Nov 232015
 

DSC08202

       — Ángel, coge un coche que nos vamos a Fuenterrabía. He perdido el contacto con mi mujer y estoy preocupado… ¡Vámonos! —dijo el capitán Palló.
Salimos del cuartel y nos subimos al primer coche oficial que vimos sin conductor, sin pararnos a pensar en las consecuencias que eso podría tener, en medio de un día gris y lluvioso. Inmersos en nuestros pensamientos, emprendimos el viaje. El silencio hubiera sido total, de no ser por el acompasado vaivén del limpiaparabrisas al barrer las gotas que se estrellaban contra el cristal. Y así viajamos varios kilómetros. En ese tiempo, no sé lo que pasaría por su mente, pero a la mía vino el abrazo que me dio, el día en que regresó al cuartel tras el arresto del capitán Corchera. Un abrazo fuerte, lleno de calor; un abrazo de padre, porque eso era lo que había sido para mí, desde el primer momento en que llegué a Estella… El tronar de la artillería me situó de nuevo en la oscura realidad; conforme nos acercábamos al puente de Endarzala, sobre el río Bidasoa, pudimos ver la columna de Beorlegui, que se encontraba detenida porque la artillería de la guardia de asalto, junto con los carabineros desde el monte San Marcial, había volado el puente. Los soldados de la columna trabajaban sin descanso para intentar poner en funcionamiento dicho puente, mientras las balas silbaban sobre nuestras cabezas y los cañonazos acortaban distancia. La carretera trascurría a lo largo del río, teniendo a nuestra derecha Francia y, a nuestra izquierda, el monte San Marcial desde donde el ejército republicano defendía con arrojo su emplazamiento, que era el fuerte San Marcos, muy cerca de lrún. El oficial que mandaba la columna, capitán Barroso, nos preguntó que a dónde nos dirigíamos y mi capitán le explicó todo lo referente a su familia…
— Su familia tendrá que esperar, no sé cuándo podremos salir de esta encerrona; no sé si se han dado cuenta de que somos blanco fácil para el enemigo… — de pronto se calló, miró al cielo buscando algo. Y entonces los oímos ¡Eran aviones! ¡Aviones bimotores franceses!— ¡Todos fuera de los vehículos! ¡Dispersaos! ¡No os quedéis en la carretera!—Gritaba el capitán, yendo de un lado a otro.

       Corrimos a protegernos entre los árboles, mientras que la artillería del enemigo seguía tronando. El capitán Palló fue el primero en darse cuenta de que los aviones solo nos observaban, era una escuadrilla de reconocimiento que vigilaban la línea fronteriza francesa— ¡Si los gabachos hubieran querido acabar con nosotros, hace rato que lo habrían hecho! —Dijo a gritos, intentando hacerse oír por encima del estruendo.

       Tres días estuvimos en ese infierno agazapados entre los árboles y avanzando poco a poco por la ladera del monte, en el intento de hacernos con ese reducto. Los hombres caían como moscas en ambos bandos. El aire estaba impregnado de olor a pólvora, a sangre y al hedor de intestinos reventados por la metralla. Los lamentos de los heridos horadaban mis tímpanos hasta clavarse en mi cerebro, pero lo peor de todo eran sus ojos. Esos ojos, cuya mirada de angustia reflejaban un infinito miedo a la muerte, te pedían ayuda y tú, apartando la vista, les mentías diciéndoles que todo iba a ir bien, mientras en tu interior maldecías tu impotencia ante el sufrimiento de toda esa gente… Recuerdo un muchacho que me pedía un pitillo; extendía su brazo en un intento de coger el cigarrillo, le faltaba la mano hasta la muñeca, pero él no se había dado cuenta; ni si quiera parecía sentir dolor— Acércate más, que no lo alcanzo —Decía, mientras los jirones de carne que le colgaban del brazo bailaban con cada movimiento que hacía—. Espera, que te lo pongo en la boca —contesté, mientras encendía uno nuevo con la colilla ensalivada que llevaba entre los labios—. Oye amigo… —y pasaba el muñón por mi guerrera, tiñéndola de rojo—…soy pintor; bueno, en realidad pinto paredes, pero me gusta la pintura… —La fina y pesada lluvia que caía sobre nosotros, había apagado el pitillo. Quiso seguir hablando, pero un golpe de tos le hizo vomitar sangre, así que se lo quité—. Déjame tu dirección, porque… —Le costaba respirar y fruncía los labios intentando atrapar pequeñas bocanadas de aire, igual que un pez fuera del agua, pegando los últimos coletazos en un vano intento de zafarse del anzuelo que le había tendido la muerte— …cuando todo esto acabe, te pintaré… Me duele la pierna derecha… Tengo frío… ¡Ayúdame!… —pensé que todo había acabado, pero siguió hablando—. ¡Ah!… Levantadme —Miré hacia donde debería estar su pierna y no la encontré, la metralla la había arrancado casi de cuajo. En mitad del muslo, infinidad de trozos de esquirlas óseas aparecían incrustadas en los sanguinolentos trozos de carne… Ante aquella visión, un sudor frío invadió todo mi cuerpo, No pude evitar las arcadas y vomité, vomité y vomité toda la bilis que mi vesícula pudo generar. Me encontraba tan mareado que pensé que me iba a desmayar junto aquel pobre infeliz, pero no fue así; intentando ignorar a mí estomago, volví a mirar… La tierra en donde debería haber descansado la extremidad, aparecía empapada de sangre, dándole un aspecto como de tierra mojada, tierra recién regada; regada con la sangre de ese muchacho que tenía entre mis brazos, de él y de muchos como él. Mientras lo volvía a depositar en el barro pensaba: «Tu sangre será tu sudario, amigo mío. Espero que tengas claro por qué o por quién has muerto. Y que, estés donde estés, puedas seguir pintando, aunque solo sean paredes… amén», dije a modo de oración… Los gritos de los soldados llamando a los sanitarios acabaron con mi monólogo. Me arrastré sobre el fango buscando protección topando con algo blando y viscoso, e instintivamente giré sobre mi espalda, apartándolo de mi camino; no tenía ningún interés por saber de qué se trataba, mi único pensamiento era encontrar algún lugar donde parapetarme. El resplandor producido por la artillería iluminó la zona y pude ver, no muy lejos de donde estaba, uno de tantos socavones producidos por los obuses al impactar contra el suelo. Me dejé caer por él, yendo a dar con mis huesos en un improvisado colchón de cuerpos sin vida de los que intentaba librarme sin conseguirlo, porque en aquel agujero, la lluvia había formado un charco de lodo, del que se hacía difícil salir… «Parece que estoy en una atracción de feria» y a continuación me encontré soltando una sonora carcajada, «me estoy volviendo loco, si no salgo pronto de aquí no me hago responsable de mi cordura…No reconocía mi voz, me sonaba extraña, como si perteneciera a otra persona; tal vez a algún despojo humano, como el que tenía bajo mi cuerpo. Volví a ponerme en pie intentando no perder por enésima vez el equilibrio. A cada paso que daba sentía que se me erizaba el vello… La risa histérica dejó paso a las lágrimas; lágrimas que brotaban a borbotones, sin poder evitarlo… A pesar de las gruesas botas, notaba la carne y los huesos de esos pobres seres bajo mis pies… Cuando por fin logré salir, eché a corre sin mirar atrás. No hacía nada por protegerme, sabía que en esos momentos era carne de cañón para el enemigo, pero no me importaba, solo quería huir de aquel infierno. En mi carrera por el campo de batalla, escuchaba las voces de hombres que pedían ayuda: unos para ser salvados y otros para que acabaras rápido con su sufrimiento… “Compañero, haz algo por mí: pégame el tiro de gracia y terminemos de una vez… Yo lo haría por ti…”, ¡Camillero! ¡Aquí, sanitario!. Me había unido a las voces que reclamaban con desesperación una tabla de salvación para esos pobres seres… No podía hacer otra cosa. Eso y pedirle a Dios que acabara rápido con el sufrimiento de cada uno de ellos.
Al cabo de tres días de horror, el monte San Marcial fue tomado por nuestras fuerzas y así nos pusimos en marcha de nuevo hacia lrún. Abatidos, sucios y cansados, hasta que unos compañeros que iban delante comenzaron a cantar una marcha alemana… “Yo tenía un camarada, entre todos el mejor”… En poco tiempo, nuestras gargantas fueron solo una… “Siempre juntos caminábamos, siempre juntos avanzábamos”… Lo hacíamos con fuerza; confiando en que nuestras voces llegaran al cielo a modo de oración. Estaba convencido de que en los corazones de casi todos había un rincón para los caídos de ambos bandos, porque muchos de nosotros teníamos en el lado contrario familia y amigos, combatiendo por sus principios. Al redoble del tambor, al redoble del tambor… gloria, gloria, gloria, victoria”… ¿Por sus principios… por los nuestros? ¿Por nuestra sangre… por la de ellos? Seguramente al Cielo no le importaba de qué lado era la sangre derramada, ni de quién era la razón y de quién la sinrazón. Seguramente, el Cielo pasaba de todo eso y solo le preocupaban los inocentes, que se habían visto envueltos en esa locura. Al menos yo, si fuera Cielo, es por lo que me preocuparía…
Muy cerca de Irún se hallaba Fuenterrabía. Allí se encontraba la casa de la familia del capitán Palló y allí esperaba encontrar a los suyos. Por fin llegamos al pueblo, un pueblo de casas cerradas y calles vacías que atravesamos hasta la playa, en donde encontramos a un viejo pescador, remendando una red. Nos contó cómo la gente había huido a Francia. Nos dijo que conocía a la familia, pero que no sabía nada de ellos.
— Todos se han marchado, solo quedo yo… —murmuró con voz cansada y dándonos un fuerte apretón de manos, volvió a lo que estaba haciendo. Nos pusimos en marcha esta vez hacia la salida del pueblo, en donde se encontraba la casa de la familia del capitán. A unos cincuenta metros de distancia, me mandó desviar el coche fuera del camino, yendo a parar detrás de unos arbustos…