Nov 102015
 

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        Antes de marcharse Victoriano colocó los colchones: uno en cada cama y el tercero, en el suelo. Sara les puso unas sábanas que sacó de un baúl, cubriéndolas luego con un par de gruesas mantas e hizo que los niños se lavaran las manos y la cara en el fregadero. El agua estaba fría y los pequeños protestaron pero de nada les sirvió. Haciendo caso omiso a sus lloriqueos, llenó una palangana de agua en la que humedeció una toalla con la que les limpió los pies. A continuación, sacó de una de las maletas un par de mudas de ropa interior y dos pijamas que olían a manzanas. Al final, se durmieron entre sábanas limpias y la voz de su madre que rezaba por ellos: “Ángel de la guarda… Dulce compañía, no me desampares… Ni de noche, ni de día, no me dejes solo… Que me perdería”… Sara desgranaba las palabras lentamente…
Entre sollozos ahogados, las lágrimas le nublaron la vista resbalando por sus mejillas, hasta llegar a la comisura de los labios: sabían a sal, sabían amargo… Sus lágrimas sabían a angustia, tristeza, desaliento… a soledad y a abandono…
Quería volar, desaparecer del mundo, perderse en el infinito o en cualquier recóndito lugar de la tierra, donde nadie la pudiera encontrar. Sara miró a sus hijos. El pequeño dormía plácidamente, rendido por la fatiga y ajeno a todo; Sarita, en cambio, tenía un sueño inquieto. De vez en cuando, los músculos de las extremidades de la niña saltaban con brusquedad.
— Parece una marioneta, movida por los fantasmas de la noche… — pensó con tristeza, agachándose para arropar a su hija, que dormía en el colchón colocado en el suelo. Luego se dejo caer en el sillón de tres patas, haciendo caso omiso del incómodo balanceo. Y así se quedó sentada en la oscuridad, esperando que apareciera Salvador; rezándole a la Virgen del Pilar, para que lo protegiera bajo su manto.
En algún lugar de la casa, alguien movía el dial de una radio intentando captar con nitidez el boletín de información… Las palabras, las frases entrecortadas, atravesaban las paredes martilleando sus oídos. Se escuchaban noticias sobre cómo los nacionales avanzaban en su lucha por reprimir al ejército republicano… O cómo hoy, uno de octubre de mil novecientos treinta y seis, el general Francisco Franco Bahamonde había sido proclamado en Burgos Jefe del Gobierno del Estado español y Generalísimo de los Ejércitos de tierra, mar y aire… De pronto, los partes de guerra quedaron ahogados por la voz de “la Piqué”, que cantaba una canción cuya letra hablaba de la historia de una mujer, que iba buscando por las tabernas del puerto a su amor: un marinero, sin nombre y con el pecho tatuado con un nombre de mujer…
—“Él llegó en un barco, de nombre extranjero”… —con voz apagada, Sara iba tarareando la canción—. “Mira mi pecho tatuado, con este nombre de mujer”…
Las lágrimas volvieron a sus ojos; las mejillas le ardían de lo que había llorado. Se levantó y buscó un espejo en la bolsa que contenía las cosas de aseo. No quería despertar a los niños, así que optó por no encender la luz. Rebuscó a ciegas, en uno de los cestos, hasta dar con un mazo de velas y una caja de fósforos. La débil luz que desprendía la llama, le bastó para ver en su rostro la piel enrojecida, allí por donde habían resbalado las lágrimas.Se acercó a la ventana y miró hacia la calle, que aparecía sumida en la oscuridad.
«La habitación debe dar a la parte de atrás de la casa…»- pensó -.
El maullido de un gato en celo la sobresaltó. No sabía explicarlo, pero el lamento lastimero de los gatos llamando a las hembras le ponía nerviosa. Cada vez que lo escuchaba, se le erizaba el vello de los brazos…


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