Oct 022010
 

Todo un ejemplo de superación, y fuerza de voluntad.

El honor de posar junto a ellos, y el placer de tomar esta foto.

El solo aprendió a leer, y hoy es un apasionado de los libros.

-¡Muerete yaaaaaaaaaaa!
Le gritaba la madre a la criatura famélica, que buscaba desesperada la leche materna en esos pechos resecos de tanto amamantar a los siete hijos paridos sin descanso. Y es que colocar las traviesas de tren no daba para mucho…Los llantos de la niña hicieron pegar un respingo a ese cuerpo prematuramente envejecido, por las penurias que cargaba desde siempre sobre sus huesos, y el alma que Dios equivocadamente había puesto en ella. Aunque dudaba de que el hálito que una vez le dio aún viviera en su interior ¿por qué sino ese deseo horrible de que la pequeña dejara de existir? La sintió tirando de los pezones arrugados como una uva pasa, que una vez fueron gruesos y redondos como dos apretadas y oscuras moras de la zarzamora que tenia junto al pequeño corral, en el que durante algún tiempo acogió media docena de ponedoras, y a un gallo viejo y escandaloso que perseguía a las gallinas sin mucho afán, seguramente por la edad, pero que como estaba en sus genes esa labor la llevó a cabo hasta el final de sus días que lo fue, como no podía ser de otra manera, en la olla familiar… pero de eso y del paso a mejor vida de las gallinas, también hacia ya no sabía cuanto tiempo y ahora solo quedaba en el corral junto a la zarzamora, el viejo borrico de la familia que sin otra cosa que hacer, porque por no tener no tenia ni una mala brizna de alfalfa, ni una miserable mata de hierbajos, solo quedaba… La niña lloró de nuevo, con un llanto tan desgarrador que ella volvió a gritar:
– ¡Muerete yaaaaaaaaaa! – al tiempo que se estrujaba los pechos con la esperanza de sacar alguna gota de mala leche – ¡Muerete yaaaaaaaaaa! le gritaba con la mirada fija en una podrida viga de madera que soportaba un techo lleno de goteras.
Las lágrimas que inundaban sus ojos distorsionaban la madera y las gotas de lluvia habrían parecido luceros, si no fuera por la triste realidad de la humedad que empapaba su ropa. Apretujo contra su cuerpo, el desgraciado de su pequeña y rogó a ese Dios en el que no había dejado de creer a pesar de lo duro que era con ella, que se la llevara a ese mundo mejor en donde esperaba que tuviera unos pechos henchidos de esa leche que ella era incapaz de darle por no tener ni gallo, ni gallina, ni alfalfa que llevarse a la boca.No había nada; solo seis pares más de ojos hundidos y grandes casi tan hambrientos como la niña chica. Y ese casi, era gracias al vetusto algarrobo que crecía junto al arroyo,que hacia que la prole no llegara a morirse de hambre.
El padre y Nolín, el hijo mayor, acompañaban a la niña chica mientras el cura de negra sotana salmodiaba las últimas plegarias al dios que había marcado su destino. Y es que él no creía en ese dios a pesar de haberle trazado ese tortuoso camino del que no podía salirse por mucho que lo intentara. La niña chica desapareció bajo la tierra del Campo Santo a golpe de pala que él mismo dio, por no querer que los últimos sonidos que su hija escuchara fueran producidos por las manos de otro:
– Adiós mi pequeña; fundete con la tierra ya que no hay más – murmuró a sabiendas de que si Francisca, su mujer, hubiera estado allí no habría sido capaz de pronunciar esas palabras sin sentirse turbado, porque sabía lo que pensaba respecto a eso: “”No se como aún puedes creer en tu dios…””- pensó volviendo la espalda al pequeño montículo de tierra formado en el suelo del cementerio. – Vamos Nolín…
Y se alejaron junto al cura,del “jardín de los dormidos”, tirando uno para un lado y ellos dos para la tierra yerma, donde esperaba el dolor y la desesperación en forma de ojos y bocas hambrientos.
Y llegó el octavo una boca más o menos según se mirara, si contaban o no con la niña chica que permanecía allá en mitad del cementerio fundida con la tierra sin más, pensaba él, y arropada entre los ángeles,según ella. Era un niño sano hasta donde se podía, porque esta vez si había leche en los pechos gracias al viejo borrico que alimentó a la familia durante el invierno, con esa carne dura y secada al sol que forraba sus viejos huesos. Lo había pasado mal cuando tomó la decisión de acabar con aquel, que había sido compañero abnegado durante tantos años, pero era la familia o él. Su viejo amigo acabó de disipar sus dudas cuando lo miró a los ojos; esos ojos viejos y cansados que todavía conservaban la nobleza del animal.
Y pasaron los años y tras la guerra, cambiaron de pueblo huyendo de más hambre: “” si se podía tener más en esa posguerra””-. Es lo que pensaba hasta que le dieron trabajo como guarda- agujas en aquel pueblo de la Mancha a donde habían ido a parar. Y ocuparon una pequeña y destartalada casa al borde de la vía del tren,sin goteras y con un diminuto huerto que el anterior guarda- agujas, había dejado con algunas matas de alubias, y cuatro tomateras al lado de un peral. Y José pensó que tal vez ese dios que se llevó a la niña chica, y en el que Francisca creía, pudiera habitar en alguna parte; pero solo lo pensó.
-¡ Nolín, Nolín!
El pequeño corría al encuentro del hermano mayor que regresaba de su trabajo como peón albañil. No es que hubiera mucho en el pueblo, pero de cuando en cuando ponía una paletada de argamasa aquí o allá y algo llevaba a casa, como ese chusco de pan negro que guardaba para el pequeño Vicente, y que este comía con fruición, mientras lo montaba a caballo sobre sus hombros por el último tramo del camino que llevaba al hogar.Le tenía un cariño especial, quizá porque con él llegaron tiempos mejores y eso le hacia entrever una pequeña luz en la dura vida de la familia.
– ¿Que has hecho hoy?- le dice a Vicente sabiendo lo que había hecho por ser lo mismo que el día anterior, y el otro y el otro, como también sabia que al día siguiente sería otra vez igual, y así hasta que acabara el verano.
– Si ya lo sabes; me he pasado toda la mañana y toda la tarde sentado en”la madera”sujetando la cuerda mientras la mula daba vueltas…
El hermano mayor sonrió por la infantil forma de explicarle que se pasaba mañana y tarde sentado en el trillo sujetando las riendas del animal para que no cambiara su trayectoria, algo demasiado complicado de expresar para un niño de tan solo cuatro años que por necesidades familiares hacia las veces de guia.
– Toma, como ahora ya no sales al camino te lo traigo aquí- le dice alargándole el chusco de pan guardado para el.
El chiquillo se agarró a su cuello haciendo que el animal se saliera del recorrido.
– Sueltate, y sigue con lo tuyo que si no madre se enfadará- Los ojos del hermano mayor sonreían al pequeño, al verle comer con ganas aquel pan duro.
– ¿Que dice aquí? – le pregunta a la madre enseñando el pedazo de periódico que había troceado.
– ¡Y yo que se! Anda dejate de bobadas y no pierdas más tiempo.
De cuando en cuando el viento arrastraba hojas de periódicos que los pasajeros de los trenes tiraban por la ventanilla. Eran con diferencia mejor que el canto de una piedra, por muy lisa que esta estuviera para limpiarse el trasero, así que además de recoger el tesoro del carbón que se quedaba entre las vías al paso de los trenes, las hojas de periódico formaron parte de sus vidas no para la necesidad de saber, sino por la necesidad de suavizar sus maltrechos culos.
– ¡Pues yo quiero saber que pone aquí! gritaba Vicente blandiendo en la nariz de su madre el pedazo de periódico.
-Calla y llama a padre que las gachas están ya a punto.
Se sentía el más feliz de los mortales cuando bajaba al pueblo con su hermano Nolín. Lo llevaba sobre su cuello y el se agarraba a la fuerte mata de pelo negro, como lo haría sobre un caballo alazán.
– No le cuentes nada a madre – le dice guiñando un ojo y soltando una perra gorda al buhonero.- Toma,¿no querías leer?
El chiquillo no podía creer lo que tenia entre las manos: un montón de papeles con dibujos que jamas había visto, en donde las letras campaban alegremente.Tras la sorpresa vino la cara de decepción.
– ¿Que te ocurre?
– es que no se quien me va a enseñar…
– Mira…yo se algunas letras, las he aprendido de unos y de otros en la obra. Yo te enseñare hasta donde sepa.
Y al chiquillo se le iluminó la cara.
Había pasado el tiempo, y el padre decidió que los cinco años del benjamín eran años suficientes para cuidar unas cuantas ovejas allá en el monte, así que ni corto ni perezoso, compró tres animales de buen ver con lo poco que habían guardado gracias al trabajo duro de toda la familia, porque el resto de los hijos trabajaban todos. Ellas en las casas de los señores, y ellos en el ladrillo: “”Vicente sabrá hacerlo bien, es un muchacho testarudo como una mula y si alguna se le desmanda, la traerá de nuevo al redil ¡Si lo sabré yo!””-pensó esbozando algo parecido a una sonrisa. Y es que hacia tanto tiempo que no reía, que ya se le había olvidado como se hacia.Recordaba como esa criatura había demostrado su orgullo de persona, a la edad de tres y cuatro años, cuando la señora del pueblo, una beata hipócrita y soberbia, se empeñaba en humillarle con dulces y bocadillos:””-¿Quieres pan? Pues pídemelo. di: señora deme pan…””, pero él nunca le dio ese gustazo; ese es mi chico.Y volvió a dibujar esa nueva torpe sonrisa que había estrenado por vivir tiempos mejores. Y por esos tiempos mejores,al pequeño había que darle su mérito, pues gracias a ese verano que pasó sentado en la trilla sin más compañia que la vieja mula y las moscas ¡trescientas pesetas! había aportado el chiquillo a la economía familiar, y por ese motivo estaba en disposición de empezar con las ovejas. Si. Ese era su chico…
Tres ovejas, un “cacho tocino”,junto a un mendrugo en el morral. Y entre el pecho y el viejo jersey de lana el cuento que su hermano Nolín aquel día de fiesta le compró.El viento soplaba y hacia frió allí arriba, a pesar de no haber llegado aún el invierno. El chiquillo buscó un árbol en donde refugiarse de la lluvia, si llegaba, y para descanso de sus huesos; esos huesos cansados antes de crecer. Le echó un vistazo a las ovejas, y miró al pastor que le observaba con ojos de: “”dime que hago que lo haré, como buen ovejero que soy””.Luego se sentó bajo la encina frondosa, soberbia, y firmemente arraigada a la tierra, que nada más llegar al monte le atrajo como el imán al metal.Y allí dia si, y dia también, aprendió a leer con el único apoyo del alfabeto que le enseño su hermano.
¡Este es mi amigo! si señor. Un hombre luchador donde los haya, con el que tengo el honor de compartir vecindad y lo más grande: una fuerte amistad.
Un beso para ti y para Tribu, la mujer que es la razón de tu vida desde”toda la vida”: mi amiga del alma; compañera de parchís, y de otras correrías.

Gudea

  4 Responses to “Una vida dura; muy dura.”

  1. Me recuerda mucho al Soldado de un pueblecito de Extremadura, que vino a Ceuta a hacer la mili.
    Estas personas tienen mas meritos que tod@s aquell@s que fuimos a los colegios de los barrios con los maestros, o al Instituto o clases particulares.
    Un saludo y un trocito de queso para el ratón.

  2. Pues si, querido "Yo Mismo". Cuando lei lo que colgaste sobre él, me vino a la cabeza mi amigo Vicente. Y te prometí, no se si en ese apartado, o en otro, que algún dia escribiria su historia.
    Un abrazo fuerte y otro para "Yo Misma"

    Gudea

  3. Vicente, me quito el sombrero. ¡Para que los estudiantes de hoy en día, no valoren lo que tienen a su alcance! Sigue leyendo, si te pasa como a mí, cuanto más leo, más mono tengo de leer.

    Gudeita, besote celuloso; Vicente, abrazo admirador.

  4. Se lo diré de su parte, señor Jonsu, porque él esto de Internet…anda peleado. A ver si algún dia se decide y le doy unas torpes clases de "diplomado en internauta", aunque no creo que tenga suficiente con lo que una le enseñe, porque soy muy torpe para esos menesteres, pero bueno, el caso es que se meta en este mundillo…ya veremos.
    Un abrazo bucólico y pastoril.

    Gudeita

 Leave a Reply

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>