Mar 232011
 



Él jugaba ajeno a a todo aquello que no fuera su mundo de sueños infantiles. Jugaba en un bancal frente a la casa familiar, en donde las tomateras de hojas verdes y frutos hermosos, redondos y rojos como lunares de un traje de faralaes, crecían a la par que aquel niño rubio de mirada tímida, que cansado de soñar mil historias de policías y ladrones y otras tantas de carreras sobre ruedas por esas carreteras imaginadas entre los bancales, se sentó en el borde de la acequia observando el camión de madera que, por segunda vez, le habían dejado los Magos de Oriente. Una gota de sudor se escapó de su frente resbalando por la mejilla y él la apartó con el dorso de la mano al mismo tiempo que fijaba los ojos en un clavo clavado de mala manera entre las ruedas delanteras. Escuchó la voz de su abuela que lo llamaba por su nombre,pero él no estaba por la labor de regresar a la casa hasta no resolver el dilema que tenia entre manos en forma de camión de madera pintada. Observó el rojo de la pintura y la numeración de la matrícula y aunque eran diferentes, se dijo convencido que era el mismo que le dejaron los reyes el año anterior. Un aroma dulce y penetrante llegó hasta él movido por la brisa del atardecer y su estómago protestó sin miramientos, así que arrancó sin más de una de las matas un tomate y tras limpiarlo con las manos sucias de tierra le dio un bocado tras otro a la par que la voz de su abuela gritaba su nombre. Una bandada de aves en formación cruzaba el cielo tintado de una pizca de naranja y otra de añil al tiempo que el chiquillo se dirigía a la casa de mala gana, arrastrando el camión. Sus sandalias gastadas en las punteras pateaban una lata de conservas oxidada por el tiempo a la vez que el sol se escondía tras la sierra de Mariola en el instante en que, en el corazón del niño se cerraba una puerta: la de la ilusión, para dar paso a la desilusión al descubrir que la magia duraba lo que una pompa de jabón, o un clavo mal clavado para enganchar una cuerda en un camión regalo de los reyes del año anterior. Con el ceño fruncido entró en la casa de sempiternas persianas bajadas en donde la luz del día entraba solo por el patio trasero,y en donde una hermosa higuera ocupaba el patio central. Con el camión de madera entre las manos cruzó el salón y atravesó el patio hasta llegar a un pequeño trastero lugar donde su tía, una mujer amable de cara redonda, ojos pequeños, y pelo inquieto, guardaba todo lo imaginable y lo inimaginable “por si acaso”. Y allí entre los mil trastos inanimados y polvorientos dejó el camión que un año fue azul y al otro rojo, pero que siempre conservó ese clavo hendido en la madera por manos inexpertas de niño.
Cayó la noche y en el silencio los gritos incoherentes del pobre diablo que ocupaba la habitación del centro ahogaban los ruegos de la madre porque ese Dios que existía acabara con los delirios que el alcohol provocaba en el cerebro de su hijo. Y rogaba para que algún día volvieran a sucederse las noches en que con pulso firme y mente despejada observaba el firmamento con su luna y sus estrellas.
En la más que pequeña habitación situada bajo la escalera que conducía a un hogar atestado de muebles y vacío de almas, el llanto del niño por la ilusión perdida entre tomateras quedaba ahogado por los gritos y desatinos de su tío, el hombre que una vez le habló de las estrellas.
Y pensando en esto se durmió y soñó con tomateras y con un balón al que esta vez vigilaria para que no lo pintaran al año siguiente. Entre sueños una sonrisa se dibujó en los labios de niño pensando que tal vez los reyes no recibieron su carta o no la entendieron por eso de que él aún no lo hacia demasiado bien. Y en casa, a excepción de su tio Paco, ese que sabia tantas cosas de las estrellas y más allá de ellas,nadie tenia ni idea.

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