Jul 072016
 

 

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         Me ha venido a la memoria aquellos juegos infantiles de mi infancia, y seguro que más de un@ los recordaréis. Jugábamos a las muñecas las niñas, por eso del instinto maternal, y a las cocinitas, liando al compañero de juegos para que hiciera de papá y observara como te las apañabas guisando y cambiando pañales de mentira. El papel del niño al que le había tocado seguirte en el juego,era muy simple: se suponía que se iba a trabajar y que traía el dinero a casa… algo desfasado hoy en día a Dios gracias, pero al menos ¡Jugábamos! Recuerdo el afán de embadurnarme la cara con las pinturas de mi madre, como un indio Navajo, y coger de su cómoda los abalorios que pillaba y que sabía que no sería causa de una fuerte reprimenda por no ser de gran valor… Sentía una indescriptible emoción cuando me calzaba, sin quitarme los míos, sus zapatos de tacón, cosa difícil para una niña pequeña, puesto que más de una vez se me doblaron los tobillos a riesgo de que me dislocara alguno, ¡pero que estupendo jugar a ser mayor! Disfrutaba con los recortableslas mariquitinas, les llamábamos las niñas de entonces, nunca supe porqué. Coleccionaba estampas, que guardaba en una caja de metal con forma de guardia de la casa real inglesa, que en su interior una vez contuvo unas diminutas galletas decoradas con un baño de azúcar, de las que todavía conservo su sabor en mi cerebro… Me encantaba sentarme en el porche de casa a zamparme las galletas poquito a poco, dejando que se deshicieran entre la lengua y el paladar, mientras repasaba una y otra vez las estampas con las dedicatorias de las amigas, que pensaba conservaría toda la vida y que hoy a penas recuerdas alguna ¡Y los cromos! ¡Ay! aquellos cromos que colocábamos en el suelo y soplando en tú mano la impulsabas contra ellos confiando que se quedaran pegado en el hueco, que importante te sentías cuando de un golpe te llevabas unos cuantos, dejando a tus amigos jorobadisimos por la perdida de alguno, que para ellos era irreemplazables: claro que eso también me ocurría a mi, así que se muy bien la rabia que daba perderlos en el juego. A muy corta edad era una devoradora de cuentos de hadas, me encantaban y los leía sin parar, en realidad leía todo lo que caía en mis manos, en eso tengo que reconocer que era una niña un poco rara, pues no recuerdo que nadie de mi entorno tuviera esa obsesión por la lectura. Pero bueno ¡nadie es perfecto! je, je, je. Disfrutaba como un marranillo en una charca, contando cuentos e historias salidas de mi cabeza de niña, y conforme iba captando el interés de mis amigos, no podía dejar de sentir una punzada de vanidad en mi corazón. Aquello era una flipada, con los niños sentados a mi alrededor con los ojos y las orejas bien abiertos,escuchando toda clase de historias peregrinas que bullían en mi cerebro infantil, y acompañando el cuento, una buena dosis de expresividad… Inventaba, e inventaba mil historias y lo hacía de modo tan convincente que se lo creían. Bueno aquí habría que hacer un inciso y echar mano de esa frase tan socorrida como que: el fin justifica los medios  y en mi caso, se trataba de pasar un rato divertido con mis amigos y hacerlos reír, o que cuando llegara la noche quisieran dormir en la cama de sus padres por alguna historieta no precisamente divertida… Y luego llegaron el escondite y también el escondite inglés:-!una, dos, y tres, al escondite inglés¡ y pasito a pasito avanzábamos procurando que al que le tocaba jugar no viera nuestros movimientos, y así hasta llegar a su lado y tocar la pared…: ¡salvada! ¡Y por todos mis compañeros!… Que importante te sentías por haber ganado la partida para todos tus amigos. ¡Y el juego de las chapas! esas chapas, que aunque era un juego de niños, a mi me encantaba. Recuerdo que le pegábamos a cada chapa de refresco o cerveza la cara de nuestros personajes preferidos como Goliat, Fideus, o El Capitán Trueno… Saltar a la comba, jugar a las gomas, a las piedras, andar en bici, bailar el “Hula Hop“mientras  merendabas un plátano, o el pan con chocolate, entonces no habían yogures y ni falta que nos hacían . Y los disparates ¿Quien no ha jugado a los disparates? Nos colocábamos un montón de niños, en una fila muy larga, o en corro, y alguien decía al oído del niño que tenía mas cerca una palabra y cuando llegaba al último no era ni parecida… Tiempos de muñecas, de cocinitas, de coches en la calle haciendo para ellos carreteras en la tierra, mientras los vecinos charlaban de cosas amables, a la puerta de sus casas… Iglesias abiertas a cualquier hora por si alguien quería charlar de “lo divino”, y no de lo humano; la ciudad de los “no olvidados”,, abiertos, sin vigilancia, porque a nadie se le ocurría molestar a los que dormían el sueño eterno… como tampoco a nadie se le ocurría gestionar el castigo de un maestro; el reglazo en la palma de la mano, o escribir cien veces: no hablaré en clase, de esto se yo mucho, y de pasarme la clase fuera del aula también, je, je, je… En definitiva que eramos unos niños felices sin más. A mi me tuvieron que decir lo de la cigüeña ¿lo recodáis?:los niños venían de París; los traía la cigüeña envueltos en un pañuelo azul, o rosa, según el sexo del bebé… Recuerdo a una niña que decía: mi madre me ha dicho que a mi me trajo dentro de una caja de champánA nadie se nos ocurrió pensar que el pico del animalito debía ser del mismo material conque se hizo el coche de Batman ¡Y los Reyes Magos! Tengo que confesar que tenía casi once años años y aún creía en ellos, ya se, ya se, que me pasé un poco, pero estaba aferrada al mundo de la fantasía y no creía lo que los otros me contaban. Al final, supongo que mis padres, hartos de esperar a que su hija se cayera del guindo, me lo tuvieron que decir…

         Bueno, y ya he compartido con vosotros ese pan y chocolate, la comba con las amigas; las carreteras de tierra con sus coches y camiones de juguete… ¡Ya he revivido esa infancia feliz!, esa infancia que los niños de hoy en día no conocen y nunca conocerán, con tanta maquinita que lo hace todo, y que no necesita más que de un jugador: un niño autómata que se emboba con teclas y botones, marcianitos y come cocos; un niño que pierde el seso por jugar con un ser inanimado de nombre POKEMON , que traerá cola,os lo digo yo, y al que colocan un televisor en su cuarto, amen de los que ya hay repartidos entre la cocina, el salón y el dormitorio de sus progenitores. Ese niño al que después del colegio sus padres le endiñan trabajos extra escolares, que si ingles, música, taikuondo ¿está bien escrito?, y los más pudientes tenis, y equitación. Y luego llega el fin de semana y ¿Que hacemos con el niño?, resulta que es casi un extraño para los padres y viceversa. Estoy harta de ver como tras un rato de aguantar al niño comienzan los gritos, y acaba la batalla haciendo el infante lo que le da la real gana ¿Cual es la cosecha de lo que hemos sembrado? Pues un niño impresentable, nervioso y mal educado, que a pesar de los pesares, no es culpable de ser así, porque la gloria es nuestra: los preparamos para una adolescencia aún más dura. Una adolescencia en donde la vida no tiene valor:¡a…..j……! que para eso está la pastilla del día después ¿los padres? ¡venga ya!¿A quien le importa la opinión de los padres? ¿La familia? ¿Y eso que es?
         Tengo un hijo que es profesor de instituto, sus alumnos van de los doce a los diecisiete años ¡casi nada! y dice: al paso que vamos tendremos que llevar casco, y más que por los chicos, por los padres ¡Manda Güevos! En fín… ¿Por qué los niños y adolescentes de hoy son tan distintos a los de ayer? Tal vez porque se sienten solos…
Y me han venido a la memoria aquellos juegos infantiles de mi infancia…