontrarla. El corazón le late a cien por hora porque es la reina del escondite. Octavio nunca había dado con ella, y eso la hacía especial para los niños. Las trenzas de su amiga volvieron a brillar a la luz de la luna en el momento en que la tomó de la mano.
— Ahora pagarás la prenda por haberte encontrado –le oyó decir al tiempo que se acercaban a su escondite
— ¿Qué prenda…? —dijo la niña, jugueteando con una de las trenzas con la mano que le quedaba libre.
El corazón le latía en los oídos. La tensión era total pues estaban tan cerca que ya daba por terminado el juego para ella. De un momento a otro la descubriría y se acabaría esa fama de “dura de pelar” que se había ganado a pulso.
— ¿De qué color llevas las braguitas? –le pregunta levantándole con suavidad el vestido a la chiquilla.
— Blancas —contesta zafándose de la mano de Octavio.
— ¡Enséñamelas te digo! –ahora su voz es autoritaria y a la niña no le gusta nada.
Desde el ángulo oscuro observa la escena conteniendo la respiración, aunque a ella le parece que se la oye hasta en la pista de tenis. Por un momento piensa que Octavio está jugando a médicos y enfermeras pero algo le dice que no es nada bueno lo que está viendo. Ante el cambio de actitud del chico, Carmelita se sube el vestido; un vestido azul con unas ovejas blancas en el pecho bordadas a nido de abeja que a ella le gustaba mucho. «Son unas ovejas muy bonitas», piensa, reprochándole a su madre, movida por una punzada de envidia, que nunca le borda un vestido. «Siempre los hace la modista… Claro que en realidad a mí no me gustan esos vestidos tan cursis…». Y es que ella quería tener una madre como las madres de todas las niñas de su edad: que le diera para merendar pan y chocolate, sopa de tapioca, le contara cuentos y le obligara a dormir la siesta. Y es que ella quería una madre que bordara ovejas, aunque para eso tuviera que vestirse de repollo con lazos.
— No…
La voz de su amiga hizo que olvidara la tapioca y el resto de sus deseos. Octavio, de rodillas, pasaba una de sus manos por las bragas blancas de la niña mientras que la otra la tenía puesta en la bragueta del pantalón corto. Sin saber cómo, salió de la oscuridad parloteando como el viejo Capitán. Algo le decía que si actuaba con naturalidad, la escena que estaba viendo se esfumaría por arte de magia.
— ¿De dónde sales? –le dice poniéndose en pie con la misma rapidez que el loro robando galletas de coco, y sin poder disimular su desagrado.
— Estaba escondida… pero ya me cansé de esperar –dijo sin mucha convicción, mi-rando la cara de su amiga que estaba a punto de llorar.
— ¡Gelindaaaa! ¡Niña blancaaa! –reconoció la voz de Dámaso llamándola, y por una vez en su corta vida agradeció que el boy viniera a interrumpir sus juegos infantiles.
— ¡Ya voyyy! –gritó tomando de la mano a Carmelita y echando a correr.
— ¡No vengáis más a jugar aquí al escondite! —gritó desde el ángulo oscuro del último arco del soportal. Pero ninguna de las dos contestó por estar ocupadas en llegar al bote de salvación en forma de hombre negro con botas militares y blanco delantal.
— Niña blanca, señora te está buscando –le dice sin disimular su asombro al ver la mano de la niña aferrarse a la suya.
— Vámonos a casa, pero primero acompañamos a Carmelita a la suya…
La luz de la luna llena iluminaba las trenzas de su amiga, mientras que el aire carga-do de olor a mango y azahar mecía de un punto a otro del pequeño pueblo de Bimbiles la letra de un bolero: “Que acordándome de ti lloré… “.

………………………………

— ¡Mira como te has puesto! Corre a la ducha que nos tenemos que ir… ¡Esta niña no tiene remedio!
— Es una nena, “Escopetilla”. Solo una nena que hace cosas de nena –le dice tomándola de la barbilla y plantándole un beso en la punta de la nariz–. Solo cosas de nena…
Gelinda se asoma con el mismo sigilo que un ninja a punto de caer sobre su enemigo, al interior de la ducha. Es una ducha cilíndrica alicatada de azulejos verde oscuro, como todo el resto del cuarto de baño. A ella le da miedo porque en su interior las sombras juegan al pilla pilla con su imaginación. Mira hacia arriba en donde una enorme regadera de metal, pintada también de verde y de la que pende una fina cadena, está esperando a que se decida a descargar el agua sobre su pequeño cuerpo, pero ella no quiere tirar de la cadena hasta asegurarse de que ningún insecto está de visita. En un saliente, también alicatado, descansa una caja de cartón de Omo* medio rota por la base a causa del agua de la regadera. No le gusta ese jabón que su madre se ha empeñado en usar desde hace un tiempo porque le deja el pelo como un estropajo y luego se lo desenreda a tirones y sin miramientos. A ella le gustaba más el jabón Lux. Se asoma una vez más al interior buscando los posibles inquilinos, cuando la ve allí plantada junto al paquete de Omo. No sabe cómo ha llegado pues acababa de mirar, así que pega un salto hacia atrás con el asco y el pánico pintados en la cara porque una araña grande y peluda permanece quieta junto a la caja de cartón, seguramente, con el mismo pánico que demuestra ella. Y, sin apartar los ojos del insecto, se aleja de la ducha tropezando con el bordillo, también alicatado de azulejos verdes. Envuelta en la toalla sale corriendo por el pasillo pegando gritos como una posesa.
— ¡Papá! ¡Papá! ¡Papaítooo!
— Cálmate Gelinda. Vamos a ver a esa araña —le dice recordando lo desagradable que fue la primera vez que se topó con una en el baño de Evinayong. Tuvo que llamar a Agustín para que acabara con ella, aunque echó tanto flit que por poco acaba con él también.
— Yo no me baño… yo no me baño papaíto –le dice a punto de llorar.
Le dan pánico las arañas. En realidad está peleada con todos los insectos. Ni siquiera las mariposas le hacen gracia. A ella lo que le gustan son las lagartijas en todas sus variedades, tamaños y colores.
— Se ha ido –le dice mirando hacia el saliente en donde se encuentra la caja de Omo—. Mira, ¿ves? No hay nada —comenta inspeccionando el interior de la ducha—. Lo más probable es que ella también se asustase con tus aspavientos y haya salido pitando… —su cara es todo un poema observando a la chiquilla por el rabillo del ojo, que permanece pegada a él estrujando el nudo de la toalla a más no poder—. ¿Quieres que le diga a Dámaso que eche flit?.
— No… que huele muy mal y me ahogo —contesta no muy convencida por la decisión tomada.
— ¡Pues andandito a la ducha! Que nos tenemos que ir.
— Papá, ¿por qué tenemos que usar ese jabón tan malo? Es que me deja el pelo como un estropajo de esos con los que el preso frota las ollas y la piel como la del cocodrilo presumido…
— ¿Qué es eso del cocodrilo presumido?
— Una historia de animales que Dámaso me contó.
— Vale… Ahora a ducharte de una vez que mamá se va a enfadar.
Y la niña se enjabonó con el Omo y tiró de la cadena de la regadera mientras que, amparada por las sombras del interior de la ducha, la araña peluda y grande esperaba paciente a que la pequeña humana acabara lo que estuviera haciendo para moverse en libertad.
— ¿A dónde vas tan deprisa, Gelinda?
“La Escopetilla” la llama harta ya de las imprevisibles salidas de su hija. Está preciosa y lo sabe. Sabe que será la más bella del baile, porque todo lo que se pone le sienta de primera y lo luce con estilo, como ese vestido de tafetán rosa palo de escote en pico y lazada enorme en la parte de atrás de su cintura. Se ha hecho la permanente, aunque a “Ojos de Gato” no le guste demasiado, porque es lo que impera. Antes de bajar el último peldaño de la escalinata que lleva al jardín, saca la polvera de la cartera y se empolva la nariz con los polvos de Mirurgia, aunque no le haga falta.
— ¡Al tenis! Voy a ver si veo a Juanín –grita, corriendo como Bambi, que a esas horas debía estar durmiendo en algún lugar de la selva, allí detrás mismo del hogar. Porque el pequeño antílope ha cogido la costumbre de pasar el día con ella y la noche en su hábitat natural. La respuesta de la niña no les preocupa pues el tenis queda justo al otro lado del jardín.
La Campanera rasga el aire, pero no en la voz de Joselito, ese niño prodigio que al público encandila con su voz de ruiseñor. Es la voz de una niña que enseguida recono-cen: “¿Por qué has pintao tus ojeraaasss…?”. Al llegar a la pista ven a su hija subida en el escenario. Alguien le ha dado un micrófono y canta el pasodoble de moda, moviéndose por el entramado de madera con la gracia de María Santísima. “La flor del lirio reaaal…”. La gente que empieza a llenar el recinto se acerca aplaudiendo a la pequeña. Todos se conocen y la conocen. Es lo que tiene la comunidad europea, que son pocos y apiñados.
— ¡Esta niña os hará ricos! —exclama el practicante Blanco—. Os lo digo yo que tengo ojo para esto —le dice a “Ojos de Gato”, dándole un codazo. Es un hombre afable, de baja estatura, aficionado a la pintura y lo hace bien.
— Ya os dije cuando nació que su mejor arma para ir por el mundo sería esa sonrisa pícara que la vida le dotó… —comento Anselmo sin dejar de aplaudir a la pequeña.
— No sé… ella quiere ser reina o peluquera… —aclara “Ojos de Gato” con guasa.
—¿Eso dice? Será lo que ella quiera ser. Como me llamo Anselmo Jiranzo.— sentenció con una sonrisa.
Las horas fueron pasando entre saltos, copas de champán “semi seco” y canapés. Trascurrió el tiempo a ritmo de pasodobles, boleros y rancheras iluminados por las alegres bombillas de colores y la luz de la luna llena. Esa luna llena que a punto estuvo de esconderse avergonzada de ese adolescente de dieciséis años y su deseo inconfesable.