Una tumba sin sellar

Una tumba sin sellar

Frente a ellos una tumba sin sellar hacía las veces de cuartel general de una multitud de moscas, que salían y entraban zumbando sin parar. El temor a hechiceras y voladoras era algo irremediable.

 

Quince años habían pasado desde que una mañana de julio un tremendo aguacero le acompañó hasta la escalerilla del avión, haciéndole sentir menos solo. Regresaba a un país en el que nada había cambiado, aunque eso no fuera del todo cierto porque aunque el perro era el mismo con diferente bozal, la situación de incertidumbre y hambruna llamaba con mayor fuerza a la puerta de todos los hogares, sin patente de corso, de su Venezuela natal.
Con la misma torpeza de un albatros, el piloto aterrizó en la pista del aeropuerto de Barranquilla en donde un nuevo aguacero le esperaba al pie de la escalerilla. Solo llevaba un bolsa de mano, lo que hizo que abandonara rápido la terminal. Se acercó a la parada de taxis, a sabiendas de que seguirían sin llegar hasta La Jagua, la tierra de sus ancestros.
Un autobús cansado de correr kilómetros le dejó a la entrada del pueblo y emprendió el regreso como si temiera darse de bruces con una voladora de hechizos infernales al atravesar las viejas calles de tiempo inmemorial.
Cuando entró en el hogar, los recuerdos de infancia y adolescencia se agolparon en su cerebro de tal manera que el corazón se le atragantó en la garganta. La casa antaño tan llena de luz, le parecía ahora la mas triste de las casas y no era para menos, porque el hombre al que siempre admiró y en el que intento reflejarse, los había dejado para siempre. No llegaba al día de retraso, pero fue suficiente para no verlo vivo y poder despedirse. Un día de retraso de aviones, que le dejaría huella en el alma. Su padre había muerto y con él la sonrisa de su madre a la que encontró más vieja, más acabada, más perdida.
Según le contó su hermana Rosa, el tanatorio argumentó que el barrizal ocasionado por las lluvias, iba a dificultar la labor del enterrador, pero él sabía que la absurda explicación que habían dado no era cierta, porque la superchería de los antepasados seguía viva en el pueblo. El temor a hechiceras y voladoras era algo irremediable.
Y la lluvia seguía barriéndolo todo cuando llegaron al cementerio sin la inutilidad del paraguas. El suelo anegado cubrió las tumbas, muchas de ellas a medio abrir como latas de conservas. Una rata pasó sobre una vieja cruz de madera, navegando el agua. Rosa con paso firme le llevó hasta la parte alta del campo santo en donde un tufo pesado y agrio casi le hacen vomitar. Frente a ellos una tumba sin sellar hacía las veces de cuartel general de una multitud de moscas, que salían y entraban zumbando sin parar.

…….

El enterrador sudaba a pesar del aguacero, mientras sellaba el trabajo que dejó a medias el mismo día del entierro, argumentando que anochecía y que era el momento de dejar el dominio del lugar a las almas negras de la noche. Sus manos temblaban con cada paletada de cemento que sellaba la fosa, a la vez que sus ojos se posaban en él suplicando compasión, aunque intuía que la compasión del hombre que le apuntaba pistola en mano se había perdido junto a las ratas que arrastraba la corriente cementerio a bajo.
Quince años habían pasado sin ver a su padre, pero al menos hizo que descansara en paz…


Dónde puedes encontrar mis libros:

(Haz clic sobre Casa del Libro, Amazon o Uno Editorial, e irás directo a la tienda)


La sombra del Egombe-Egombe:
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL
La escribidora (los relatos dormidos):
CASA DEL LIBRO
AMAZON
UNO EDITORIAL

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.