Abr 162011
 


Era una madre joven; muy joven.Y con un instinto maternal tan grande que decidió espaciar los hijos, de común acuerdo con el amor de su vida, para no mecer sus brazos vacíos de niño.
Era una madre joven, que ya había parido al primero de sus hijos, un niño rubio y regordete al que Dios se olvidó de espolvorearlo con una pizca de mala leche. Una pizca hubiera estado bien para ir por la selva de la vida…Hubiera estado bien…
Era una madre joven, muy joven, que en vista de que no paría, el mundo pareció olvidarse de su existencia pasando los días con sus noches hasta llegar a diez meses de caminar, como un pingüino con el huevo entre las patas,temiendo por la vida de su cría. Solo cuando la casa permanecía en silencio a altas horas de la madrugada,se levantaba deambulando por los largos pasillos,cruzando habitaciones,hasta sortear la gran puerta de gruesos goznes que daba al jardín en donde los grillos y el sonido del agua al correr por la acequia de la pequeña huerta, situada al otro lado del muro que bordeaba la casona,le daban la bienvenida bajo la complicidad de una luna tan llena y redonda como su vientre.La única diferencia era que ella lucia su redondez, en todo lo alto del firmamento, y su vientre chocaba entre sus muslos por aquel hijo aún no parido.
El pequeño soplo de brisa de esa noche de primeros de septiembre, traía el dulce aroma del jazmín que adornaba la humilde casa de doña Amelia, la medianera de la pequeña finca de tabaco,en donde su marido Valentín hacia las veces de capataz, y de “lo que gusten mandar”:Su perro “Buche”,un par de cabras, y los preciosos ojos azules de su mujer, eran sus posesiones más preciadas, por no decir las únicas.
Una cabra baló, y una lechuza salió volando de un pino para posarse en la frondosa morera del jardín.Un perro ladró a lo lejos, y luego otro y otro, y Buche por no quedarse atrás ladró también, pero con prisas por acercarse a ella, buscando el pedazo de bizcochón que siempre guardaba para él.El perro flaco le lamió las manos, más por apurar las posibles migajas que pudieran quedar entre sus dedos, que por agradecimiento, pues era un animal arisco por naturaleza, que solo se acercaba cuando sabia que algo iba a parar a su estómago:por algo le llamaban”Buche”.
Ni un leve movimiento, ni un calambre…nada no sentía nada, y ella temió por la vida que llevaba en su interior y que intuía era un varón.Se levantó como pudo del viejo sillón de mimbre que tiempo atrás fue blanco y ahora lucia descarnado su esqueleto de caña:””una buena capa de pintura te hace falta”-pensó llevándose las manos al bajo vientre. Su corazón latió a cien por hora al notar que el retoño se movía en su interior. Fue un movimiento lento, a penas imperceptible…pero ahí estaba.De alegría dio una vuelta sobre sus talones aun a riesgo de caer espatarrada sobre el piso de la terraza, a lo que Buche respondió cabriolando a su alrededor, con el rabo como una comba de saltar,cosa extraña en él. Quizá pensó que era lo menos que podía hacer por ella. Así que sin dejar de voltear comenzó a ladrar sin importarle un comino que toda la casa durmiera.Un pinchazo y otro, y luego otro y el agua de la vida resbaló por sus piernas mojando el suelo. Ella miró al cielo buscando a la luna llena pero no estaba, en su lugar un sol anaranjado como una yema de huevo, de buena ponedora, le daba los buenos días. Se llevó la mano al vientre ¡por fin había llegado la hora!
A penas habían almas en el Hospital del Cabildo. Los pacientes eran menos pacientes en verano, por lo que aparcaban las visitas al médico para cumplir con la sana receta de playa y chiringuito. Tal era el vacío de las salas y pasillos que creyó ser, junto al amor de su vida y el practicante,el único personal del centro hasta que llegó al paritorio y lo vio. Era un hombre pequeño, delgado, con gafas, y peinado hacia atrás. Era un hombre tacaño en palabras, prodigo en atenciones y generoso en dulzura, que a pesar de no ser su amigo Alejandro,el que tenia que traerlo al mundo,percibió en sus ojos el hilo de la confianza bien anudado. Tan anudado como el dedo pulgar del médico al que ella se aferró, junto a la medalla que llevaba al cuello. Luego una inyección de pentotal junto a un padrenuestro a medio desgranar, y el mundo real desapareció de su vista.
…………….¡Es un niño! Un niño precioso…
La voz de mujer le resultaba conocida aunque no podía precisar,a pesar de las tortas suaves e intermitentes que despertaban sus sentidos poco a poco.. La cabeza le daba vueltas y las nausea de la anestesia aún le daban más nauseas.
.- Lo has parido con pentotal…
La voz de mujer seguía hablando y el niño lloraba sin parar.
-Quiero verlo…- acertó a decir-. Quiero ver al pequeño.
Y en sus brazos pusieron aquel pedazo de ser amoratado y llorón que dejó de llorar en cuanto ella lo acunó entre sus brazos, ahora llenos de hijo.
Y ella sonrió olvidando las nauseas, al ver la sonrisa del pequeño, y el olor de vida que exhalaba su piel:-eres un niño precioso, no en vano te has horneado durante diez meses…diez meses junto a mi…te voy a echar tanto de menos…-dijo asomando a sus ojos unas lágrimas tan gordas como una peladilla de Alcoy.
-¿por qué lloras? -le dice la voz de mujer.
Y ella no pudo o no quiso responder a algo que nadie iba a comprender. Y es que tanto tiempo habían sido solo uno, que ahora sentía como si le faltara la mitad del corazón…No podía responder. Nadie la iba a comprender.
El niño dormía placidamente sobre el vientre de la madre y esta dejaba volar la mente entre las hojas de Malinche,cuando entró en el cuarto el hombre pequeño, delgado,con gafas y peinado hacia atrás.
-Hola…-dijo mirando al niño.
Y ella contestó:
– Gracias ¿Puedo saber quien es el ginecólogo que trajo a mi hijo al mundo?
Y el le dijo:
– Me llamo Álvaro, y no soy ginecólogo sino forense, y las gracias te las tengo que dar yo porque me ha hecho muy feliz jugar con la vida y no con la muerte.
Y era un hombre tacaño en palabras,prodigo en atenciones y generoso en dulzura…

  5 Responses to “Y era un hombre tacaño en palabras, pródigo en atenciones…”

  1. Nos ha llegado todo el amor de madre que le embargaba…bonito recuerdo…debería leerlo su vástago, le va a gustar…Por cierto su vestido de madre le queda muy bien….Besos, mama-gaviota.

  2. ¿Verdad que es precioso? Y porque no se ve la parte de atrás, allí hay estampado otro angelote, nunca mejor dicho.
    Un abrazo amiga.

    Nina Gaviota

  3. Si observa el lateral derecho del blog, verá al angelote que juega con el "señor Ambrosius", y que no no se ve en esa foto, pero que ya presentian mis brazos que me faltaba UNO ¡ja, ja, ja! Y ese UNO es el que tenemos tan lejos…lejos…lejos…..
    Abrazo.

    Nina Gaviota

  4. Ay, cómo me engancho a sus escritos, Gudea de mi corazón.
    Y qué bonito cuenta las cosas. Si me parecía estar pariendo yo.
    Un abrazo

  5. Cuanto me alegra que le haya gustado…De todas formas no ha sido dificil engancharla a"mi recuerdo" puesto que es usted tan "RECLUECA" como la que teclea.
    Besotes.

    La Ratita Presumida con lazo amarillo

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