Nov 062015
 

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  …Pasaron los días, como siempre pasan desde que el mundo es mundo, pero a ella se le antojaban más lentos y monótonos. Sara, sentada en la mecedora junto a la ventana, aprovechaba la poca luz que aún quedaba del día para dar las últimas puntadas a un calcetín de su marido. Levantó la vista del zurcido y se frotó los ojos, cerrándolos unos segundos. Al abrirlos, su mirada se coló por la ventana perdiéndose en el infinito.
– Ya está bien por hoy, mañana más —dijo, sacando el calcetín del viejo huevo de madera, a la vez que se chupaba el dedo índice, de la mano izquierda—. Lo tengo acribillado de tanto coser. ¡Y tú al costurero! —le dijo al huevo. Luego, mecida por el suave balanceo de la mecedora y el acompasado tictac del viejo reloj, se quedó dormida…
Y soñó con su infancia, en la aldea que la vio nacer. Se veía descalza, entre los bancales de almendros y naranjos. Bajo sus pies, una alfombra de hierba verde salpicada de amapolas y florecillas silvestres anunciaba la llegada de la primavera. Todo el campo aparecía lleno de vida y color. Dos mariposas, posadas en una amapola, copulaban mecidas por un suave soplo de viento, mientras unos abejorros bailaban alrededor de unas flores de almendro… Sara, la niña, corría por las estrechas calles empedradas hasta llegar a la plaza de la iglesia de San Bernardo, para luego bajar los desgastados escalones que conducían a la fuente secular de la plaza, desapareciendo en el interior de la cueva. Allí, sentada en la piedra pulida por los años, acercaba los labios al chorro de agua que brotaba de las entrañas de la tierra y sumergía los polvorientos pies en el agua fresca. Y era entonces, en la quietud de aquel lugar, cuando daba rienda suelta a su imaginación…


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