Dic 012015
 

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Pasaron el puente de Rancaño y atravesaron los montes de Chocolate y Alén. De cuando en cuando, salpicando el paisaje rebelde y salvaje enredado en lianas, se suavizaba con pequeños poblados de bambú y nipa, circundados por minúsculas fincas de café y cacao, que ayudaban a sobrevivir a la gente del lugar; habitantes que miraban con ojos curiosos el paso del camión. Y de pronto, la visión de un amplio valle hizo frenar a “Ojos de Gato”, había llegado a su destino. Desde donde estaban localizó el campamento, situado sobre una altiplanicie dominando el valle y en la falda de la ladera, la zona comercial de las factorías que llegaba hasta él. Ángel arrancó el motor y continuó la marcha. Pasó de largo un cartel en el que decía:” Evinayong”y atravesó el pueblo en dirección al campamento. Al acercarse, observó que la fachada principal en donde se encontraba el cuerpo de guardia, la habían construido a modo de fortaleza, con muralla y torreones, dando la sensación de estar ante la entrada de un viejo castillo; pero nada más lejos de la realidad: habían conseguido ese efecto forrando con bambú grandes tablazones de madera. « Hay que joderse como da el pego, ¿a quién se le habrá ocurrido esto…?». Y alzó la mirada hasta llegar a los ocho metros de altura que media la engañosa muralla: si hubiera tenido firma, habría leído, “Barri”. Paseó la vista por el entorno y divisó en los laterales del campamento las viviendas del capitán e instructores, realizadas todas con el mismo material que “la muralla”. En el centro de la explanada, la bandera marcaba territorio español y a sus pies, blanqueada por el sol, una enorme calavera de elefante apuntaba al cielo sus poderosos colmillos de marfil… A unos doscientos cincuenta metros, en un nivel inferior, pudo distinguir lo que parecía el acuartelamiento de la fuerza indígena, la cárcel, los garajes y otras dependencias más reducidas que supuso eran las oficinas. Al otro lado, una gran techumbre de nipa descansaba sobre grandes pilares de madera; la construcción carecía de paredes y él no tenía ni idea de cuál era su utilidad. Fuera, a un lado de la singular construcción, un grueso poste aparecía clavado en el suelo… Pisó el embrague, metió la primera y arrancó el motor en dirección a las oficinas. No quedaba mucho para ponerse el sol. Se cruzó con la Guardia de Honor que subía la cuesta para arriar la bandera y, al pasar a su lado, una nube de polvo los envolvió alejándolos de su vista, mientras que una bandada de patos se cruzaba delante del camión, graznando y bamboleando la cabeza de delante a atrás y el trasero de aquí para allá. “Ojos de Gato” frenó como pudo para evitar “el homicidio involuntario” y lo consiguió, aunque pensó que por la mirada que le había echado el pato, que parecía llevar la voz cantante, su acto de buena voluntad no había sido bien interpretado.
Alejandro, lleva el camión a las cocheras a ver dónde lo puedes dejar —dijo poniendo un pie en tierra.
Un hombre pequeño, de piel quemada por el sol, salió a su paso tendiéndole la ma-. En su cara, la boca abierta dejaba entrever con orgullo un buen par de colmillos de oro, signo inequívoco de la desahogada economía que disfrutaba.
— Hola… ¿Ángel Fuentes? Soy el instructor Manuel Barreal, y te doy la bienvenida en nombre del capitán Ronzálvez y de los otros compañeros, Juan Rodríguez y Jorge Azpuro —dijo pegándole un fuerte apretón– y por supuesto, en el mío propio. Contigo formamos toda la plantilla blanca del campamento de Evinayong. Bienvenido. Sígueme, que el capitán te espera…

 

Mar 182015
 

 

Y pasito a pasito La Sombra del Egombe Egombe va llegando hasta vosotros...

Y pasito a pasito La Sombra del Egombe Egombe va llegando hasta vosotros…

 

Y estoy encantada.Tan encantada, que casi casi hago palmas con las orejas, de ver a ese libro tan querido, ocupando un lugar entre los libros de unos grandes almacenes que tod@s conoceis. Espera ilusionado en El Corte Inglés de Murcia, a que alguien acabe implicándose en las vidas de los personajes que llenan sus páginas,  hasta el punto de reir, llorar, saborear y escuchar el repiqueteo de la lluvia cayendo sobre los tejados de cinc y la buena tierra roja embarrada,  hasta cubrir de potopoto los caminos de esa Guinea de nuestra niñez. La Cruz del Sur brillando en el firmamento… la pálida luna iluminando calles y poblados dormidos, ajenos a la vida que bulle en lo más profundo de la selva, en donde el okume, la samanguila, el palo rojo, el palisandro y tantos y tantos otros forman, junto al árbol del ébano  esa selva temida y amada a la vez por blancos y negros…
En los apiladeros del bosque se escuchan los golpes acompasados del hacha abatiendo el okume, la samanguila, el abebay… Uno, dos… tres… Luego el ir y venir de las grandes barcazas y remolcadores como la Manukanela arrastrando las trozas de la madera bella, hasta la cuenca del rio Benito y el estuario del Muni.
La estación seca y la de las lluvias.
La fuerza de los tornados arrasándolo todo.
Un calor pegajoso pegado a la piel.
El sonido del tam tam…
Un grupo de vencejos abanicando las nubes…
Los murciélagos al filo del anochecer…
El llanto de un niño rompe el silencio…
Una choza de nipa y el humo del hogar…
El deseo blanco…
El deseo negro…
La risa, los juegos de una infancia feliz…
El primer beso y los pechos de paloma…
El primer pitillo y el jugar a ser mayor…
Un bolero de Machín, adorna el aire de una noche perfumada de jazmín.
Una bandera ondeando al viento…
Unas niñas danzando al ritmo de la maringa…
Una Plaza de España, con su Guardia Colonial…
Un cine Okangón, con su aroma a cacahuete tostado…
Las orgullosas “mamás” con sus “monguitos” dormidos, envueltos en popós de mil colores…
Y el veneno en la piel de esa Guinea…
Y el amor a esos recuerdos dormidos en nuestra memoria…
Y el sueño imposible de volver a esa tierra que nos vio nacer…
A esa tierra que nos vio morir…

La Sombra del Egombe Egombe es todo eso y más. Es un poco la vida de tod@s los que allí vivimos y dejamos tanto.
El viejo Camaró, la dulce Sara,”Ojos de Gato”, la Escopetilla,Tatineta, la niña blanca Gelinda, Pantaleón… personajes entrañables de esta historia real como la vida misma, con la que sé que más de un@ os sentireis identificados.

 

Abr 292014
 

            La pamela

Ochenta kilómetros por aquellas carreteras tortuosas guiándole al hogar. Saboreaba esas dos letras repitiéndolas bajito para no despertar a “la Escopetilla” que, hecha un ovillo, dormía a su lado con la cabeza apoyada en el cristal y en posición fetal, por lo que la amplia falda de vivos colores que llevaba, solo dejaba entre ver los dedos de los pies. Atrás en la caja: Alejandro, empecinado en que “había sobornado a la madre para que le diera a la hija” y Pablo, dormían ajenos al mundo. Frente a él, Monte Bata apareció retando, como siempre, al viejo Chevrolet que continuaba la marcha con su desmayado ronroneo. Y como siempre, la selva se cerraba en torno a ellos, permitiendo entrever, de cuando en cuando y a la luz ambarina de los faros, los ojos de alguna bestia de la jungla. Pasaron por Niefang, dejando a un lado la carretera de Mikomeseng, tirando por la de Evinayong.  El primer jefe Bosch de la Barrera lo envió al mismo destino porque él se lo pidió y le estaba agradecido por ello; de todos modos, si su trabajo no le hubiera satisfecho lo habría enviado a otro destacamento, eso era obvio. Trabajaría a las órdenes del capitán Calonge, al que habían trasladado de Bata a Evinayong, así que estaba encantado. Y “entre col y col, lechuga”, “la Escopetilla”  estaba encantada también, aunque por diferentes motivos,   uno de ellos era la confirmación oficial a las “primas” de que Ángel ya estaba casado y muy casado, pensó sonriendo, y el otro porque ahora sus dotes de mando no tendrían cortapisas al pasar de ser “la hija del Masa, a la señora del Masa”… La miró un segundo con un ojo puesto en la sinuosa carretera, divisando el puente que les llevaría al otro lado. Cruzaron el caudaloso Río Benito alejándose de sus rápidos, recorriendo los casi trescientos metros de longitud del puente de Rancaño hasta llegar a tierra firme. Monte Chocolate y Alén también se quedaron atrás. Contempló el valle iluminado por la luz de la luna, y supo que habían llegado al hogar.  En su falda, el pueblo descansaba del trajín del día y, en la calle comercial, la única calle, solo vio a un perro enroscado sobre su cuerpo durmiendo plácidamente junto a un pilar de madera que soportaba parte del sotechado de una factoría; pero eso era todo, a pesar de que el camión quebraba el silencio con su marcha. Sobre la altiplanicie, la empalizada del campamento se recortaba en el cielo estrellado como un bastión del medievo…: habían llegado al hogar.

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