Nov 192012
 

cuatro muñecas

 

 

…………..Miraba por la ventana harta de estar encerrada. Era tiempo de lluvia; una lluvia  pesada e intensa que lo calaba todo sin cuidado, haciendo que ese domingo fuese aburrido y odioso. Las gotas se estrellaban en el suelo, redondas y gruesas como monedas de chocolate. Por las ramas del egombe-egombe enraizado en el centro del jardín como un inmenso paraguas, el agua resbalaba ahogándose en la tierra. Bajo la jacaranda una alfombra de flores azules cubría la hierba, y el seto de hortensias que colindaba con las ruinas del viejo hospital dormitaba con el runrún de la lluvia al caer. Caía tanta agua que pronto la “fértil tierra roja”, como decía su padre, se convirtió en un potopoto pegajoso que ponía perdidos los pies descalzos de los negros ,y los calzados de los blancos. Una escolopendra recorría el marco de la ventana sin prisas, en dirección a una araña de patas largas que permanecía quieta en su tela en un punto de la  mosquitera:
-Ven, que pareces tonta ¿Es que no ves que te va a comer? – dijo cogiéndola con dos dedos lo más suavemente que pudo. La  escolopendra se revolvió asustada, pero  no la soltó hasta que encontró un rincón lejos de la araña y luego salió al pasillo pasando la mano por toda la pared, mientras cantaba a media voz el caracol…col…col… hasta llegar a la leonera, como llamaba su madre al cuarto donde tenía los juguetes.Miró por la puerta entreabieta,con el mismo sigilo que un piel roja entre unos arbustos acechando a su presa. Con la voz Nicola Di Bari perdiendose por la casa su hermana rodeada de azulejos a medio pintar,le daba los últimos retoques al vaporoso tutú rojo de una bailarina de ballet, de brazos abiertos, y piernas en posición de flamenco rosa. Un ligero olor a ajo crudo flotaba en el aire; sobre la mesa, entre pinceles y tubos de óleo, había un plato con tres dientes a medio usar. No tenía ni idea de por qué  antes de empezar a pintar, frotaba el azulejo con ajo…La verdad es que le importaba un pimiento…
Se acercó a la ventana de lejas de madera  apuntalada por el listón, que la abría al cielo, y sacó el brazo por el lado en donde la tela de mosquitera se había roto a fuerza de horadarla con el dedo, recreándose en el agua que resbala como el azúcar glas sobre un brazo de gitano, sin importarle la reprimenda que le echaría su padre si la viera:<¡Te he dicho una y mil veces que no agujerees las mosquiteras porque los insectos nos van a freir!> Le parecía estar oyendo. Ya nunca le preguntaba si de mayor sería una “depavrada”, tal vez porque le gustaba más lo de “rebelde sin causa”,como la llamaba ultimamente, aunque en el fondo aún quería ser reina o peluquera. Con la nariz pegada a la mosquitera  vio pasar, cuesta abajo y sorteando los regueros, a un moreno que intentaba resguardarse de la lluvia con un cartón. Una mininga estaba parada bajo el arco de entrada al campamento, con un monguito a la espalda, y otro en el vientre, aunque ella eso no lo sabía porque estaba de pocas semanas. El pequeño dormía plácidamente sin enterarse de la que estaba cayendo. Frente a la ventana y de nuevo cuesta abajo, pasó una bicicleta con dos morenos jóvenes, intentando escaquearse del agua con una hoja grande de malanga a falta de nada mejor, a la vez que ella bostezaba adormecida por el rumor de la lluvia…
Tatín levantó la vista de lo que estaba haciendo y observó a su hermana, que apoyada en el quicio  miraba absorta hacia la calle:< Lo cierto era que, a pesar de ser una mocosa entrometida, la quería; No lo podía remediar…> pensó con media sonrisa en los labios.La pequeña se giró y ella volvió a la bailarina del azulejo. Limpiaba un pincel cuando la vio rebuscar en la estantería de puntillas, y sin decir ni pio sacó el álbum de cromos de su amigo de Bimbiles yendo a sentarse en el suelo junto a la ventana, mientras al otro lado de la mosquitera la lluvia caía a chorros gruesos como rodajas de yuca, estrellándose en el suelo, formando un ruido ensordecedor,  en el instante en que el reloj de pared del comedor, que una vez hizo su padre, daban las cinco.
Y así pasaron la tarde; una tarde larga y tediosa: ella echando en falta a su amor adolescente, y la mocosa de su hermana a su compañero de juegos.

 

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